1. Homilías Dominicales

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA
(27 de abril de 2014)

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis lo pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22-23). La primera aparición de Jesús a los discípulos que narra el evangelista San Juan ocurre en el cenáculo y en el transcurso de la misma les comunica el poder que Él mismo tenía para perdonar los pecados. Leída en todo su conjunto, la aparición pone de manifiesto cómo Jesús tiene una visión completa de la realidad. Jesús vive con los ojos abiertos. Si transfiere a los discípulos su autoridad amorosa para perdonar los pecados es porque la iban a necesitar, ya que se iban a encontrar de frente con la dura y dolorosa realidad del pecado. Jesús, en este domingo de la Divina Misericordia, nos invita a caer en la cuenta de los males profundos que nos cercan e invaden y a caer en la cuenta de que sólo Él es verdadero remedio de esos graves y profundos males que son los pecados. Las palabras de Jesús nos llevan como de la mano a la Carta pastoral “Id y haced discípulos”, que escribió nuestro obispo a mitad del pasado verano y a la que le estamos dedicando las homilías de este Tiempo Pascual; en concreto, nos llevan a los números tres y cuatro de la primera parte. En estos números nos habla el Sr. obispo de cambios profundos y acelerados en el mundo y en la Iglesia (n. 3) y de las importantes transformaciones sociales y religiosas en nuestra diócesis (n. 4). Claro que leyendo los contenidos de ambos números nos damos cuenta en seguida de que no sólo se trata de cambios, sino que se trata también de males. No es que hayamos de identificar sin más a todos los cambios con males, pero sí que no hemos de confundir sin más a todos los cambios con bienes absolutamente benéficos o moralmente inocuos. “Distínguere frequenter”, recomendaban los sabios. Hemos de aprender a distinguir, a discernir. Podríamos, entonces y según esto, articular nuestra homilía de hoy en estos tres enunciados: Nuestros tiempos son tiempos de cambios profundos y de males profundos, los cambios profundos y los males profundos afectan a nuestra diócesis y Cristo es el único que da sentido a los cambios y pone remedio a los males.

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Nuestros tiempos son tiempos de cambios profundos y de males profundos. Cita nuestro obispo el conocido número de la constitución conciliar Gaudium et Spes en el que se habla de “profundae et celeres mutationes” (GS 4), es decir, de “cambios profundos y acelerados”. Y añade a continuación nuestro obispo que todos esos cambios sociales, culturales, filosóficos y políticos han influido de forma decisiva en el ámbito de la de fe, en unos casos para su maduración y en otros, muy abundantes por desgracia, para su debilitamiento; es decir, nuestro obispo realiza una “aproximación crítica” a los cambios. Ya hacía esta misma llamada el Sínodo extraordinario de los obispos de 1985, que en su Relación final dice: “A veces faltó también discreción de espíritus no distinguiendo correctamente entre apertura legítima del Concilio hacia el mundo y, por otra parte, la aceptación de la mentalidad y la escala de valores del mundo secularizado” (Sínodo de 1985, Relación final, I, 4). Y hace mención el Sr. obispo de “muchas personas que han caído en la indiferencia religiosa, han disociado la fe de la vida, no han desarrollado las exigencias de la vocación bautismal e ignoran las verdades fundamentales de la fe” (Carta I, 3). Un poco más adelante añade: “Esta realidad nueva e inesperada, en la que se palpa el relativismo y la incoherencia religiosa, podemos descubrirla en muchos hermanos con los que convivimos y nos relacionamos cada día. Si nos fijamos en sus manifestaciones religiosas, vemos que con cierta frecuencia confiesan creer, pero al margen de la Iglesia y de sus enseñanzas” (Carta I, 3). Son afirmaciones muy serias. Las afirmaciones de Sr. obispo me recuerdan el documento que publicó la Conferencia Episcopal Española en el año 2006, titulado “Teología y secularización en España” y que es, en mi opinión, el mejor documento emanado de nuestra Conferencia Episcopal. A lo largo de los cuatro apartados del documento se va haciendo un lúcido, grave y serio diagnóstico del actual estado de cosas en España por lo que a la fe se refiere.

