1. Homilías Dominicales

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
(29 de mayo de 2016)

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). La promesa que Jesús realizó en la sinagoga de Cafarnaúm es ya realidad para todos los cristianos que se reúnen para celebrar la Eucaristía en cualquier rincón del mundo. Es realidad, pues, para todos nosotros. Pero claro, el amor ardiente mostrado por Jesús hacia nosotros ha de ser correspondido por un amor cada vez más ardiente de todos nosotros hacia Jesús. Si Jesús nos ama con pureza de amor, hemos de amar a Jesús con pureza de amor. Precisamente el mayor dolor en el corazón de los santos es comprobar cómo “el amor no es amado”. Este lamento se atribuye a San Francisco de Asís pero es compartido por otros muchos santos. Escribe uno de sus biógrafos: “¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!, repetía frecuentemente el santo, herido en su fina sensibilidad de amante, al comprobar la fría indiferencia de los cristianos ante las amorosas finezas del Redentor” (Pedro Borges). ¿Cómo podemos amar a Jesús con amor puro? El amor a Jesús lo mostramos celebrando bien la Eucaristía, adorando bien la Eucaristía y viviendo bien la Eucaristía. Ahí está el secreto del amor a Cristo, ahí está la manera de amar al Amor: celebrar bien la Eucaristía, adorar bien la Eucaristía y vivir bien la Eucaristía.

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¿Cómo celebrar bien la Eucaristía? Para celebrar bien la Eucaristía se ha de celebrar principalmente para Dios, se ha de celebrar como a Dios le agrada y se ha de celebrar para lo que Dios quiere. Recordemos que la Eucaristía es un sacrificio. La Eucaristía es la actualización del sacrificio de la Cruz en el que Jesús se ofreció al Padre. La Cruz en la cima del Calvario fue una celebración. En la Cruz Jesús celebró para el Padre. Y ese mismo sacrificio se actualiza en la celebración eucarística; por tanto, la celebración de la Eucaristía es una celebración principalmente para el Padre. Celebramos para Dios. Además, en la Cruz Jesús celebró como el Padre le había pedido, es decir, como al Padre le agradaba. Y así mismo ha de ser en la Eucaristía, celebrada según el criterio que la Iglesia nos transmite como expresión de los gustos de Dios. Y la celebración del sacrificio de la Cruz, actualizada ahora en la Eucaristía, fue una celebración para la redención del mundo, para la salvación de la humanidad. Por consiguiente, para celebrar bien la Eucaristía hemos de celebrar para Dios, hemos de celebrar como a Dios le agrada y hemos de celebrar para lo que Dios quiere.

¿Cómo adorar bien la Eucaristía? La Eucaristía celebrada se prolonga en la adoración. Por medio de la adoración, el misterio celebrado es más hondamente reconocido, agradecido y asimilado. La adoración eucarística es tiempo contemplativo en el sentido de que el don recibido es más eficazmente asimilado. Para adorar bien la Eucaristía recomendamos estas tres actitudes: tiempo, silencio y mirada. Tiempo suficientemente prolongado, pues las breves y rápidas y fugaces visitas apenas si sirven para intercambiar unos saludos. El corazón necesita su tiempo hasta que se pone a tono, al mismo tono de Dios. Es el Espíritu Santo el que va afinando nuestro corazón hasta que suena al compás de los latidos del corazón de Cristo, con su misma intensidad, con sus mismos sentimientos. La adoración es conversación reposada y para eso hace falta tiempo. Además del tiempo, el silencio. En la adoración eucarística, tiene el Señor la palabra y el alma ha de aprender primeramente a escuchar; ya habrá tiempo después para responder. Y además del tiempo y del silencio, la mirada. Se trata de una mirada trascendente y serena, en fe y amor; una mirada así, en fe y amor, es una mirada humilde. La adoración hace humildes y la adoración la hacen los humildes.

¿Cómo vivir bien la Eucaristía? El tercer paso eucarístico que todo fiel ha de dar, tras la celebración y la adoración, es la vivencia del misterio. La Eucaristía ha de llegar a los centros de la persona y desde los centros ser irradiada en la vida ordinaria y cotidiana, sobre todo por la práctica de la caridad. La caridad se hace visible en las obras de misericordia, corporales y espirituales, tal como nos recomienda practicar el Santo Padre en este “Año de la Misericordia”. La vida entera ha de quedar empapada de la gracia eucarística y ser irradiada en el conjunto vital de nuestra existencia concreta y personal, en los actos públicos y privados, en los actos conocidos y desconocidos, en las palabras exteriores y en los más íntimos pensamientos y deseos, en las pulsiones naturales y en las pasiones naturales. Todo ha de ser transformado por la Eucaristía, todo ha de ser transformado en Eucaristía: nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras palabras y nuestras obras. Si nuestras palabras están impregnadas en la Eucaristía no harán daño a nadie ni molestarán a nadie. Si nuestras obras están enraizadas en la Eucaristía, serán obras buenas y caritativas, hechas con pureza de amor, hechas al modo divino. Si el modo de realizar nuestras obras participa de los modos eucarísticos, realizaremos las buenas obras con humildad y alegría.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Agradecidos por el gran don que Cristo nos ha hecho, tratemos de celebrar cada vez mejor la Eucaristía, de adorar cada vez mejor la Eucaristía y de vivir cada vez mejor la Eucaristía. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(22 de mayo de 2016)

