1. Homilías Dominicales

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO
(27 de julio de 2014)

“Un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo” (Mt 13, 52). Con este versito ha terminado el evangelista San Mateo su última parábola (la de la red y los peces), poniendo fin a todo el discurso parabólico y con este verso podría haber puesto fin a todo su Evangelio, a modo de firma. El verso en cuestión se ajusta como anillo al dedo a la biografía del Evangelista San Mateo: un hombre culto, doctor judío, conocedor y cumplidor de la Antigua Alianza y que dio el paso para hacerse discípulo de Cristo; de esta forma, conoce y transmite toda la riqueza de la Antigua Alianza, aumentada por el perfeccionamiento de la Nueva Alianza. San Mateo, pues, como un buen padre de familia, nos va ofreciendo toda la Revelación: lo antiguo que orienta a lo nuevo y lo nuevo que mejora y perfecciona lo antiguo. Esta actitud de San Mateo es muy provechosa para todos nosotros porque nos da una clave auténtica y verdadera para valorar e interpretar la historia de la gracia, la historia de la Iglesia y nuestra propia historia personal. Esto es lo que se llama “hermenéutica”, palabra muy técnica y muy usada por los expertos y de forma frecuente por el Papa emérito Benedicto XVI. La hermenéutica es el “arte de interpretar los textos sagrados” o en sentido más amplio “el criterio o la clave para valorar e interpretar la realidad”. Apoyándonos en las palabras de San Mateo podemos decir que para andar en lo cierto en nuestra vida espiritual hemos de practicar la hermenéutica de la continuidad, la hermenéutica de la superación y la hermenéutica de la perfección.

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Primero, la hermenéutica de la continuidad. En la historia del bien y de la gracia no hay que hacer tabla rasa de nada, fuera del pecado, sino que hay que mirar atrás con reconocimiento y respeto a toda la gran obra que Dios ha ido realizando en nosotros con sabia pedagogía. En general, las rupturas bruscas con el pasado denotan en muchas ocasiones ignorancia o mala voluntad. Renegar del rico pasado, sea a nivel personal, familiar o social es desconocer o despreciar mucho esfuerzo, muchos logros y conquistas, muchos buenos pasos dados adelante. Si hiciésemos tabla rasa de todo el pasado, aún a nivel humano, tendríamos que ponernos ahora a descubrir el fuego, la rueda, el arado, la imprenta o la penicilina. Podemos decir, empleando el sentido figurado, que las dos manos que el Señor nos ha dado son para tender una hacia los que nos han precedido y para tender otra a los que nos van a seguir; así formamos esa gran cadena humana que va desde la creación hasta la consumación, desde Dios hasta Dios.

Segundo, la hermenéutica de la superación. A Jesús le gustaba emplear muy a menudo imágenes de crecimiento: el grano que germina y crece, la pequeña semilla que se hace arbusto, la levadura que hace fermentar la masa… Son imágenes que nos hablan de cómo la gracia busca un desarrollo continuo, un crecimiento progresivo. En este sentido, nos hemos de preguntar a menudo si la gracia en nosotros va realmente creciendo o se ha detenido en su crecimiento por falta de respuesta por nuestra parte. ¿Va creciendo nuestra relación filial, reverente y amorosa, con Dios? ¿Se va reflejando este crecimiento en una vida moral cada vez de mayor nivel? ¿Se han instalado los pecados de tal manera en nuestra alma que ya hemos hecho alianza con ellos sustituyendo a la Alianza con Dios, que es Santo y que nos llama a la santidad? ¿Ha entrado en mi vida la rutina, el conformismo o la tibieza? En este domingo el Señor nos dirige palabras de aliento y de ánimo para que la gracia, su vida, en nosotros no detenga su crecimiento. Un afamado jurista español escribía recientemente: “El auténtico desafío para (el papa) Francisco es cómo elevar la temperatura espiritual de los mil doscientos millones de católicos y, en especial, del casi medio millón de sacerdotes (410.000) y 800.000 religiosos en la Iglesia” (RAFAEL NAVARRO-VALLS, Alfa y Omega, 26 de junio de 2014). Nosotros añadiríamos particularizando que el gran desafío es “cómo elevar la temperatura espiritual de los 250 sacerdotes de nuestra diócesis y los miembros de la vida consagrada que conforman los 50 institutos religiosos, seculares, sociedades de vida apostólica y otras formas de vida consagrada en nuestra diócesis”. Pero claro, añadiríamos particularizando aún más que el gran desafío es “cómo elevar mi propia temperatura espiritual”.