El común de la gente, cuando oye la expresión “cambios profundos”, suele reducir el alcance de dicha expresión casi siempre a los avances en la técnica o en la comunicación o en la automoción o en el desarrollo industrial; pero esos son, en realidad, pasos adelante en el crecimiento, en el avance progresivo. La cosa es mucho más grave porque la expresión “cambios profundos” en el pensamiento predominante actual tiene otro alcance distinto y mayor. En los generadores de la mentalidad predominante actual (no vendría mal releer el número 62 de Evangelii gaudium), de lo que se trata es nada menos que de un “cambio de planes”. Se ha buscado una alternativa al “creced, multiplicaos y dominad la tierra” (Gn 1, 28) que es el programa planificado por Dios, por otro programa autónomo elaborado por el hombre al margen de Dios. Más aún, si en el plan de Dios el paradigma o modelo referencial es Cristo, primogénito de toda la creación y en el que fueron creadas todas las cosas y en el que todo tiene su consistencia (cf. Col 1, 15-17), en el plan alternativo que han diseñado las mentes que están generando el pensamiento predominante actual y por tanto la cultura predominante actual, se ha sustituido el paradigma que es Cristo por otro paradigma distinto. Todo paradigma influye de modo directo en los criterios y en el comportamiento de los demás. Hasta ahora el hombre occidental y su entorno sociocultural gravitaba alrededor de Jesucristo (cristocentrismo); ahora el hombre y su entorno sociocultural gira alrededor del hombre mismo (antropocentrismo) y del yo (egocentrismo). Se podría hablar, entonces, más que de “cambios profundos” en plural, de “cambio profundo” en singular. “Ya el prototipo no es Jesucristo ni su discípulo fiel, el santo, sino el agnóstico, el que vive como si Dios no existiera y que se erige a si mismo en dios, e idolatra al Científico, al Mediático, al Deportista” (M. GUERRA, Masonería, religión y política, 2013, 329). Incluso aunque se mantenga un vocabulario que nos resulte familiar y tenga resonancias religiosas, sin embargo el significado actual es otro distinto de aquel que nosotros estábamos acostumbrados a dar. “Se conservan los nombres de las tres virtudes teologales cristianas, pero han dejado de ser teologales, no tienen como objeto a Dios mismo, sino el hombre y la humanidad” (M. GUERRA, o.c., 330).

Las consecuencias para la vida moral de este “cambio profundo” son enormes. La consecuencia más grave para la vida moral es la pérdida de la conciencia moral, ese santuario del hombre, en el cual está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de él (cf. GS 16). La pérdida de la conciencia moral lleva a no calificar los actos como buenos o malos. El hombre, sin conciencia moral, ya no se rige por los criterios de bondad para procurar las acciones o por los criterios de maldad para evitarlas. Todas las acciones quedan reducidas a usos sociales que cambian según la voluntad del sujeto, y no tanto del sujeto individual cuanto del sujeto social unificado por el “pensamiento único”. Los forjadores de ese “pensamiento único” no soportan que se califique a una acción humana como falta moral o pecado (palabras que intentan erradicar del vocabulario). Según estos pensadores no hay pecados sino cambios de usos sociales. Fíjense que estamos, entonces, justamente en el polo opuesto del Evangelio. Jesús, en el Evangelio, califica las acciones como buenas y malas y a estas las llama pecados, que son perdonados por Él mismo en el sacramento de la Penitencia. Recuerden el texto del Evangelio de hoy: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis lo pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22-23).

