DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO
(23 de junio de 2013).
“El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Lc 9, 22). A punto de dejar Galilea y antes de emprender el viaje a Jerusalén, Jesús quiere dejar bien claro ante sus discípulos a qué va a Jerusalén. Va a la ciudad santa a dar su vida como sacrificio de Redención por los pecados de la humanidad. El Padre aceptará su sacrificio y reconocerá la grandeza del mismo con su resurrección. Las palabras de Jesús nos sirven para continuar con nuestro ciclo de homilías veraniegas que hemos titulado: “Pecado y perdón. Seis homilías para tiempos de tribulación”. Nuestra tercera homilía del ciclo se centra ya en el sacrificio redentor de Jesús. “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho…” (Lc 9, 22). Una afirmación tan seria y grave suscita en nuestro interior algunas preguntas. Vamos a formular tres y a tratar de buscar una respuesta convincente. ¿Por qué Cristo padece tanto? ¿Para qué Cristo padece tanto? ¿Qué hemos de hacer nosotros ante los padecimientos de Cristo?
*** *** ***
¿Por qué Cristo padece tanto?, primera pregunta. Cristo padece tanto porque el Padre se lo pide. Si la pregunta es sorprendente, la respuesta aún lo es más. Cristo padece tanto porque el Padre lo quiere así. Detrás de la pasión de Cristo está la voluntad del Padre. En su Tratado del Amor de Dios escribe el doctor San Juan de Ávila que para entender un poco de este gran misterio hay que considerar, lo primero de todo, la grandeza inestimable de las gracias que la Santísima Trinidad concedió a la humanidad de Cristo (cf. Tratado, 4): gracia de la unión hipostática, gracia de la capitalidad para toda la humanidad, gracia del alma hermoseada con toda clase de virtudes y gracia de la capacidad de hacer milagros. Y añade San Juan de Ávila: “¿Con qué amor amaría esta tal alma (la de Cristo) al que así lo había glorificado? ¿Con qué deseos desearía que se le ofreciese algo en que pudiese agradecer y servir a tal Dador?” (Tratado, 5). Y añade a renglón seguido que a Cristo le fue dicho que “la voluntad de Dios era salvar al género humano… y que de este negocio se encargase el Hijo bendito… y que tomase a pechos esta empresa tan gloriosa y que no descansase hasta salir a cabo con ella” (Tratado, 6). Ahí tenemos la clave de todo. Así que el Padre le dijo a Cristo que se pusiese a hacer y padecer todo lo que fuera necesario por remediar y restituir a la humanidad a su gloria perdida. Y Cristo, que amaba al Padre de forma tan absoluta y soberana, se entregó de tal manera a la obra de la Redención que si en lugar de mandarle padecer una muerte, le hubieran mandado padecer millares de muertes, para todas tenía amor. Y si en lugar de estar tres horas de agonía, fuera menester estar allí hasta el día del juicio, allí habría estado, pues tenía amor para eso. Cristo amó más que padeció (cf. Tratado, 7). Nos redimió el amor de Cristo con el dolor; el amor que Cristo tenía al Padre es la clave para entender todos sus padecimientos redentores.