Tercero, la hermenéutica de la perfección. Nuestra mirada ha de dirigirse al futuro. Nosotros tenemos el ideal delante, nos hemos de sentir cada vez más cerca de él, más atraídos por él. Hemos de ver el cielo cada vez más cerca, más próximo. Si miramos con mucho respeto lo antiguo (la gracia pasada), hemos de mirar con muchísimo aprecio el futuro (la gracia por venir). Lo mejor está por llegar, lo nuevo está por venir. “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5), escribe el vidente de Patmos en el Apocalipsis. Y para que no haya lugar a dudas, añade: “Estas son palabras ciertas y verdaderas”. La clave de nuestra vida es la perfección, la santidad, la novedad absoluta, el futuro perfecto.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Miremos con gratitud a nuestro pasado, reconociendo lo mucho que Dios ha hecho en nosotros, a través de todas las personas que Él ha puesto en nuestro camino. Miremos con responsabilidad al presente, manteniendo una actitud de crecimiento y progreso espiritual. Y miremos al futuro con confianza y ardiente deseo de llegar a esa perfección que Dios, nuestro Padre, ha pensado amorosamente para todos nosotros.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO
(20 de julio de 2014)

“Mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña” (Mt 13, 25). “Un enemigo lo ha hecho” (Mt 13, 28). De las tres parábolas que nos narra Jesús en el Evangelio de hoy (la cizaña, el grano de mostaza y la levadura), nos quedamos con la primera de ellas: la parábola de la cizaña. Comienza Jesús narrando que una vez un hombre sembró buena semilla en su campo, pero “mientras la gente dormía, un enemigo sembró cizaña” (Mt 13, 25), es decir, sembró mala hierba y con ello trató de estropear la buena cosecha. Y bien, ¿hacia dónde dirigir hoy primeramente nuestra atención: hacia la mala hierba, hacia el enemigo que la sembró, hacia nosotros? Pues no, la primera atención siempre hacia Cristo. Ya lo advertíamos el domingo pasado. Decíamos literalmente: “El centro siempre es el Señor, el importante es Él, el que toma la iniciativa, el que ordena y dispone es Él”. Pues bien, volvemos a poner nuestra primera atención en Cristo, que en el día de hoy nos hace una seria advertencia sobre la existencia y actividad de un peligroso enemigo; al hablarnos así, el Señor se convierte en el sabio y buen maestro, en el prudente y amante padre que nos educa y nos forma para avanzar con seguridad en el camino de nuestra vida espiritual, en el que está en juego lo más importante de nuestra vida: la salvación final, una salvación a la que alguien, nuestro gran enemigo, el diablo, Satanás, se opone muy sutilmente. Ya en la parábola del pasado domingo aludía Jesús al enemigo, ya que, en algunos casos, tras la buena siembra hecha por Dios, “viene el Maligno y roba lo sembrado en el corazón” (Mt 13, 19). En la parábola de hoy, el Señor nos pone en aviso con más claridad aún si acabe sobre los modos de actuar del maligno; es como si le arrancara la careta. A partir, pues, de la sabia advertencia de Jesús, podemos formular tres preguntas sobre el enemigo: ¿Quién es? ¿Cómo actúa? ¿Cómo se le vence?

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¿Quién es el enemigo? Conviene, por nuestro bien, conocer al enemigo. Un victorioso general chino del siglo VI a. C., Sun Tzu, en su libro “El arte de la guerra” escribió: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro. Si te conoces a ti mismo pero no conoces al enemigo, perderás una batalla y ganarás otra. Si no conoces al enemigo ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”. Es importante conocer al enemigo. El enemigo no es una idea o una abstracción sino un ser personal, un ángel caído, llamado Satanás o diablo. La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. Enseña ya el concilio de Letrán (a. 1215) que “el diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismo malos” (D 800). Por una libre elección, estos espíritus creados rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. “Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado” (CCE 393). La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama “homicida desde el principio” y cuyas obras tienen como fin seducir al hombre de forma mentirosa para que desobedezca a Dios, como él lo hizo. Y así el diablo sedujo a nuestros primeros padres. “Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre” (CCE 407). Y lo mismo que sedujo a nuestros primeros padres, el diablo sigue seduciendo a los hombres.

¿Cómo actúa el enemigo? Los santos, que son los que más han padecido las peligrosas acometidas del maligno, nos hablan de su gran inteligencia y de su gran capacidad de seducción y engaño. El gran maestro San Ignacio dice de él que, si no se sabe proceder ante él de forma adecuada, “no hay bestia tan fiera sobre la haz de la tierra” [325] y nos habla en los Ejercicios de que el maligno tienta siempre “bajo especie de bien” [EE 10] y se presenta “como ángel de luz” [EE 332], y así es propio de su proceder “entrar con el ánima devota y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima justa, y después, poco a poco, procura de salirse trayendo a la tal ánima a sus engaños cubiertos y perversas intenciones” [332], es decir, que su gran especialidad es la mentira, porque cuando el mal se presenta de entrada y sin tapujos como mal, enseguida se ve y uno lo evita, mas cuando el mal se reviste de bien, entonces es muy fácil caer en la trampa. El maligno nunca sugerirá una verdad entera, sino que siempre sugerirá una verdad a medias, mutilada, que es la peor de las mentiras; por eso, el maligno tiene siempre “parte” de razón, lo cual significa que nunca tiene “la” razón, que es la verdad entera de las cosas, como a Dios le gusta. Otro gran maestro de la vida espiritual advierte que “entre las muchas astucias de que el demonio usa para engañar a los espirituales, la más ordinaria es engañarlos debajo de especie de bien y no debajo de especia de mal; porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán. Y así siempre te has de recelar de lo que parece bueno, mayormente cuando no interviene obediencia” (San Juan de la Cruz, Cautelas contra el demonio, 10). De las tres posibilidades de acción que el maligno puede desplegar contra nosotros (posesión, sugestión y tentación), la más peligrosa es la segunda, concretamente la sugestión diabólica interna o también llamada obsesión, porque en ella el diablo puede pasar más desapercibido. Puesto que el Maligno es una criatura, necesita siempre de criaturas para influir en nosotros y las criaturas que mejor le sirven son nuestros propios pensamientos, que son criaturas. Por la sugestión diabólica, a través de nuestros propios pensamientos, “el alma, muy a pesar suyo, se siente llena de imágenes importunas, obsesionantes, que la empujan a la duda, al resentimiento, a la cólera, a la antipatía, al odio y a la desesperación, cuando no a peligrosas ternuras y al encanto fascinador de la voluptuosidad” (Royo Marín, Teología de la perfección cristiana 310), escribe un tratadista de la vida espiritual. El Maligno es muy inteligente; es más inteligente que nosotros; a inteligencia nos gana. Siempre que en nuestro modo de pensar y de hablar y de obrar aparezcan “razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias” (EE 329) (lo que llama San Ignacio tentaciones de la segunda semana), hay que sospechar fundadamente que el demonio no está lejos. De esa forma tienta el maligno a los que se creen listos: haciendo que encubran las motivaciones no santas con palabras virtuosas, escapando sutilmente a la verdad con expresiones poco claras, persistiendo una y otra vez en actuaciones tramposas. Precisamente por eso y para evitar las sutiles mentiras y las falsas razones y los calculados enredos, los maestros espirituales recomiendan la sobriedad y pureza en nuestra actividad intelectiva. ¡Ninguna torcida mentira en nuestras vidas, ninguna interesada estratagema, ninguna calculada habilidad! El recurso a la mentira, sea mentira tosca o mentira sutil, es abrirle las puertas de la casa al Maligno. ¡Huyan de la mentira como del demonio! ¡Huyan de toda clase de mentira, de la mentira zafia y, mucha más aún, de la mentira refinada!