Si se retira la calificación moral a las acciones humanas, entonces ya no hay necesidad del sacramento de la Penitencia ni tampoco de la virtud de la Penitencia o del arrepentimiento o de la contrición o de la compunción o del dolor interior o del propósito o del crecimiento en la gracia o del avance hacia la santidad. En el caso de la desaparición de la conciencia moral los pecados ya no se verán como ofensas a Dios ni como daño que nos causamos a nosotros mismos. Sin conciencia moral no hay pecados sino cambios (muchas veces impuestos) de usos sociales. La práctica desaparición del sacramento de la Penitencia en muchos lugares (y perder un sacramento es perder a Cristo y, por tanto, perder el sentido de la plenitud humana) es la prueba de que ha desaparecido la conciencia moral. La Iglesia trató, precisamente, en el último Concilio de reafirmar el valor de la conciencia moral: “En lo profundo de su conciencia, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello” (GS 16). Como ven, pensamiento de la Iglesia y pensamiento de la cultura actual predominante frente a frente. En esas estamos. Los males, pues, que afectan a nuestro tiempo (y el mayor mal de todos es la pérdida de la conciencia moral) son males muy profundos. El maligno, ser muy inteligente, sabe dónde se puede hacer más daño a la persona humana.

Los cambios profundos y los males profundos afectan a nuestra diócesis. Nosotros no somos una excepción, no somos una burbuja en la que estemos a salvo de esos grandes cambios y de esos grandes males. Así lo hace notar el Sr. obispo, quien reconoce que estas transformaciones sociales y religiosas nos afectan a nosotros y escribe: “En las conversaciones y encuentros con sacerdotes y laicos, percibo también la existencia de una realidad de paganismo” (Carta I, 4). A veces podemos pensar que los grandes males (el mayor, como decimos, la pérdida de la conciencia moral) son cosas de grandes urbes de otros países, cuando en realidad y a día de hoy hay una manera de pensar muy similar en una gran ciudad y en una pequeña aldea de nuestra provincia. Refiriéndose al estado espiritual de nuestra diócesis, nuestro obispo escribe: “Como consecuencia del relativismo ambiental, del individualismo y del subjetivismo, un elevado número de bautizados manifiesta una fe muy débil, desconoce los contenidos fundamentales de la misma y ha abandonado las prácticas religiosas como si fuese mejor y más moderno ser no creyente que creyente” (Carta I, 4). Nuestra diócesis, pues, no es una excepción a los graves males morales y religiosos de nuestro tiempo

Las severas palabras de nuestro obispo me recuerdan los primeros capítulos estremecedores de la carta a los Romanos: el apóstol San Pablo dirige primero la mirada a los gentiles para trazar ese cuadro inquietante del primer capítulo (cf. Rm 1, 18-32); después desplaza la cámara hacia los judíos para reconocer que, a pesar de la Ley y de las promesas divinas, también están sumidos en el pecado (cf. Rm 2, 1-3, 20).

Ante este estado de cosas entre nosotros, en nuestra diócesis, en que “la transmisión de la fe no está ya garantizada por los padres ni es favorecida por el ambiente social” (Carta I, 4), no es bueno mirar hacia otro lado o contentarnos con airear unas pocas agradables buenas noticias que dejen buen sabor de boca. La mundanización ha alcanzado a nuestra diócesis de forma notable y la secularización ha entrado entre nosotros de forma preocupante.

En este momento, pues, nuestra diócesis ha de ser una diócesis consciente, una diócesis penitente y una diócesis aplicada. Una diócesis consciente de la hondura del mal moral que padece la sociedad y que llega a nosotros (las raíces del mal son de tal calado que hay diócesis en las que el exorcista diocesano está saturado de casos); una diócesis penitente (se ha de cultivar la virtud de la penitencia y se ha de frecuentar el sacramento de la Penitencia porque “el Amor no es amado”); una diócesis aplicada (concentrada en lo esencial: la cuidada relación con Dios, la vida de la gracia, la mirada a la salvación).

El recordar todas estas cosas no debe molestar a nadie. No hagamos nosotros como cuenta en uno de sus romances fronterizos nuestro Romancero viejo y es que cuando al rey moro, que estaba tan tranquilo paseándose por la ciudad de Granada, le llegan cartas de que ha perdido una de las plazas cercanas, “las cartas echó en el fuego/ y al mensajero matara” (Romancero viejo, Romances fronterizos 14).

