1. Homilías Dominicales

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(31 de mayo de 2015)

“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá”. Este es el versito incrustado en el aleluya de la Misa para la Solemnidad de la Santísima Trinidad y que está tomado del Apocalipsis (cf. Ap 1, 8). Resume bien el tono doxológico que ha de tener toda nuestra vida cristiana y es una de las expresiones más repetidas a lo largo de la historia. Este verso nos ayuda a personalizar las relaciones con la Trinidad; pero para personalizarlas aún más podríamos recitarlas en nuestra oración privada así: Gloria a ti, Padre, gloria a ti, Hijo, gloria a ti, Espíritu Santo. De esa forma nuestro trato con las tres divinas personas es trato cercano, íntimo, directo, próximo, personal. El misterio de la Santísima Trinidad es a la vez el misterio más trascendente de todos (trascendente no quiere decir lejano) y el misterio más inmanente de todos (inmanente no quiere decir vulgar). Es trascendente a la vez que íntimo, este Dios es mío, es Sadday y Emmanuel al mismo tiempo. Por eso, nuestro comentario de hoy lo vamos a hacer de forma coloquial y no sólo doctrinal, de forma orante y no sólo conceptual, dejando el modo narrativo para pasar al modo doxológico y dialógico.

*** *** ***

Gloria a ti, Padre. Gloria a ti por haberme creado de la nada. Me llamaste a la existencia sin merecimiento de nadie, tan sólo por pura bondad tuya. Me adoptaste después como hijo dándome tus apellidos y nombrándome tu heredero. Gloria a ti por llevarme amorosamente tatuado en tu entraña y por cuidar de mí con autoridad. Me creaste, me divinizaste y ya no te has separado de mí a lo largo de los días. Veo ya en la lejanía la mesa puesta y la comida preparada para el gran banquete de la eternidad. Ardo en deseos de verte. “Quid Deus”, decía el de Aquino. “Gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti”, decía el de Hipona. Gloria a ti, Padre mío, por tu inefable hermosura, por tu poder de seducción y de atracción. Gloria a ti por ser infinito, inabarcable, misterioso, desbordante. Gloria a ti por despertar cada vez más en mi corazón la adoración, la alabanza, la admiración, el estupor, el asombro, el silencio sobrecogedor, la amante sumisión.

Gloria a ti, Hijo. Gloria a ti, Jesucristo, por haberme redimido. Te ofreciste como rescate y dejaste abierta la fuente de tu corazón para que pueda acudir a beber el agua de la vida y la sangre que purifica. Gloria a ti valiente en las batallas y justo en la paz, el más bello de los hombres en cuyos labios se derrama la gracia. “¿Qué mirarán los ojos que vieron de tu rostro la hermosura, que no les sea enojos;/ quien gustó tu dulzura, ¿qué no tendrá por llanto y amargura?” Gloria a ti, el Alfa y la Omega, gloria a ti el que vives por los siglos y tienes las llaves de la Muerte y del Hades; gloria a ti, el Principio y el Fin, que das a beber de balde el agua de la vida; gloria a ti el Retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba.

Gloria a ti, Espíritu Santo. Gloria a ti, Espíritu del Padre y del Hijo, que llenas mi entendimiento con la ciencia divina, el consejo sobrenatural, la inteligencia de lo alto y la sabiduría de arriba; gloria a ti que llenas mi voluntad con el don de fortaleza, con el don de piedad, con el don del santo temor. Gloria a ti que vas dejando el sabor de tus frutos en mi corazón: la caridad sobrenatural, el gozo espiritual, la paz cristiana, la paciencia evangélica, la magnanimidad divina, la bondad paterna, la benignidad cordial, la mansedumbre de cordero, la fidelidad martirial, la modestia serena, la continencia señorial, la castidad esponsal.

*** *** ***

Terminamos ya, queridos hermanos. Escribe Santa Teresa en las séptimas moradas que el alma, llegado a este punto en la relación con Dios, “entiende con grandísima verdad ser todas Tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios”. Y añade: “Aquí se le comunican todas Tres Personas y la hablan y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos (Jn 14, 23)” (7M 1, 6). Misterio de la Trinidad, misterio de infinita hermosura. Misterio cercano, próximo, íntimo. Basta entrar dentro de uno mismo para sentir internamente la presencia de los tres. La Iglesia ha tomado como himno para el Oficio de Lectura de la solemnidad el delicioso poema de La fonte de San Juan de la Cruz. Fuente escondida (el Padre) de la que nace otra corriente (el Hijo) y de las dos procede una tercera (el Espíritu Santo). Todo es un continuo fluir. Las realidades sobrenaturales son realidades vivas, que fluyen, se mueven, actúan, se acercan, llegan hasta mí. Hemos de tener con las tres divinas personas una gran familiaridad, a la vez reverente y cordial.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

——————–