¿Cómo vencer al enemigo? Al Maligno se le vence viviendo de forma contraria a como él vive y a como él quisiera que viviésemos. San Ignacio dirá que se le vence haciendo lo diametralmente opuesto a lo que él sugiere [EE 325; 351]. Puesto que lo propio del Maligno es la soberbia y la mentira, al maligno se le vence con la humildad de corazón, la obediencia eclesial y la plena verdad en nuestra mente; dicho de otra manera, se le vence con una profunda vida de fe, ya que la fe le hace a uno vivir en humilde y amorosa obediencia a Dios, que es la suma verdad. “Resistidle firmes en la fe”, nos dirá San Pedro (cf. 1P 5, 9). Y cuando San Pablo les habla a los efesios del combate espiritual, va haciendo todo un repaso de los pertrechos o armas de Dios con que se tienen que enfrentar al maligno si quieren vencer. El apóstol de los gentiles habla del cinto, la coraza, el calzado, el escudo, el yelmo, la espada (cf. Ef 6, 10-20). Sólo así, revistiéndonos de las armas de Dios, es decir, sólo con Dios con el que nos une la fe se puede vencer al Maligno. Santa Teresa nos lo recordará también: “Estando (el alma) hecha una cosa con el fuerte por la unión tan soberana de espíritu con espíritu, se le ha de pegar fortaleza” (7M 4, 10). Por la fe y el amor nos unimos al fuerte y por nuestra unión con el fuerte que es Dios vencemos al Maligno.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Cuando recibimos la gracia del Bautismo, el sacerdote nos ungió en el pecho con el óleo de los catecúmenos mientras decía: “Dios todopoderoso y eterno, que has enviado tu Hijo al mundo para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal”. No volvamos a caer bajo ese dominio, sino que nuestro corazón obedezca siempre, con humildad, al Dios verdadero y así en nuestro campo crezca sólo el bueno trigo de las obras santas y agradables al Señor. Sean todas para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
(13 de julio de 2014)

“Salió un sembrador a sembrar” (Mt 13, 3). Así comienza el evangelista San Mateo la narración de la parábola del sembrador, que escuchamos en este domingo, el decimoquinto del Tiempo ordinario. Otro evangelista, San Lucas, redondea la frase inicial de la misma parábola escribiendo así: “Salió un sembrador a sembrar su semilla” (Lc 8, 5). Vamos a seguir en nuestro comentario a San Lucas porque su frase es más completa y sugerente. Al detenernos en esta frase inicial pretendemos fijar de entrada nuestra atención en el Señor y no en nosotros. Y es que fácilmente, al escuchar esta hermosa parábola del sembrador, pasamos enseguida a pensar en nosotros y a ocupar nosotros el centro de la misma, lo cual es una muestra más de ese desorden introducido por el pecado y que nos lleva a ocupar lugares y espacios que no nos corresponden. Al escuchar la Palabra de Dios, la primera pregunta que hemos de formularnos es: ¿Qué dice Dios de sí mismo? Ya vendrán después las preguntas sobre lo que tenemos que hacer nosotros. El centro siempre es el Señor, el importante es Él, el que toma la iniciativa, el que ordena y dispone es Él. Nuestra mirada ha de ir lo primero a Jesús, conocido, amado y seguido (cf. San Ignacio, EE 104); nuestro programa es Cristo, al que hay que conocer, amar e imitar (cf. NMI 29). Bueno es entonces que, por esta vez, nos detengamos en el Señor, sólo en él; lo demás vendrá por añadidura. “Salió un sembrador a sembrar su semilla” (Lc 8, 5).