Cristo es el único que da sentido a los cambios y pone remedio a los males. En el último párrafo del número cuatro de esta primera parte escribe nuestro obispo: “La nueva realidad social, demográfica y religiosa, nos obliga a revisar desde la confianza en Dios y en su providencia toda la actividad pastoral y evangelizadora” (Carta I, 4). Hemos de hacer examen de conciencia, como invita a hacer el Señor por medio del vidente de Patmos a las siete Iglesias, es decir, a la Iglesia universal (cf. Ap 2-3). Como cada alma, nuestra diócesis ha de hacer examen de conciencia, dando gracias a Dios nuestro Señor, lo primero, por los beneficios recibidos pero pidiendo gracia, a continuación, “para conocer los pecados y lanzallos… pedir perdón a Dios nuestro Señor de las faltas y proponer enmienda con su gracia” (SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales 43).

En la citada carta a los Romanos, San Pablo, después de esa doble mirada que dirige primero a los gentiles y después a los judíos para comprobar que están todos bajo el pecado, dirige una tercera mirada hacia arriba, hacia Dios, para descubrir que en Cristo está la salvación de todos y de todo: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!” (Rm 7, 24-25).

En Cristo está el remedio a nuestros grandes males, remedio que lo ejerce en nuestro favor y lo dispensa en el sacramento de la Penitencia, tal y como hemos escuchado en el Evangelio de hoy. Cuando se nos pondera un producto que necesitamos, enseguida preguntamos por el punto de venta o dispensación. La misericordia de Dios se nos dispensa en la acción amorosa de Cristo en el sacramento de la Penitencia. “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis lo pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22-23). La misericordia de Dios no es una ficción nuestra sino una dispensación suya. El sacramento de la Penitencia es un acto de autoridad de Dios (”auctor”, el que da el ser y acompaña al ser hasta su pleno desarrollo), un acto de omnipotencia de Dios (que sólo Él puede realizar, ya que Él es el ofendido), un acto de sabiduría de Dios (que sigue salvando “per viam Incarnationis”, por la Humanidad de Cristo y la sacramentalidad de sus gestos y signos y palabras) y un acto de justicia de Dios (que no sólo hace un dictamen de justicia, sino que “crea justicia” y “hace justos”; por eso, “la única causa formal (de la justificación) es la justicia de Dios, no aquella con que Él es justo, sino aquella con que nos hace a nosotros justos” (CONCILIO DE TRENTO, Decreto sobre la justificación, capítulo séptimo).

En Cristo está el sentido de los cambios que significan crecimiento y progreso. A aquellos cambios que no favorecen el pleno desarrollo humano, muy impropiamente se les puede llamar cambios o desarrollo o crecimiento o progreso, sino más bien han de ser calificados como males o retrocesos o desviaciones. El sentido del verdadero cambio progresivo es Cristo. El famoso número diez de la constitución Gaudium et Spes y en cuya redacción, siendo padre conciliar, tanto tuvo que ver el que hoy, 27 de abril de 2014, ha sido elevado a los altares, San Juan Pablo II, tras hablar de los interrogantes más profundos del hombre, termina diciendo: “La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que, en todos los cambios, subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es El mismo ayer, hoy y por los siglos” (GS 10).

En Cristo, pues, todo verdadero cambio progresivo tiene sentido y en Cristo todos los males pueden ser vencidos, pero lo primero que se requiere es reconocerlos como males. Dios tiene deseos de vencer al mal y de comunicarnos su vida divina. “Siempre el Señor descubrió los tesoros de su sabiduría y espíritu a los mortales; mas ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho más los descubre” (SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor 1).