¿Para qué Cristo padece tanto?, segunda pregunta. Para mostrar a la humanidad lo mucho que amaba al Padre y para que así el Padre pudiera presentar ante toda la humanidad a su Hijo como el ejemplo acabado de obediencia humilde y amorosa. Mucho amor hay, entonces, en el corazón de Cristo. A veces, en los calefactores se reduce la salida del calor porque los materiales no aguantarían la emisión de toda la intensidad calórica que produce el quemador. Así en Cristo. La naturaleza humana no es capaz de aguantar todo el fuego de amor infinito que arde en su corazón. Cristo murió de intensidad de amor. Sus fuerzas naturales tenían límite, pero su amor no lo tenía; sus fuerzas naturales se agotaron, pero amor aún le quedaba. Las fuerzas naturales, con la limitación propia de su condición encarnada, no resistieron todo el impulso de su amor. Frente al desamor del pecado de la humanidad, Cristo mostró en la Cruz la cima del amor. Amor frente a desamor; amor suyo frente a desamor nuestro. La Cruz nos está hablando a la vez de la grandeza del amor de Cristo al Padre y de la gravedad del desamor de nuestras ofensas al Padre. Cristo padeció tanto porque quería mostrarle al Padre cuánto le amaba y porque quería abrirnos los ojos a nosotros para seamos capaces de ver, por fin, toda la maldad que el pecado lleva dentro. Amor frente a desamor. Sacrificio de amor que redime todo el desamor del mundo. El Padre ahora, en cada Santa Misa que actualiza el sacrificio de amor redentor de Cristo, nos puede decir: “¿Veis hasta dónde me ha obedecido mi Hijo? ¿Veis hasta dónde me ha amado? ¿Veis hasta dónde me habéis ofendido? ¿Veis lo que ha sido capaz de hacer por complacerme? ¿Veis lo que sigue haciendo por redimiros? Y todo porque yo se lo pido”.
¿Qué hemos de hacer nosotros ante los padecimientos de Cristo?, tercera pregunta. Mirarle con profundo amor y agradecimiento y, además, asociarnos con nuestra cruz a la suya. Mirarle, decimos, con profundo amor y agradecimiento. Y le miramos no sólo cuando miramos el crucifijo, sino cuando miramos al altar y al sagrario. En el altar se renueva el sacrificio de amor redentor y en el sagrario se reserva el fruto del sacrificio para su adoración y refección. Mirarle, repetimos, con profundo amor y agradecimiento. El profeta Zacarías nos lo ha advertido en la primera lectura: “Me mirarán a mí, a quien traspasaron” (Zac 12, 11). La misma frase, si recuerdan, es la que repite el evangelista San Juan, tras la lanzada del soldado, una vez que Cristo expiró: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37). Y, además, asociarnos con nuestra cruz a la suya. Escribe Santa Teresa en el último capítulo de las Moradas: “Poned los ojos en el Crucificado, y haráseos todo poco” (Moradas 7, 4, 9) y termina con la invitación de que “ofrezcamos al Señor el sacrificio que pudiéremos, que su Majestad lo juntará con el que hizo en la cruz” (Moradas 7, 4, 18). Por eso, la Iglesia, en el Ritual de la Unción, se dirige a los enfermos “exhortándolos también para que asociándose libremente a la pasión y muerte de Cristo (cf. Rm 8, 17) colaboren al bien del pueblo de Dios” (Ritual de la Unción, Praenotanda, 5).
** *** ***
Terminamos ya. Hay mucho amor en la cruz de Cristo. Ya sabemos a qué va Jesús a Jerusalén: a amar con amor total. A eso va Jesús a Jerusalén: a amar al Padre que le pidió ofrecerse como sacrifico de redención para el perdón de nuestros pecados.
Ese misterio de amor se actualiza sobre nuestros altares. Cristo en cada altar, cuando se celebra la Eucaristía, es el Cordero que quita el pecado del mundo. Miremos siempre en los templos con especial cariño al altar. ¡Santo altar de Dios! “Ara donde se inmoló/ el Cordero inmaculado,/ Cristo en ti nos redimió/ de la muerte y del pecado”, cantan los fieles en uno de los más hermosos cantos internacionales a la Cruz de Cristo. ¿Y vamos nosotros a eliminar de nuestros altares el elemento sacrificial, como ha ocurrido en la capilla de nuestro Seminario Mayor? ¡Santo altar de Dios! ¡Altar bendito donde se inmola el Cordero que quita el pecado del mundo!
Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.