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“Salió un sembrador…” La Vulgata traduce: “Exiit qui seminat…” Y del verbo exeo deriva la palabra éxodo. El verbo salir, pues, hace referencia al Éxodo. Y el gran Éxodo, el mayor de todos, la gran salida, fue la Encarnación. Podemos decir que con la Encarnación el Verbo salió de su casa y vino a la nuestra. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). El mismo Cristo, cuando ya al final de su vida terrena, dentro de los discursos de despedida, hace el resumen de su Misterio y de su ministerio, dice así: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre” (Jn 16, 28). Por eso, apoyándose en esta frase, Santo Tomás gustaba hablar, refiriéndose a Cristo, del éxitus-réditus (salida y regreso). Con la Encarnación, el Verbo sale de casa; con la Ascensión, el Verbo con su humanidad vuelve a casa. ¡Bendito este sembrador que sale de casa pensando sólo en nuestro bien! ¡Bendito este sembrador que cuando vuelva a casa ya no volverá solo sino que nos llevará a nosotros consigo! ¡Nosotros seremos su cosecha!

“Salió un sembrador a sembrar…” El sembrador no sale de casa sólo de paseo sino que sale a trabajar. En una de sus muchas discusiones con los judíos decía Jesús: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo” (Jn 5, 17). Y eso lo dice Jesús a día de hoy. “Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas criadas sobre la haz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis”, escribirá San Ignacio en sus Ejercicios (EE, 236). En realidad, ¿qué es esta celebración sino un trabajo de Jesús en el que está sembrando la gracia en nuestro corazón? Nos dice la ordenación General del Misal Romano que “en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento” (OGMR 28). Ha sembrado el Señor en nosotros la gracia de su Palabra de vida, que estamos ahora comentando para poder asimilarla mejor y sembrará después la gracia de su Cuerpo santísimo para que fructifique en cosecha de vida eterna. Siembra su Palabra de vida, sobre todo, en la celebración de los sacramentos; por eso, “todo acto litúrgico está por su naturaleza empapado de la Sagrada Escritura” (Exhort. Apost. Verbum Dómini, 52). Y siembra la gracia de su Misterio Pascual también y sobre todo, en los sacramentos, que son a día de hoy las grandes obras de Dios. Nos dirá el Catecismo: “(Los sacramentos) son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; El es quien bautiza, El quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa” (CCE 1127). ¡Bendito este sembrador que trabaja sin interrupción! ¡Bendito este sembrador que no deja de sembrar con amor! ¡Bendito este sembrador que celebra para nosotros los sacramentos!

“Salió un sembrador a sembrar su semilla”. ¿De qué semilla se trata? De la mejor, de Él mismo. Cristo se siembra en los corazones. Cristo es el grano de trigo sembrado en tierra al ser sepultado y es el grano de trigo sembrado en nuestro corazón al ser comulgado. Así es Cristo: sembrado en nosotros, oculto, silencioso, íntimo. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto”. ¡Bendito este sembrador, Cristo Jesús, que se sembró en el surco de la historia humana entre lágrimas y sufrimientos de Pasión y cosechará entre cantares en la victoria final! “Al ir iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavilla” (Sal 126, 6).

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Buen sembrador, Cristo Jesús. Buena semilla, Cristo Jesús. Ahora ya sólo queda, por nuestra parte, dar buena cosecha de frutos de santidad y de vida eterna en nuestro corazón.

 Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO
(6 de julio de 2014)

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Como telón de fondo de esta invitación de Jesús, hemos escuchado en la primera lectura unos versos del profeta Zacarías en los que, al tiempo que hace repaso de la historia vivida por el pueblo elegido en su destierro, hace también anticipación de la entrada del futuro Mesías en Jerusalén sobre la modesta cabalgadura de un borriquillo. Tanto la profecía de Zacarías como las Palabras de Jesús nos invitan a hacer memoria, a tomar conciencia y a cumplir un programa.

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Las palabras nos invitan a hacer memoria, en primer lugar.
Las palabras del profeta Zacarías están escritas en una época, el siglo VI a. C., del todo singular para el pueblo elegido. El pueblo elegido, en el que todos nosotros estamos prefigurados, acababa de pasar por la que fue, sin duda, la experiencia más amarga de toda su historia, el exilio. En efecto, en el verano del 587 a. C., las tropas babilónicas habían incendiado y arrasado la ciudad de Jerusalén, destinando a más de 25.000 judíos, los de mayor valía, al destierro y obligándoles, para mayor sufrimiento moral, a transportar a hombros hasta los monumentales palacios de Babilonia todo lo que se consideraba de valor en la Ciudad Santa, incluidas las dos grandiosas columnas de bronce del templo.

Cuando pasados cincuenta años, los desterrados fueron autorizados a regresar a Jerusalén, aun siendo los mismos, sin embargo por dentro ya eran distintos; su corazón había cambiado; ya no les apetecía parecerse a los grandes imperios que les rodeaban, sino que su corazón, macerado y humillado, estaba puesto sólo en el Señor. Vuelven mansos y humildes, con los ojos serenamente esperanzados puestos en el futuro Mesías, que presiente modestamente cabalgando a lomos de un asnillo; un Mesías que, incluso, lo presienten como el “traspasado” en la cruz al que todos mirarán (cf. Zac 12, 10). Ahí les tenemos, pues, volviendo, retornando al Señor. “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde”, leemos en otra profecía (cf. Sof 3, 12). “Pueblo mío trillado en la era”, se dirá en otro lugar (cf. Is 21, 10).

