1. Homilías Dominicales

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(28 de agosto de 2016)

 

“El que se humilla será enaltecido” (Lc 14, 11). Hace Jesús en el Evangelio de hoy una gran apología de la virtud de la humildad. Hay un gran consenso en el sentido de que la humildad es el fundamento de la vida espiritual. El humilde tiene bien fundamentada su vida espiritual porque se apoya en Dios, que es la misma fortaleza. El soberbio, en cambio, es muy frágil espiritualmente porque se apoya en sí mismo y el hombre, todo hombre, por sí mismo no es sino nada y miseria. Sólo Dios nos puede hacer fuertes. Sólo Dios hace fuerte al humilde. De todas las maneras, si observamos con atención, a la gente en general le gusta que sean humildes los demás. Es claro que con los humildes da gusto convivir y que con los humildes siempre uno lleva las de ganar y que los humildes siempre llevan las de perder. En el deporte de alta competición circula este dicho: “El que es limpio será un perdedor”. Podemos trasladar el dicho a esta virtud: “El que es humilde será un perdedor”. Y así suele ser en primera instancia. Pero en última instancia el humilde siempre gana, nos gana el corazón. No es exagerado adelantar que al final el mundo será de los humildes. La razón está en que el humilde vive en la verdad y la verdad es Dios y ganará, mientras que la mentira es del diablo y el propio diablo sabe que le queda poco tiempo.

 

Humildad y verdad van a la par. Podemos decir que el hombre humilde es el hombre de las tres verdades: la verdad de lo que Dios es, la verdad de lo que él es y la verdad de lo que son las cosas.

 

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Primero, la verdad de lo que Dios es. El humilde vive delante de Dios, en su presencia habitual. El humilde es hombre de fe pura. Pensamos que la fe sólo sirve para ver de lejos, allá al fondo y al final de los acontecimientos, pero la fe es también de cerca en primer plano. Dios no sólo está al fondo de los acontecimientos, sino en el primer plano de los acontecimientos. En Él todo subsiste. El humilde, por eso, está familiarizado de continuo y de forma habitual con Dios, con la alteza y grandeza y omnipotencia y sabiduría y bondad de Dios. El humilde está admirado y asombrado y sobrecogido por la cercanía divina a la vez que por la infinita soberanía de Dios. Dios es Dios, repite el humilde con estremecimiento adorante y reverente. Y no lo dice sólo porque lo haya leído en los libros, sino por experiencia personal. Cuanto más se convive con Dios, más humilde se es. La falta de humildad es señal de distancia de Dios.

 

Segundo, la verdad de lo que él es. El humilde no vive engañado acerca de sí mismo. Sabe que lo bueno que tiene es recibido de Dios y que lo malo que tiene es propio y exclusivo suyo. Si le alaban, remite a Dios la alabanza; si le vituperan, reconoce que tienen razón. El humilde es lúcido y no cede ante los halagos aduladores ni se inquieta por el bajo concepto que tengan de él o por los juicios negativos que viertan sobre él, pues sabe que los juicios, buenos o malos, son sólo obras de criaturas.

 

Tercero, la verdad de lo que las cosas son. El humilde da a las criaturas su justo valor. Sabe que las criaturas poco pueden dar y poco pueden quitar. Ni anda aficionado a ellas ni anda asustado ante ellas. Poco dan y poco quitan. Por eso el humilde es moralmente robusto: ni busca los halagos ni cede ante las amenazas. El humilde vive en la santa indiferencia ante todas las criaturas.

 

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Terminamos ya, queridos hermanos. Sólido cimiento de nuestra vida es la humildad. Por eso, tras la reflexión, nuestras palabras se convierten en plegaria: “Señor Jesús, manso y humilde de corazón, concédenos la gracia de reflejar en nuestro corazón y en nuestras obras tu misma humildad, tu misma mansedumbre, tu misma verdad y que todo sea para vuestra gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.

 

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajatra. ESPAÑA.

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XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(21 de agosto de 2016)

“Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios” (Lc 13, 29). A Jesús le sale una frase redonda como respuesta a la pregunta por la salvación. En realidad, a Jesús todas las frases le salen redondas porque siempre dice verdad y la verdad es la que, al final, da satisfacción a nuestro corazón; incluso cuando esa verdad lleva mensaje de corrección o admonición, siempre deja bienestar interior. Tras las serias advertencias que Jesús pronuncia, llega esta frase consoladora en la que se nos dice que todos estamos invitados a sentarnos a la mesa del Reino de los cielos.

La frase suena a invitación a unas bodas. Lo es verdaderamente. Banquete de bodas es la Eucaristía, que aquí celebramos domingo a domingo y día a día. Todos los que acudimos a este lugar santo, nos sentimos invitados a la boda. La invitación ha de despertar en nosotros tres sentimientos interiores: un sentimiento de profunda alegría, un sentimiento de diligente preparación y un sentimiento de ardiente deseo.