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Terminamos ya, queridos hermanos. Al escuchar las palabras del Señor en el Evangelio de hoy (”Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis lo pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22-23), se nos debe ensanchar el ánimo y debe aumentar entre nosotros el aprecio al sacramento de la Penitencia. La recuperación espiritual de una diócesis pasa, en mi opinión, por la recuperación del sacramento de la Penitencia y en esa recuperación habremos de ir en cabeza los consagrados y los ordenados.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 PASCUA DE RESURRECCIÓN
(20 de abril de 2014)

“Ha resucitado, como había dicho” (Mt 20, 6). “Él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9). Hemos iniciado nuestra homilía recordando dos versos evangélicos: el que resonó anoche en toda la cristiandad durante la celebración de la Vigilia Pascual, tomado del Evangelio según San Mateo (”Ha resucitado como había dicho”) y el que ha resonado en esta mañana de Pascua también en toda la cristiandad, tomado del Evangelio según San Juan (”Él había de resucitar de entre los muertos”).

Este gran anuncio, el mayor que han escuchado los siglos, nos sirve para iniciar un ciclo de ocho homilías sobre la Carta Pastoral “Id y haced discípulos”, que nuestro obispo D. Atilano nos dirigió a mediados del pasado verano. Si en las celebraciones de la pasada Navidad dedicamos siete homilías a comentar la Exhortación papal “Evangelii gaudium”, ahora, en la Pascua de la Resurrección del Señor, dedicaremos ocho homilías a comentar la carta episcopal “Id y haced discípulos”. Serán ocho para cubrir así todos los domingos del Tiempo Pascual.

Esta primera homilía tiene sabor de Resurrección; lo tiene en razón de la jornada que estamos viviendo y lo tiene en razón del comienzo de la carta pastoral de nuestro Sr. obispo. La carta pastoral “Id y haced discípulos” tiene sabor de Resurrección. La carta está estructurada en cuatro partes. La primera parte está integrada por ocho números. El primer número de la primera parte lleva este título: Jesucristo, evangelio de Dios. En este primer número se nos invita a reconocer la presencia de Jesús, a volver a Cristo para partir siempre de Él y a entrar en el corazón de Cristo para compartir sus sentimientos.

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Se nos invita, en primer lugar, a reconocer la presencia de Jesús. Jesús es persona viva, persona de presente y la persona más destacada del presente. No es uno más entre los vivientes sino que es el Viviente. La fuerte ofensiva del pensamiento actual predominante en favor del “mínimo común religioso universal sin referencia a Cristo” no se compadece con la verdad del plan salvífico diseñado por el Padre bajo la inspiración del Espíritu Santo y que tiene en Cristo “su piedra angular” (Hch 4, 11). La presencia de Cristo, no obstante, puede ser reconocida o ignorada. Los corazones bien dispuestos y preparados, reconocen su presencia sin dificultad, como Juan, el amigo, que entró en el sepulcro, vio y creyó (cf. Jn 20, 8); esto fue posible porque su corazón estaba en condiciones de reconocer su presencia. Escribe nuestro obispo: “Resucitado de entre los muertos, hoy sigue hablándonos a todos a través de su Palabra, de su presencia sacramental y de los acontecimientos de la vida” (Carta I, 1).

Esta gran afirmación nos parece el “principio y fundamento” de la carta pastoral. Jesús, el Señor, nos precede en la existencia y nos aventaja en importancia, pues “es el primero en todo” (Col 1, 18). Su persona, más plenamente viva que la nuestra y anterior a nosotros en todo, es la que ha de ocupar el puesto central y destacado que le corresponde en la vida de todos nosotros, lo mismo a nivel individual que a nivel de iglesia particular. No es suficiente, con todo, con el reconocimiento dogmático de su señorío, sino que es preciso el reconocimiento vital de su señorío con todas las consecuencias, en el orden formativo, en el orden celebrativo y también en el orden organizativo y funcional. Bien está el cristocentrismo dogmático, pero habremos de dar el paso al cristocentrismo espiritual y vital. La vida ha de organizarse en torno a Cristo. Del reconocimiento consecuente de la presencia del Señor y de la aceptación vital de su primacía va a depender todo. El reconocimiento de la presencia de Jesús y de su principalidad y de su señorío práctico y en ejercicio actual sobre nosotros es el fundamento de la Nueva Evangelización. Hemos de pedir, lo primero de todo, humildemente esta gracia y procurar con empeño audaz que nuestro corazón arda (cf. Lc 24, 32) en amor a Jesús (el “nuevo ardor” del que se viene hablando desde hace treinta años), pues de lo contrario todo será “martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño” (C 29, 3).