Las palabras nos invitan a tomar conciencia, en segundo lugar. En aquel pueblo estábamos prefigurados nosotros. ¿No guarda un sorprendente paralelismo el actual momento por el que está atravesando la Iglesia con la tremenda experiencia del destierro que vivieron nuestros antepasados en la fe? Detrás de la dura experiencia de los últimos años, ¿están sólo las conjuras humanas o está también la mano del Señor que quiere dejar en medio de la humanidad un “pueblo pobre y humilde”?

Los que volvieron del destierro, puesto que volvían con un nuevo corazón, fueron bautizados con un nombre nuevo: “los pobres de Yahveh”. Lo que distinguía a los “pobres de Yahveh” por encima de cualquier otra cosa era la humildad, esa virtud serena que hace al hombre vivir en la verdad, lejos de todo disimulo, ficción o resentimiento. Por la humildad, los “pobres de Yahveh” reconocían que todo lo bueno de su historia pasada había sido un puro don de Dios. Por la humildad, los “pobres de Yahveh” reconocían que los culpables de las desgracias que les habían sobrevenido eran ello mismos, sus pecados. Por la humildad, los “pobres de Yahveh” reconocían que el Señor les estaba esperando y atrayendo. Los desterrados, que volvían prácticamente con lo puesto, llevaban, sin embargo, algo de gran valor en su corazón: llevaban la humildad, volvían con un corazón humilde.

¿No será esa precisamente la virtud que quiere hoy el Señor para su Iglesia, que también ha padecido y está padeciendo tantos destierros y exilios? Escribía el Papa en su Exhortación “Evangelii gaudium”: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres” (EG 198), es decir, una Iglesia humilde para los humildes.

Las palabras nos invitan a cumplir un programa, en tercer lugar. Si el Señor quiere dejar a su Iglesia en un “estado de humildad”, nosotros habremos de tomar, entonces, a los humildes como punto de referencia. Los humildes son la señal de la presencia de Dios en medio de nosotros. La Iglesia se renovará por los humildes. Sólo acompañados por los humildes, que son sacramentos de Cristo humilde y traspasado, nuestra vida cristiana alcanzará la deseada renovación.

El Señor nos conceda la gracia de la humildad, es decir, la gracia de reconocer que todo lo bueno que tenemos nos ha sido dado; nos conceda, además, la gracia de la humildad al reconocer que lo malo que tenemos es exclusivamente nuestro, de nuestra propiedad, es decir, que la responsabilidad de nuestras faltas es sólo nuestra y no de los demás; nos conceda, en fin, la gracia de la humildad para confiar totalmente en el amor y la misericordia de Dios: confianza en Dios, sólo en Dios, sin otros apoyos, sin otras alianzas.

Recordemos la invitación que nos ha hecho Jesús: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). No se es humilde por decreto, sino por convivencia con el Humilde, es decir, con Jesús. Dice Santa Teresa hablando de otra virtud, la de la fortaleza, que si, como dice un salmo, “con los santos seremos santos (Sal 17, 26), no hay que dudar sino que estando hecho (el alma) una cosa con el fuerte por la unión tan soberana de espíritu con espíritu, se le ha de pegar fortaleza” (7M 4, 10). Pues lo mismo diremos de la virtud de la humildad: sólo siendo una sola cosa con Jesús, el Humilde, llegaremos a asimilar su propia humildad, a aprender la ciencia de la humildad, a irradiar la virtud de la divina humildad.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Jesús nos ha invitado a entrar en su corazón y a asimilar sus modos humildes de vivir. A la invitación que nos ha hecho Jesús responda nuestra súplica confiada: “Jesús, manso y humilde de corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO
(29 de junio de 2014)

“Te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 19), dijo Jesús a Pedro. “Me aguarda la corona de justicia” (2Tim 4, 8), aseguraba Pablo a Timoteo. Celebramos un domingo más el Misterio Pascual de nuestro Señor Jesucristo y recordamos a los dos apóstoles que mejor sirvieron a este Misterio y mejor vivieron este Misterio. El Martirologio Romano hace de estos dos apóstoles el siguiente elogio: “Simón, hijo de Jonás y hermano de Andrés, fue el primero entre los discípulos que confesó a Cristo como Hijo de Dios vivo, y por ello fue llamado Pedro. Pablo, apóstol de los gentiles, predicó a Cristo crucificado a judíos y griegos. Los dos, con la fuerza de la fe y el amor a Jesucristo, anunciaron el Evangelio en la ciudad de Roma, donde, en tiempo del emperador Nerón, ambos sufrieron el martirio: Pedro, como narra la tradición, crucificado cabeza abajo y sepultado en el Vaticano, cerca de la vía Triunfal, y Pablo, degollado y enterrado en la vía Ostiense. En este día su triunfo es celebrado por todo el mundo con honor y veneración” (Martirologio Romano, día 29 de junio). Nos vamos a quedar con una frase del Martirologio: “Ambos sufrieron el martirio”. Y vamos a dedicar nuestra homilía a tratar de descubrir todo el amor que el martirio encierra. Nos pueden valer estos tres pasos: el martirio es una gracia que se recibe, el martirio es una gracia que viene como culminación de otras gracias anteriores correspondidas y el martirio es una gracia para la que uno ha de prepararse.