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Un sentimiento de profunda alegría, en primer lugar. Sin mérito de nuestra parte y sólo por pura benevolencia divina hemos sido invitados todos al banquete de bodas del Cordero. “Beáti qui ad cenam Agni vocáti sunt” (Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero), nos dice el sacerdote al llegar la sagrada comunión. ¿Cómo no sentir gozo al escuchar esta invitación y acercarnos a la comunión con las debidas disposiciones?

Un sentimiento de diligente preparación, en segundo lugar. El vestido de bodas, del que habla Jesús en otro lugar del Evangelio, es la vida de la gracia y las obras santas, no sólo buenas. ¿Qué añade el un calificativo al otro? Añade la intensidad y la pureza de las obras hechas bajo la dirección, guía y moción del Espíritu Santo. La vida bajo el régimen de los dones del Espíritu Santo nos pone a punto para el banquete de bodas del Cordero. Ya decíamos el pasado domingo que en este “Año de la Misericordia” hemos de procurar no sólo la realización de obras buenas, sino la realización de obras buenas hechas con pureza de amor. Ese es el verdadero camino para el auténtico progreso espiritual: la pureza de amor, el esmero, la finura, la delicadeza de corazón en la realización de las obras buenas. Dios mira y se fija y se detiene y se complace, sobre todo, en el corazón del que hace las obras buenas, más aún que en las mismas obras.

Un sentimiento de ardiente deseo, en tercer lugar. Cuando se despedía de los suyos, poco antes de padecer, Jesús le manifestaba al Padre un deseo y era que los que le había confiado estuviesen con Él y contemplasen su gloria (cf. Jn 17, 24). Ese mismo ha de ser nuestro deseo y se lo hemos de manifestar al Padre, el deseo de estar con Jesús y contemplar su gloria, es decir, participar de su gloria.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Como en otras ocasiones, dejemos que la consideración nos lleve a la oración y palabras terminen en plegaria: “Señor Jesús, que deseabas ardientemente comer la comida pascual con tus discípulos antes de padecer, concédenos la gracia de desear con ese mismo ardor nosotros, los que ahora nos acercamos al banquete eucarístico, sentarnos un día a la mesa contigo en tu Reino”. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(14 de agosto de 2016)

“He venido a prender fuego en el mundo” (Lc 12, 49). La frase sorprende; lo mismo que sorprende la que sigue, la de la división en lugar de la paz, que no podemos comentar hoy. Quedémonos con la del fuego y una vez recuperados de la sorpresa inicial, tratemos de entrar en la verdad completa de la frase, guiados por la luz y la lumbre del Espíritu Santo. ¿De qué fuego se trata? Del fuego que arde en el corazón de Cristo, es decir, del amor divino que ha prendido en el corazón humano de Cristo por la unión hipostática, esto es, por la unión de la humanidad de Cristo con la persona divina del Verbo. Desde el momento de la Encarnación, la humanidad de Cristo (”asumida, no absorbida”) participa del fuego amoroso e infinitamente intenso del mismo Dios. Es un fuego expansivo. Podemos, por eso, hablar de fuego en el corazón de Cristo, fuego en nuestro corazón y fuego en nuestras obras.

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Fuego en el corazón de Cristo. Dios nos ama con corazón humano. Del corazón de Cristo no salen tibios rayos de amor sino rayos de amor de una intensidad indecible, sobrenatural, divina. Cristo no se guarda el fuego del amor divino para sí, sino que responde con ese mismo amor al Padre y reverbera posteriormente hacia nosotros.

Fuego en nuestro propio corazón. Ese mismo fuego quiere Cristo que arda en nuestro corazón. Su caridad para con nosotros va más allá de la donación de algunos beneficios. Cristo quiere comunicarnos, por el Espíritu Santo, su misma intensidad y capacidad de amar y de amarle a Él en primer lugar, en lógica reciprocidad. Ese ha de ser, por otra parte, nuestro deseo. “Fac ut ardeat cor meum/ in amando Christum Deum”, se reza en la secuencia “Stabat”. Por su Espíritu Santo, Jesús quiere la “llama de amor viva” en el centro más profundo de la sustancia de nuestra alma. Habremos de referir y desear para nuestro corazón lo que la Iglesia canta en el pregón pascual refiriéndose al cirio: “Que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo”. Así nuestro corazón, sea llama divina asociada por la calidad de su luz y de su lumbre al fuego celeste, es decir, al fuego divino.