Se nos invita, en segundo lugar, a volver a Cristo para partir siempre de Él. Añade el Sr. obispo a continuación otra frase fundamental dentro de este primer número al que hemos calificado como el “principio y fundamento” de la carta pastoral: “Es preciso que volvamos una y otra vez a Cristo para partir siempre de Él y de sus enseñanzas” (Carta I, 1). La frase del Sr. obispo no es sólo una frase literaria al uso, una fórmula a la que se recurre para iniciar párrafos, enlazar transiciones o extraer conclusiones. La invitación tiene un tono profético. Es muy similar a la que empleaban los antiguos profetas y la que emplean siempre los “hombres de Dios” al dirigirse a los fieles. “Volveos hacia mí para salvaros” (Is 45, 22), escribía el profeta Isaías en el Libro de la Consolación. Ese es el tono profético que tienen las palabras del Sr. obispo: “Es preciso que volvamos una y otra vez a Cristo” (Carta I, 1).

Pero en la invitación hay un matiz que no deberíamos pasar por alto y es que si se vuelve a un punto determinado es porque uno se ha apartado de él. La frase, pues, es una invitación para ver si en nuestra vida apostólica personal y comunitaria nos hemos apartado de Cristo, es decir, del anuncio central y vital de la persona de Jesucristo, desplazando el interés a otros valores que, aún siendo buenos, sin embargo, no centran nuestra atención en la persona misma de Jesús y en la adhesión cordial y vital a Él por la vida de gracia, por la práctica de los sacramentos y por la guarda de los mandamientos. La “educación cristiana” es mucho más que la “educación en valores”. En su juicio crítico a la Filosofía de los valores de Max Scheler, escribía el profesor universitario Karol Wojtila: “Mediante el bien (y, respectivamente, el mal) moral de sus propios actos, el hombre entra en relación no con alguna abstracta “altísima perfección ética”, sino con el Dios personal, que es éticamente perfecto en el más alto grado” (K. Wojtila, Max Scheler y la ética cristiana, 176). Volver a Cristo, pues, significa cuidar, sobre todo, la vida de gracia, alentar y ayudar a los cristianos para que vivan en gracia de Dios, dando solidez a los valores éticos en la vida de la gracia, en la relación personal con Cristo que lleva al cumplimiento diligente y amoroso de los mandamientos, confortando a los cristianos en su lucha, recia y en ocasiones martirial, contra todo pecado, sin hacer las paces con ninguno. ¿No irán por ahí los “nuevos métodos” de Evangelización? Cuando la Iglesia nos invita a afrontar la Nueva Evangelización con “nuevos métodos” hemos de recordar que nosotros no alcanzamos a ver, por experiencia directa, más allá de medio siglo atrás. No sabemos qué métodos se empleaban en la primera mitad del siglo pasado o en su mitad o en el inicio de su segunda mitad. Si a día de hoy, pues, se nos habla de abandonar los viejos métodos, eso significa, en nuestro caso, abandonar los métodos que se seguían en los años que alcanzamos a ver hacia atrás, es decir, los métodos de los años setenta y ochenta del siglo pasado, en los tiempos inmediatamente posconciliares, que tuvieron sus métodos apostólicos respetables propios de aquel momento histórico. Lo que se nos pide con la puesta en práctica de “nuevos métodos” de evangelización es vivir hoy tiempos más profundamente conciliares (como pasar de la materia a la forma), es decir, tiempos donde se aprecie de modo eminente la vida de la gracia, tiempos donde se cultive la relación personal con Cristo en oración adorante, agradecida, intercesora y suplicante, tiempos donde se cuide la vida teologal como capacidad de respuesta a Dios comunicativo, tiempos de experiencia sacramental de Dios… La vivencia personal del “reinado” de Dios es la que propicia la llegada del “reino” de Dios.