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El martirio es una gracia que se recibe (nuestro primer paso). El martirio configura perfectamente con Jesucristo, iguala y da el mayor parecido posible con el Maestro, por tanto es la gracia mayor que se puede recibir. Es la gracia de llegar a la estatura del amor de Cristo. Pero claro, llegar a la altura de Cristo en el amor, la mayor altura posible, está fuera de nuestro alcance natural común, incluso más allá de nuestro alcance con la ayuda ordinaria de la gracia. Hace falta un amor especial que sólo el Espíritu puede infundir en nuestro corazón para amar al Padre, como Cristo y con cristo, en las circunstancias más adversas. Si la causa instrumental en el martirio son los verdugos, la causa formal en el martirio es el Espíritu Santo que infunde el fuego ardiente de su amor en el corazón del mártir. La acción de los verdugos es acción sobre el cuerpo del mártir, la acción del Espíritu Santo es acción en el alma del mártir. El martirio es así el mayor Pentecostés que puede existir. El Espíritu Santo hace al mártir capaz de la donación total de sí mismo en el amor. Y puesto que en la donación está la alegría (recuérdese la afirmación del Señor recogida en los Hechos de los Apóstoles o el Tratado sobre la verdadera alegría de San Francisco de Asís), por eso el mártir es tan feliz. En el mártir no queda rastro de egoísmo o amor propio, que es la moneda falsa del amor. En el mártir sólo queda verdadero amor y por eso todo mártir es feliz. Si todo martirio es participación en el martirio de Cristo, toda la alegría del mártir es participación en la alegría de Cristo, al que el himno más antiguo que se conserva a Él dedicado, fuera de los himnos neotestamentario, llama a Jesucristo “santo y feliz”.

El martirio es una gracia que viene como culminación de otras gracias anteriores correspondidas (nuestro segundo paso). A veces, en épocas de persecución religiosa sorprende el que los perseguidores y verdugos se lleven a los mejores y no a los del montón. Vistas las cosas desde el lado humano hay siempre lamentos porque se llevan a gente muy valiosa. Pero hemos de ver las cosas desde Dios y hemos de reconocer que Dios da por su Espíritu Santo la gracia de la configuración total con Cristo amante y obediente a los que han sido fieles a las gracias precedentes. “Al que tiene se le dará”, es decir, al que corresponde a una gracia, Dios le da otra gracia mayor. A las almas que van de respuesta positiva en respuesta positiva a cada gracia, el Señor da al final la gracia del martirio. Un corazón martirial no se improvisa, sino que hay todo un proceso educativo por el que el corazón del mártir queda configurado perfectamente con el de Cristo mártir. El martirio está al final de un camino de fidelidades y por eso Dios no da esa gracia ni a los mediocres ni a los que se quedan a mitad del camino.

El martirio es una gracia para la que hay que prepararse (nuestro tercer paso). Nos dice el Catecismo que “el martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza” (CCE 2473). Y añade a continuación el Catecismo: “Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las Actas de los Mártires, que constituyen los Archivos de la Verdad escritos con letras de sangre” (CCE 2474). La gracia del martirio y la caridad heroica de los mártires no son cosas del pasado. En su reciente viaje a Tierra Santa, en los últimos días del pasado mes de mayor, el Papa hizo referencia al martirio en más de una ocasión. Así, en la Declaración conjunta firmada en Jerusalén, el Papa y el Patriarca de Constantinopla nos dicen: “Desde esta santa ciudad de Jerusalén, expresamos nuestra común preocupación profunda por la situación de los cristianos de Medio Oriente y por su derecho a seguir siendo ciudadanos de pleno derecho en sus patrias… Pedimos especialmente por las Iglesias en Egipto, Siria e Irak, que han sufrido mucho últimamente” (Declaración conjunta 8). Y ya en el viaje de vuelta en el avión respondía así el Papa a la pregunta de uno de los informadores: “¡Hay mártires! Hay mártires hoy, mártires cristianos… Y yo creo -y creo que no me equivoco- que en este tiempo hay más mártires que en los primeros tiempos de la Iglesia… Debemos rezar mucho por esas Iglesias que sufren” (Papa Francisco, Rueda de prensa, 26 de mayo de 2014). Muchos hermanos nuestros en Egipto, Siria, Irak, Nigeria, Sudán, Korea del Norte o China saben que el martirio les puede llegar en cualquier momento y están preparados. Estemos todos preparados.

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Terminamos ya, queridos hermanos. En la solemnidad del martirio de los apóstoles San Pedro y San Pablo vivamos todos preparados para dar testimonio de Jesús en la forma que él nos pida. Su gracia no nos va a faltar. Igual que San Pedro, tras su experiencia de la cárcel, decía: “Era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme” (Hch 12, 11), también nosotros diremos: “Es verdad: Dios nunca abandona a sus hijos sino que los acompaña y fortalece en sus tribulaciones, en sus persecuciones y en sus martirios”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
(22 de junio de 2014)

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). La promesa que Jesús realizó en la sinagoga de Cafarnaúm es ya realidad para todos los cristianos que se reúnen para celebrar la Eucaristía en cualquier rincón del mundo. Es realidad, pues, para todos nosotros. Pero claro, el amor ardiente mostrado por Jesús hacia nosotros ha de ser correspondido por un amor cada vez más ardiente de todos nosotros hacia Jesús. En el día de hoy, Solemnidad del Corpus, podríamos formular estas tres preguntas: ¿Cómo celebrar mejor la Eucaristía? ¿Cómo adorar mejor la Eucaristía? ¿Cómo vivir mejor la Eucaristía?