Fuego en nuestras obras. Ese es el fuego que Cristo quiere que transmitamos en nuestras obras de caridad o misericordia. La caridad, como el fuego, conoce distintas intensidades. Las distintas moradas de la casa paterna, en realidad son distintas intensidades de amor. Se puede participar de muchos modos y maneras en ese amor que Dios es. Cristo quiere que en la tierra se conozca y experimente la intensidad máxima de la caridad, la misma intensidad con que Él es amado por el Padre y la misma intensidad con que Él nos ama. En el “Año de la Misericordia” hemos de procurar no sólo la realización de obras buenas, sino la realización de obras buenas hechas con pureza de amor, es decir, con el fuego del Espíritu Santo, pero esto sólo será posible por una cuidada vida de gracia y oración. Hemos de prestar atención, pues, no sólo a la beneficencia, sino sobre todo a la benevolencia. No sólo quiero obras, nos viene a decir el Señor, sino obras hechas con pureza de amor.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Como hacemos en otras ocasiones, ceda ya el paso la consideración a la oración: “Señor Jesús, amante divino, al darte gracias por la pureza e intensidad del amor con que nos amas, te pedimos que ese fuego prenda en nuestro corazón y sepamos propagarlo, a través de nuestras obras, por todos los lugares en los que nos hagamos presentes”. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(7 de agosto de 2016)

“Estad preparados” (Lc 12, 40). Las distintas recomendaciones que nos hace el Señor en el Evangelio de hoy se pueden resumir en una sola y, además, dicha con muy pocas palabras, sólo con dos: estad preparados. La preparación para el encuentro definitivo con el Señor ha de evitar, por una parte, el vivir angustiados y, por otra, el vivir despreocupados. ¿Cómo vivir, entonces, de forma ordenada este tiempo de preparación? Hemos de vivir esperanzados. Vivir esperanzados significa mirar con paz el pasado, mirar con responsabilidad el presente y mirar con confianza el futuro.

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Vivir esperanzados significa, en primer lugar, mirar con paz al pasado. Grave tentación es mirar al pasado dejándose acosar, como Judas, por el remordimiento. El remordimiento es destructivo y eso no lo puede querer el Señor. Otras cosa distinta es el arrepentimiento y, sobre todo, el agradecimiento al Señor misericordioso que nos ha tendido continuamente su mano para levantarnos de nuestras caídas. Al mirar a nuestro pasado a quien primero hemos que descubrir es al Señor y su amor infinito. Escribe San Juan de Ávila (1500-1569), doctor de la Iglesia: “Pues, alma mía, flaca y desconfiada, que en tantas angustias no sabes confiar en Dios, ¿por qué te desmayan tus culpas y la falta de tus merecimientos? Mira que este negocio no estriba en ti solo, sino en Cristo”.

Vivir esperanzados significa, en segundo lugar, mirar con responsabilidad al presente. La esperanza cristiana no da un salto al futuro por encima del presente, sino que le da un nuevo contenido al presente. La esperanza cristiana hace que demos valor de eternidad a nuestros deberes actuales y concretos en el aquí y el ahora de nuestra existencia. La esperanza nos lleva a afrontar con mayor determinación y fidelidad las obligaciones nuestras de cada día.

Vivir esperanzados significa, en tercer lugar, mirar con confianza al futuro. En esa joya de la literatura espiritual que es el “Tratado del amor de Dios”, sigue escribiendo San Juan de Ávila: “No son tus merecimientos solos principalmente los que te han de salvar, sino los del Salvador… Ese es el estribo de tu esperanza y no tú… No mires a tus fuerzas, que te harán desmayar, sino mira a ese remediador y tomarás esfuerzo”.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Mirando al futuro con esperanza, algo muy necesario en estos tiempos de tensiones, inseguridades y turbulencias, hacemos nuestra la oración de la Iglesia: “¡Oh Dios!, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia; derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo”. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(31 de julio de 2016)

“Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes” (Lc 12, 15). Jesús, en el Evangelio de hoy, aprovecha una consulta que le hacen a propósito del reparto de una herencia para educarnos a todos en la verdadera actitud a tomar ante los bienes creados. La verdadera actitud ante los bienes creados incluye estas tres verdades: los bienes creados son bienes, los bienes creados no son dioses y los bienes creados son bienes relativos.