————————————-
DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO
(16 de junio de 2013)
“Y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas” (Lc 7, 38). Aquella mujer pecadora nos enseña cómo ha de ser nuestra reacción ante los propios pecados. Así, a partir de la lección de esta mujer, podemos elaborar nuestra segunda homilía del ciclo titulado “Pecado y perdón. Seis homilías para tiempos de tribulación”, que nos llevará buena parte del verano del 2013, el verano del Año de la fe. El pasado domingo terminábamos nuestra homilía con estas palabras: “El primer paso siempre ha de ser el reconocimiento de los pecados” Y añadíamos: “Cristo se dio cuenta aquel día en que pasó por la aldea galilea de Naín de la situación de postración y de extrema debilidad de aquella familia. Y se da cuenta también hoy de la nuestra. Ahora hace falta que nos demos cuenta también nosotros”. Fueron nuestras últimas palabras hace ocho días. Y es que lo peor que se puede hacer con los pecados es ignorarlos. Es malo para nosotros ignorar nuestros pecados, pues nos lleva con el paso del tiempo a establecer casi alianza de paz con el pecado; es malo para Cristo, pues la ignorancia de nuestros pecados supone el olvido de su sacrificio redentor. La situación del olvido de nuestros pecados sólo satisface al maligno, que consigue de esa manera que los hijos de la luz vivan en continua tiniebla, haciéndoles caer así en la más penosa de la contradicciones. ¿Cómo consigue el maligno llevar a las almas a un estado de cosas tan contradictorio en el que dos contrarios vivan en el mismo sujeto? ¿Cómo consigue el maligno llevar a las almas a un estado de “alianza con el pecado”, a un estado habitual de esclavitud, oscuridad y desamor? A responder a la pregunta nos va a ayudar San Ignacio de Loyola (1491-1556). En uno de los números de sus Ejercicios Espirituales, concretamente en las Reglas de discernimiento de la segunda semana, escribe: “Propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis (bajo ángel de luz), entrar con el alma devota y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal alma justa, y después, poco a poco, procura de salirse trayendo al alma a sus engaños cubiertos y perversas intenciones” (EE 332). Nos puede ayudar un ejemplo: es como empezar a caminar desde Sigüenza en dirección a Barbatona y terminar en Palazuelos, es decir, en el punto opuesto. El maligno es muy inteligente y siempre tienta bajo especie de bien; nos lo enseñan los grandes maestros del espíritu, así San Ignacio (cf. EE 10) o San Juan de la Cruz (cf. Cautelas, 10). Y la Iglesia, madre y maestra, nos advierte de la “influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama homicida desde el principio” (Catecismo 394). Podemos decir que, en el tema que nos ocupa, que es el de la actitud correcta ante nuestros pecados, el maligno nos cambia de dirección y nos lleva a la actitud incorrecta ante el pecado por medio de tres giros.
*** *** ***
Primer giro o “no perder mucho tiempo repasando los pecados”. El punto de partida o especie de bien del que parten tanto el alma como el maligno es que Dios es compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. El alma lo piensa y el maligno se lo recuerda. ¿Qué mal puede haber en pensar esto? ¿Quién no disfruta con ese pensamiento de la misericordia y el perdón? Pero el maligno, a partir de ese buen pensamiento, añade otro y es que, ya que Dios es tan misericordioso, no es necesario estar repasando y dándole vueltas a nuestros pecados. Para su obra de influencia, el maligno se sirve de nuestros propios pensamientos; al fin, el maligno es criatura y para influir en nosotros se ha de servir de criaturas y las que mejor le sirven para sus fines son nuestros propios pensamientos, que son criaturas. Con ese pensamiento añadido e influyente de no gastar mucho tiempo en repasar nuestros pecados, el maligno consigue que, al no poner mucha atención en nuestros pecados, terminemos por no darles demasiada importancia. Y todo a partir del buen pensamiento de la misericordia de Dios. Pero ya se ha producido el primer giro; es como si de estar avanzando hacia Barbatona, el rumbo hubiera girado ligeramente y ahora fuésemos ya en dirección a Mandayona.