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¿Cómo celebrar mejor la Eucaristía? Recordemos que la Eucaristía es un sacrificio. La Eucaristía es la actualización del sacrificio de la Cruz en el que Jesús se ofreció al Padre. La Cruz en la cima del Calvario fue una celebración. En la Cruz Jesús celebró para el Padre. Y ese mismo sacrificio se actualiza en la celebración eucarística; por tanto, la celebración de la Eucaristía es una celebración principalmente para el Padre. Celebramos para Dios. Cuando a veces algunos fieles más osados se quejan a los presbíteros porque éstos no están pendientes exclusivamente de ellos, podrían responder los presbíteros: “Celebro primeramente para Dios, no para usted”. Además, en la Cruz Jesús celebró como el Padre le había pedido, es decir, como al Padre le agradaba. Y así ha de ser en la Eucaristía. Cuando a veces también algunos fieles más osados se quejan porque no se celebra como a ellos les gusta, los presbíteros podrían responderles: “Celebro como le agrada a Dios, no como le agrada a usted”. Y la celebración del sacrificio de la Cruz, actualizada ahora en la Eucaristía, fue una celebración para la redención del mundo, para la salvación de la humanidad. Por eso, cuando en las celebraciones Dios pasa a un segundo o tercer plano y la celebración se convierte en una reunión de personas conocidas, sean niños, jóvenes o adultos, que se celebran a sí mismos y se saludan entre sí mismos y pasan un rato agradable entre sí mismos, reprochando al presbítero que las celebraciones les resultan aburridas, el presbítero podría responder: “Celebro para su salvación, no para su entretenimiento”. Por consiguiente, para celebrar cada vez mejor la Eucaristía hemos de celebrar para Dios, hemos de celebrar como a Dios le agrada y hemos de celebrar para lo que Dios quiere.

¿Cómo adorar mejor la Eucaristía? La Eucaristía celebrada se prolonga en la adoración. Por medio de la adoración, el misterio celebrado es más hondamente reconocido, agradecido y asimilado. La adoración eucarística es tiempo contemplativo en el sentido de que el don recibido es más eficazmente asimilado. Afortunadamente y frente a las grandes bolsas de increencia que parecen extenderse por doquier, van surgiendo pequeños oasis de adoración eucarística. Se van viendo pequeños grupos que se sienten cada vez más atraídos por la adoración eucarística y van apareciendo iniciativas en las diócesis para abrir espacios de adoración. La última iniciativa en este sentido en nuestra diócesis fue tomada por el Sr. obispo el día 28 del pasado mes de marzo cuando elevó a adoración pública continuada al Santísimo la adoración eucarística que venía practicando la comunidad de Hermanas Clarisas de Sigüenza. Para adorar cada vez mejor la Eucaristía recomendamos estas tres actitudes: tiempo, silencio y mirada. Tiempo suficientemente prolongado, pues las breves y rápidas y fugaces visitas apenas si sirven para intercambiar unos saludos. La adoración es conversación reposada y para eso hace falta tiempo. Por cierto que la adoración prolongada al Santísimo (al menos media hora) está enriquecida con la gracia de la Indulgencia plenaria (cf. Manual de las Indulgencias, 3). Además del tiempo, el silencio. En la adoración eucarística, tiene el Señor la palabra y el alma ha de aprender primeramente a escuchar; ya habrá tiempo después para responder. Y además del tiempo y del silencio, la mirada. Se trata de una mirada trascendente, en fe y amor, como recomienda San Juan al incrustar en su Evangelio la profecía del “mirarán al que atravesaron” (cf. Jn 19, 37). La mirada adorante es como la “aplicación de sentidos” ignaciana (cf. EE 121-126). Así que para mejorar la adoración eucarística: tiempo, silencio y mirada.

¿Cómo vivir mejor la Eucaristía? El tercer paso eucarístico que todo fiel ha de dar, tras la celebración y la adoración, es la vivencia del misterio. La Eucaristía ha de llegar a los centros de la persona y desde los centros ser irradiada en la vida ordinaria y cotidiana. La vida entera ha de quedar empapada de la gracia eucarística y ser irradiada en el conjunto vital de nuestra existencia concreta y personal, en los actos públicos y privados, en los actos conocidos y desconocidos, en las palabras exteriores y en los más íntimos pensamientos y deseos, en las pulsiones naturales y en las pasiones naturales. Para vivir mejor la Eucaristía es bueno hacer con alguna frecuencia examen de conciencia aproximando y confrontando con el misterio eucarístico nuestras palabras, nuestras obras y nuestro modo de realizarlas. Si nuestras palabras están impregnadas en la Eucaristía no harán daño a nadie ni molestarán a nadie. Si nuestras obras están enraizadas en la Eucaristía, serán obras buenas y caritativas. Si el modo de realizar nuestras obras participa de los modos eucarísticos, haremos las buenas obras con humildad y alegría.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Agradecidos por el gran don que Cristo nos ha hecho, tratemos de celebrar cada vez mejor la Eucaristía, de adorar cada vez mejor la Eucaristía y de vivir cada vez mejor la Eucaristía. “¡Oh sagrado banquete en el que Cristo es recibido, se recuerda su pasión, se llena el alma de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura!”. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalalajara. ESPAÑA.