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Primera verdad. Los bienes creados son bienes. Parece un juego de palabras pero lleva su intención. Recuerdo que cuando se estaba haciendo en nuestra provincia la concentración parcelaria, se decía que todo dependía de la junta clasificatoria, es decir, de aquel pequeño grupo de campesinos expertos que iban calificando las parcelas según categorías: primera, segunda, tercera, cuarta o quinta. Si se calificaban las parcelas según criterios acertados, justos y verdaderos, después ya sólo era cuestión de sumar. Pues así diríamos con respecto a los bienes creados: si se tiene de ellos un juicio valorativo justo, entonces ya están puestas las buenas bases para tener ante los bienes creados una sana actitud moral. Y el juicio valorativo puede ser erróneo tanto por exceso como por defecto. Ha habido épocas o lugares o sistemas de pensamiento que han tendido al pesimismo. Pensemos, por ejemplo, en la Atenas decadente que conoció san Pablo. Cuando llegó san Pablo, cundía el pesimismo, la desilusión, la decepción y un concepto muy negativo de todo. Y en un ambiente así poco pudo hacer el apóstol. El Evangelio, que es la verdad, no echó allí raíces porque aquel amargo pesimismo era una falta contra la verdad. Pensemos, más cerca de nuestros días, en la mentalidad predominante en la Europa de entreguerras del siglo pasado. El ambiente era de profundo desencanto, decepción, pesimismo y nihilismo; un ambiente negativo certeramente reflejado, por ejemplo, en la película “Cabaret”. En un ambiente así de corrosivo nada vale la pena, cunde la desmoralización y las cosas pueden romper por donde menos se espera o se desea. Pero los bienes creados son bienes. Jesús no cambia la calificación de los mismos. Al fin, los bienes creados llevan la marca de Dios. Cuando vamos al mercado a comprar un objeto, miramos el lugar donde ha sido fabricado y eso ya es un criterio para decidirnos a adquirirlo. No da lo mismo que haya sido hecho en China a que haya sido hecho en Alemania. Pues bien, los bienes creados llevan la marca de Dios. Por tanto, son “buenos”, como nos dice el Génesis en su primera página creacional y nos recuerda el himno del Año de la Misericordia, inspirándose en el salmo 135, la magna letanía de acción de gracias para la gran fiesta pascual.

Segunda verdad. Los bienes creados no son dioses. Decíamos que si se tiene de los bienes creados un juicio valorativo justo, entonces ya están puestas las buenas bases para tener ante ellos una sana actitud moral. Y el juicio valorativo puede ser erróneo tanto por exceso como por defecto. Hay juicio erróneo por defecto cuando se desprecia la creación y hay juicio erróneo por exceso cuando se llega a idolatrar la creación. Bien está que disfrutemos con la lectura del Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís o con las páginas de la encíclica Laudato si´. Bien está la valoración de los bienes creados, pero sin divinizarlos. Los árboles son sólo árboles y las piedras son sólo piedras. Recuerdo que en la autovía del sur, ya en Andalucía, hay una magnífica recta que de pronto pierde su rectitud para bordear un bosquecillo de eucaliptus, como si fueran unos árboles sagrados e intocables. Pues no habría pasado nada si la carretera hubiera seguido la línea recta y hubiera atravesado el bosquecillo. No se hunde el mundo. Y si hay que plantar algunos árboles algo más allá para no perder vegetación, pues se plantan y aquí paz y después gloria. Pero incluso aún tenemos ejemplos más cercanos: cuando se trató de arreglar el patio de entrada a la iglesia de las Clarisas, se hicieron presentes los arqueólogos para declarar intocable un empedrado que parecía que iba a ser tan famoso como las excavaciones de Akrotiri y que visto ahora con objetividad tiene un escasísimo valor histórico. No habría pasado nada si se hubiera cubierto entonces y no pasará nada si un día se vuelve a cubrir. Es un exceso y un despropósito el afán extendido en algunos ambientes por idolatrar la creación.

Tercera lección. Los bienes creados son bienes relativos. Los bienes creados dicen relación, primeramente, a Dios, su creador, y dicen relación también al hombre, para cuyo recto usufructo los ha destinado el Señor. Dios pide de nosotros que hagamos de los bienes creados un uso justo, sobrio, ordenado y trascendente. “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”, nos dirá san Pablo. Y san Ignacio, en la famosa meditación del “Principio y Fundamento”, en sus Ejercicios Espirituales, escribe: “Las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas…, solamente deseando y eligiendo lo que más conduce para el fin que somos criados” (EE 23).

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Terminamos ya, queridos hermanos. Tratemos de mantener ante los bienes creados una actitud verdadera, la que nos enseña Jesús: ni despreciarlos ni idolatrarlos, sino servirnos de ellos siempre en orden a la salvación. Lo expresa muy bien la Iglesia en la oración colecta para el día de acción de gracias en las Témporas de otoño: “Padre de bondad, que, con amor y sabiduría, quisiste someter la tierra al dominio del hombre para que de ella sacara su sustento y en ella contemplara tu grandeza y tu providencia; te damos gracias por los dones que de ti hemos recibido y te pedimos nos concedas emplearlos en alabanza tuya y en bien de nuestros hermanos”. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA

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