Segundo giro o “no fatigar a Cristo pidiéndole perdón”. Y todo bajo la especie de bien de que el Señor es misericordioso y que él ya conoce nuestros pecados y, como es tan generoso y quiere otorgarnos su perdón, no es necesario ni siquiera recordárselo, no es preciso cansarle, pues tiene buena memoria y buena voluntad. A través de nuestros propios pensamientos el maligno nos va influyendo así para que la petición de perdón al Señor sea algo que vaya desapareciendo de nuestra vida espiritual. Primero desaparece la atención a los pecados y después la atención al perdón de los pecados. Es lo que el maligno pretendía. En todo caso, se nos viene a decir en determinados ambientes, si ha habido algún problema en la relación con el prójimo, todo se arregla con una palmada en la espalda, un café compartido y un “aquí no ha pasado nada y todo arreglado”. Pues bien, así es como quiere el maligno que lo arreglemos todo, sin contar con Dios. ¿Pero de verdad que todo está arreglado? ¿De verdad que no hay que pedirle perdón al Señor por haber hecho algo contrario a su voluntad? ¿También nosotros vamos a vivir “etsi Deus non daretur” (como si Dios no existiera)? Con este segundo giro y por seguir con el ejemplo que hemos puesto, ahora ya habríamos torcido un poco más y estaríamos caminando en dirección a Moratilla.
Tercer giro o “el olvido del sacrificio de Cristo”. Si no se repasan los pecados y, además, no hay necesidad de expresar nuestra petición de perdón a Dios, ¿qué necesidad hay de hablar sacrificio redentor de Cristo? A este último término es donde el maligno quiere llevar a las almas, al olvido del sacrificio de Cristo por los pecados. Lo que el maligno quiere es que se olvide la Cruz de Cristo, que se olvide el sacrificio redentor de Jesús y que en nuestras celebraciones desaparezca del “altar” el elemento que visualice la renovación del sacrificio redentor de Cristo por los pecados del mundo. Lo grave no es sólo que haya descendido la práctica del sacramento del Penitencia; más grave aún es, a mi parecer, el que se haya desdibujado y en muchos casos eliminado el elemento sacrificial de la Eucaristía. La Eucaristía ha quedado en muchos casos reducida a la evocación sentimental de una comida fraterna, sin conexión explícita y visual con el sacrificio de Cristo. Les invito a que se fijen, al recorrer los templos de nuestra geografía diocesana, y observen cómo en muchísimos de sus altares falta el elemento sacrificial. De los dos elementos esenciales de un altar, el sacrificial y el comunional, en un altísimo porcentaje de los mismos falta el primero. El ejemplo más reciente y más triste es el de la capilla del nuevo Seminario Mayor de Guadalajara, en donde se ha vaciado el altar de su elemento sacrificial constitutivo. Y eso en el Seminario, allí donde se forman aquellos que por el sacramento del Orden y como rasgo esencial y principal de su identidad sacerdotal “renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención” (Prefacio de la Misa Crismal). Así estamos: vaciado el altar de su elemento sacrificial y vacío el Seminario de seminaristas. Sin elemento sacrificial, ¿dónde queda el sacrificio de comunión, el sacrificio que hace posible la comunión? ¿Qué se ha hecho del sacrificio que Cristo ofreció en la Cruz por los pecados del mundo, por mis pecados? Pues en muchos casos se ha hecho lo que el maligno más deseaba: darle la espalda a la Cruz de Cristo, olvidar su sacrificio, hurtar el elemento celebrativo significante del mismo. Siguiendo con el ejemplo geográfico que nos viene acompañando a lo largo de la homilía, diríamos que, con este tercer giro, los que empezaron caminando hacia Barbatona, están ahora ya caminando hacia Palazuelos, justamente en la dirección contraria a la que empezaron.
*** *** ***
Terminamos ya por hoy. Lo que ha ocurrido entre nosotros no es un asunto menor, sino de la máxima gravedad ¿Qué ha podido pasar entre nosotros para que, ofendiendo tanto al Señor, no dediquemos demasiado tiempo al repaso de los pecados, al dolor de los pecados, a la petición de perdón por los pecados? El maligno nos ha llevado a su terreno. ¡Qué diferencia de actitudes, la ejemplar actitud de la mujer pecadora del Evangelio y la nuestra! Aquella mujer reconoce su pecado, llora su pecado, acude a Jesús pidiéndole perdón, recibe el perdón de Jesús y lo agradece sentida y generosamente. Y, por el contrario, en muchos de nuestros ambientes: ignorancia del pecado, insensibilidad por las ofensas hechas a Dios, convivencia habitual con el pecado, ausencia de arrepentimiento, olvido del sacrificio de la cruz.