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así comienzan todas nuestras celebraciones. Así ha comenzado la celebración de hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana” (CCE 261). Observen que dice “de la vida”; por tanto, es un misterio para ser vivido, no sólo para ser pensado o estudiado; y observen que dice de la vida “cristiana; por tanto, de la vida de todos los bautizados, no sólo de una élite; por consiguiente es el misterio central de todos nosotros, sea cual sea el estado de vida en que Dios nos haya puesto dentro de su Iglesia: fieles laicos, miembros de la vida consagrada o ministros ordenados. El misterio de la Santísima Trinidad está íntimamente vinculado con el misterio de nuestra propia vida, de la vida concreta de todos los que estamos aquí, en la presencia de Dios Uno y Trino. No tendremos un concepto exacto de nosotros mismos si no nos vemos a la luz de este grandioso misterio. Hemos de mostrar cada vez más interés por preguntas vitales. “De dónde vengo”, “dónde estoy” y “adónde voy” son preguntas hondamente vitales que toda persona puede y debe plantearse. Pues bien, la Santísima Trinidad es la respuesta a esas tres preguntas. La Santísima Trinidad es el “lugar vital” de donde venimos y a cuya imagen estamos hechos, es el “lugar vital” donde vivimos y de cuya savia nos nutrimos y es el “lugar vital” a donde vamos y en cuyo seno hallaremos definitivo y feliz descanso. Sor Isabel de la Trinidad (1880-1906), beatificada en 1984, compuso una oración, verdadera joya espiritual, que vamos a repasar y comentar brevemente en el día de hoy.

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“Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio”. Así comienza la oración. Destacamos lo de “establecerme en ti”. El alma en gracia se sabe habitada por la Trinidad. Nuestra interioridad está habitada. Y el alma, abandonados los otros lugares o ejidos que frecuentaba, es consciente de que el lugar habitual y permanente de su íntima residencia es la Santísima Trinidad. Podrá ocuparse de asuntos y cosas, pero su corazón descansa siempre en Dios y no sale de Él. No solamente no sale ya a la vida superficial y ligera de frivolidades banales, sino que cada vez va ahondándose más, ahondándose, ahondándose en el insondable Misterio de Dios, Uno y Trino, y en ese misterio sitúa y conoce todas las cosas, es decir, conoce los efectos por su causa, es decir, las cosas conocidas por Dios y en Dios y ese es conocimiento verdadero, delantero y esencial (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva 4, 5).

“Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo”. Así continúa la oración. Es notable destacar cómo el alma habitada por Dios llega a ser el lugar donde el propio Dios descansa y disfruta. El Dios de la paz primero sosiega y serena al alma con su presencia y halla en el alma su lugar de descanso. Un alma pacificada por Dios y en donde Dios reposa es invulnerable a los asaltos de los enemigos. A veces pensamos que con nuestras actuaciones torcidas o nuestras palabras ácidas vamos a desestabilizar a un alma habitada por Dios y resulta que no le causamos ni el más ligero rasguño. El alma habitada por Dios vive muchos metros por debajo de la corteza de las cosas. Vive en el verdadero centro de la realidad, que es Dios, mientras que la corteza de las cosas es lo menos real de todo. Y allá, en el centro de la realidad, en Dios, hay paz, descanso, sosiego, reposo.

“Que yo no te deje jamás sólo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. Así termina la oración. La Santísima Trinidad, las tres divinas personas que viven dentro del alma, no están inactivas dentro del alma, sino que están acabando su obra renovadora, es decir, están llevando a su término, con el consentimiento consciente del alma, la obra de santificación empezada en el bautismo. Dios nos está divinizando. Cierto que seguimos siendo nosotros mismos, conservando nuestra propia identidad subjetiva, pero vueltos cada vez más a lo divino, transformados y hechos dioses por participación.

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Terminamos ya, queridos hermanos. El misterio de la Santísima Trinidad, decíamos, está íntimamente vinculado a nuestra vida. La Santísima Trinidad es nuestro hogar. Los tres, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, han de vivir en nuestra alma como en su casa. De hecho, las tres divinas personas han de ser las personas con las que más trato tengamos a lo largo de cada día: son las más cercanas, las más íntimas, las más plenamente vivas, las más amantes, las más vivificantes, las más atentas, las más benevolentes, las más benéficas. Sea frecuente nuestro trato con los tres. Frecuente y personalizado. Frecuente, personalizado y lleno de reverencia. Si al empezar las acciones o celebraciones decimos “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, al acabarlas hemos de acostumbrarnos a decir “gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Pero como el trato ha de ser personalizado, bueno será que en ocasiones digamos “gloria a ti, Padre, gloria a ti, Hijo, gloria a ti, Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amen”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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