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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(15 de junio de 2014)

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros” (2Cor 13, 13). Con estas palabras pone San Pablo punto final a su segunda carta a los Corintios y con estas palabras damos nosotros principio habitualmente a nuestras celebraciones. Con seguridad, San Pablo tomó esta frase de las celebraciones litúrgicas de la Iglesia primitiva; por consiguiente, en ella llegan hasta nosotros los latidos del corazón vivo de la Iglesia, que se escuchan de forma especial en la celebración litúrgica y que son los mismos, rítmicamente acompasados, a lo largo de los siglos. Hemos recordado estas entrañables palabras en el día de hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, en que somos como introducidos en el hogar trinitario para percibir toda la hermosura del uno y único Dios y la riqueza de su triple realidad personal: la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo. En el día de hoy somos así invitados a vivir las relaciones con las tres divinas personas, a personalizar las relaciones y a sacar consecuencias de esas relaciones.

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Invitados a vivir las relaciones. Se nos invita a menudo a los cristianos a hablar de Dios en nuestros ambientes, a salir, incluso, a las periferias, para hablar de Dios. Hay, sin embargo, una tarea previa: hablar con Dios. Lo que realmente llena nuestro corazón es estar con Dios, hablar con Dios, convivir con Dios. A partir de ahí, con sencilla y gozosa fluidez, nuestros labios ofrecerán lo que vive nuestro corazón. En nuestro corazón en gracia viven las tres divinas personas, real y verdaderamente, dando vida a nuestra vida, alimentando nuestro ser y nuestro obrar. Dice el Catecismo en uno de sus más atrayentes números: “El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (cf Jn 17, 21-23). Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad” (CCE 260). Pero claro, si los tres, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son personas vivas, más aún, las personas que poseen la vida en plenitud y los tres son huéspedes del alma, hemos de relacionarnos con ellos. Personae sunt relaciones. La relación es lo que constituye a uno como persona. En lugar de decir que Dios es un tema del que se habla, sería preferible decir que la Santísima Trinidad son tres personas con las que se habla.

Invitados a personalizar relaciones. En nuestras celebraciones aparecen unidas, pero individualizadas, las tres divinas personas. Recordemos, por ejemplo, las invocaciones iniciales, las doxologías culminantes y las bendiciones finales. Pues, bien, esta doble realidad (unidad y distinción personal) hemos de llevar a nuestra religiosidad personal. Por eso, es bueno que con frecuencia personalicemos las relaciones y así, digamos, por ejemplo, “en tu nombre, Padre, en tu nombre, Hijo, en tu nombre, Espíritu Santo”; y así, digamos, por ejemplo, “gloria a ti, Padre, gloria a ti, Hijo, gloria a ti, Espíritu Santo; y así, digamos, por ejemplo, “bendícenos, Padre, bendícenos, Hijo, bendícenos, Espíritu Santo”.

Invitados a sacar consecuencias de esas relaciones. La primera consecuencia, pensando en la inhabitación de las tres divinas personas en el alma del prójimo, es considerar el alma de nuestro prójimo como una “propiedad privada” de la Santísima Trinidad, “propiedad privada” que hemos de respetar religiosamente. Delante de cada prójimo hay una raya sagrada e invisible que hemos de respetar. Es más grave asaltar un alma que asaltar una casa. Y asaltamos el alma del prójimo con nuestros pensamientos homicidas, con nuestros deseos malolientes y con nuestras palabras infectadas. En los asaltos e invasiones al alma del prójimo es donde se pone más claramente de manifiesto nuestra ignorancia y nuestro atrevimiento. La segunda consecuencia, pensando en la inhabitación de las tres divinas personas en nuestra propia alma, es cuidar con esmero la santidad de nuestra propia vida. ¿Vamos a aceptar sin más que las tres divinas personas hayan de convivir dentro de nosotros con la torpeza, la porquería, la ira, la agresividad, la rutina o la dejadez? “Domum tuam decet sanctitudo” (Sal 92, 5). La santidad es el adorno de tu casa. La santidad ha de ser el adorno de mi alma. Y la tercera consecuencia, pensando en la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestra alma en gracia es el recogimiento habitual en el que hemos de vivir. Quien está habitado por las tres divinas personas ha de hablar con las criaturas sólo lo justo; no se trata ni de miedo a nadie ni de desprecio a nadie, sino de aprecio y consideración hacia nuestros tres huéspedes. “Olvido de lo creado,/ memoria del Creador,/ atención a lo interior/ y estarse amando al Amado” (SAN JUAN DE LA CRUZ, suma de perfección).

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Terminamos ya, queridos hermanos. Decíamos que nuestras doxologías deben ser en algunos momentos personalizadas. Lo sean en este momento conclusivo de la homilía y con todo el afecto del corazón digan nuestros labios: “Gloria a ti, Padre, gloria ti, Hijo, gloria a ti Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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