En este punto, en general, no vamos bien. ¿Tendremos la suficiente humildad para corregir nuestros yerros o nos instalaremos en la soberbia y en dejar pasar el tiempo haciendo como que no nos hemos enterado? ¿Seguiremos obstinadamente desobedeciendo las normas de la Iglesia? Nos ayude en estos momentos la intercesión y el ejemplo de la humilde esclava del Señor, la Madre de la Iglesia. Ella, bajo la advocación de la Asunción, es la patrona de nuestra amada diócesis. A ella se eleva nuestra plegaria: “Stella maris, succúrre cadénti, súrgere qui curat, populo” (Estrella del mar, ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse).
Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.
———————–
DÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(9 de junio de 2013)
“Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda” (Lc 7, 12). Hemos escuchado el relato evangélico de la resurrección del muchacho de Naín. Este relato nos da pie para iniciar un bloque unitario de homilías veraniegas, como solemos hacer cada año cuando llega el estío. El año pasado, si recuerdan, titulábamos de forma genérica las homilías del verano como “Vacaciones en Cafarnaún”, ya que estuvimos comentando el discurso pronunciado por Jesús en la sinagoga de aquel famoso pueblo galileo. No nos movimos, como quien dice, de Cafarnaún en todo el verano. Este año las vacaciones serán itinerantes. Las iniciamos en otro pueblo galileo, Naín, mucho más modesto y humilde que Cafarnaún. A Naín es mejor llamarle aldea. La aldea, localizada a siete kilómetros del Monte Tabor, en dirección suroeste, está como reclinada en el regazo de un pequeño monte, el Nebi Dahi. Hay una pequeña iglesia construida por los frailes franciscanos en 1880 y levantada sobre restos de otra más antigua, que recuerda el milagro realizado por Jesús al resucitar al hijo de la viuda. La escena evangélica es conmovedora: soledad extrema de una mujer viuda que, a la pérdida del esposo, se le añade la pérdida de su hijo único, al que llevan a enterrar. Y todo en una pequeña e irrelevante aldea, lejos de los centros sociales de influencia y poder. Jesús es consciente del total abatimiento de aquella mujer. En realidad, Jesús es consciente de todo abatimiento, físico, moral o espiritual en que puede estar postrado y sumido cualquier hombre o comunidad. Y la mayor postración de todas, una postración a la que podemos calificar como mortal, es el pecado. Vamos a ponerle ya título a este conjunto de homilías veraniegas. Las vamos a titular: “Pecado y perdón. Seis homilías para tiempos de tribulación”. Y en el comienzo de estas seis homilías hemos de formular algunas preguntas: ¿Está o no está postrada mi alma? ¿Está mi alma sumida en ese abatimiento mortal que es el pecado? ¿Está mortalmente abatida mi comunidad, parroquia o diócesis? ¿Se cometen o no se cometen pecados entre nosotros? ¿Se ofende a Dios entre nosotros? ¿Se vive habitualmente en gracia por parte de la mayoría de los bautizados próximos? ¿Cómo saber si Dios está ofendido y disgustado por una conducta habitual pecaminosa y generalizada? ¿Cómo saber si se ofende a Dios?
*** *** ***
Comencemos por responder a la última pregunta. ¿Cómo saber si se ofende a Dios? Por dos caminos: uno es el camino de fuera adentro y otro es el camino de dentro afuera. Son los mismos dos caminos que hay para conocer las perfecciones divinas. Para conocer las perfecciones divinas podemos partir de las criaturas y, como dice el libro de la Sabiduría o el apóstol San Pablo, desde las bondades de las criaturas ir subiendo hasta la fuente y el origen de las mismas, que es Dios; es camino válido, sobre todo para los principiantes. Pero hay otro camino mejor y es el de ir directamente a Dios y en Dios y desde Dios conocer las criaturas; es el camino de los perfectos y es el de “conocer por Dios las criaturas, y no por las criaturas a Dios; que es conocer los efectos por su causa y no la causa por los efectos, que es conocimiento trasero y esotro esencial” (L 4, 5). De modo similar podemos decir que hay dos caminos para conocer si Dios es ofendido: uno observar por fuera la propia conducta o las conductas que se dan en nuestro entorno; es camino válido, aunque parcial e insuficiente; otro camino es entrar por la fe y el amor en el corazón de Cristo, convivir con Jesús, hacer nuestros sus criterios y sentimientos, poniendo nuestro propio corazón en la misma frecuencia espiritual que el suyo y así experimentar y sentir internamente lo que él siente. El que se atreva, espiritualmente hablando, a entrar en el corazón de Cristo se dará dolorosamente cuenta de lo mucho y gravemente que se ofende a Dios.
Sigamos respondiendo a otra pregunta. ¿Se ofende a Dios entre nosotros, católicos de Sigüenza-Guadalajara? No creemos exagerar si afirmamos que a Dios se le ofende mucho y gravemente. Se le ofende no sólo lejos de nosotros o en ambientes paganos o neopaganos, sino cerca de nosotros y en ambientes confesionalmente católicos, en nuestros propios ambientes o, como quien dice, dentro de casa. Habríamos de meditar con sosiego los Improperios del Viernes Santo, ya que en ese santo día no podemos detenernos demasiado en su meditación debido a las urgencias celebrativas, para caer en la cuenta de lo muy dolido que está el Señor. “¡Pueblo mío (amada diócesis)! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme. Yo te sustenté con el maná… tú me azotaste. Yo te di de beber el agua salvadora… tú me diste a beber hiel y vinagre. Yo por ti herí a los reyes… tú me heriste la cabeza” (Improperios 5, 6 y 7). Y si entramos por la fe y el amor en la intimidad divina trinitaria, tampoco nos resultará difícil darle forma a tres preguntas que el Padre nos hace: “¿Qué habéis hecho con el sacrificio redentor de mi Hijo? ¿Qué estáis haciendo con el sacrificio redentor de mi Hijo? ¿Qué vais a hacer con el sacrificio redentor de mi Hijo?”. Nuestra amada diócesis ha de ponerse cara a cara frente a la cruda verdad de las cosas. “El Amor no es amado”, decía San Francisco de Asís. Efectivamente, el Amor no es amado entre nosotros o no lo es suficientemente.
Terminemos respondiendo a una última pregunta. ¿Se vive habitualmente en gracia por parte de la mayoría de los bautizados próximos? Esta es la gran pregunta que más a menudo nos hemos de plantear. La gran pregunta de nuestra pastoral diocesana ha de ser la pregunta sobre la vida de gracia. En el objetivo de nuestro quehacer ha de estar la vida de gracia: la fidelidad a la gracia bautismal y su crecimiento, el cumplimiento de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, el cumplimiento de los deberes de nuestro propio estado… De otra manera, caeremos en un buenismo autocomplaciente que termina por fatigar o en un cinismo granítico capaz de lo que sea con tal de conservar beneficios. Si no nos centramos en la vida de la gracia y en la lucha en serio contra el pecado, todo se reducirá a sesiones periódicas de fuegos artificiales, pero el dolor moral de Cristo ahí seguirá.
*** *** ***
Terminamos ya. Hemos iniciado las seis homilías sobre “pecado y perdón”. El primer paso siempre ha de ser el reconocimiento de los pecados. La escena de Naín nos puede ayudar a mirar con realismo a nuestra situación moral actual. Cristo se dio cuenta aquel día en que pasó por la aldea galilea de Naín de la situación de postración y de extrema debilidad de aquella familia. Y se da cuenta también hoy de la nuestra. Ahora hace falta que nos demos cuenta también nosotros.
.
Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA (Guadalajara) ESPAÑA.
————————-.