La vuelta a Cristo viene favorecida por el acercamiento orante a la Palabra de Dios, sobre todo por la lectura orante del santo Evangelio. Además de la Palabra de Dios, hay otras páginas espirituales que son ayudas muy valiosas para volver a Cristo, páginas dedicadas a Cristo y a su Humanidad, que han servido a tantos y tantos lectores. Nos referimos, por ofrecer sólo una breve muestra, a las páginas que dedica Santa Teresa de Jesús a la Humanidad de Cristo (Libro de la Vida, 22; Moradas Sextas, 7) o a las páginas que dedica San Juan de la Cruz al misterio de Cristo (Subida del Monte Carmelo, II, 7 y 22) o al discurso pronunciado por el Papa Pablo VI en la apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II (29 de septiembre de 1963) y a su memorable homilía en Manila (29 de noviembre de 1970), que ha incorporado ya la Iglesia a la Liturgia de las Horas.

La invitación del Sr. obispo para volver a Cristo ha de encontrar eco obediente en todos nosotros. La salvación ha llegado por los caminos de la Humanidad de Cristo y ha de ser comunicada a los fieles por esos mismos caminos de la Humanidad del Verbo encarnado. Hemos de volver a Cristo, a su sacrificio bien celebrado y reverentemente adorado. Valdría la pena leer, por su riqueza doctrinal, el Decreto firmado por el Sr. obispo con fecha 21 de febrero del presente año, por el que se establece la adoración pública continuada al Santísimo en la ciudad de Sigüenza. Volver a Cristo es volver a su sacrificio, celebrado y adorado, como único camino a la verdadera paz. Ara crucis, ara pacis. “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14). Somos invitados, en definitiva, a mirar “al que traspasaron” (Jn 19, 37). Somos convocados al pie de la cruz de Cristo y hemos de darnos cita al pie de la Cruz de Cristo y desde ahí extendernos para ser portadores de su gracia y salvación. Hemos de ser portadores de la gracia de Cristo de forma expresa. La trilogía de la Nueva Evangelización, que tras el “nuevo ardor” y los “nuevos métodos” se completa con las “nuevas expresiones”, es una invitación a testimoniar la vida de Jesús no sólo con el corazón, sino también con los labios. Incorrecto es manifestar a Cristo sólo con los labios y no con el corazón (cf. Mc 7, 6), pero incompleto es también reducir el seguimiento de Cristo a una interioridad inexpresiva sin repercusiones externas. Cristo, honrado con el corazón, debe ser expresado también con nuestra manera de hablar (limpia, veraz, edificante), con nuestra manera de vivir (ordenada, ejemplar), con nuestra manera de vestir (hábito religioso, traje eclesiástico).

Se nos invita, en tercer lugar, a entrar en el corazón de Cristo para compartir sus sentimientos. Concluye el Sr. obispo el párrafo anteriormente comentado sobre la vuelta a Cristo con estas importantes palabras que son como un programa de vida: “Sólo podremos ser auténticos evangelizadores si entramos en el corazón de Cristo para compartir sus sentimientos y si pedimos la ayuda del Espíritu” (Carta I, 1). Con esta frase no sólo se establece lo que hemos venido en llamar el “principio y fundamento” de la carta pastoral, sino que se indica todo un programa formativo a seguir por parte de quien desee cumplir cabalmente su misión evangelizadora. Se trata, en definitiva, de entrar en la escuela del corazón de Cristo. Los sentimientos del corazón de Cristo son comunicados por Él a quienes acuden a Él con paciente humildad y confiada perseverancia. Los sentimientos del corazón de Cristo no se obtienen en brillantes oposiciones académicas o con altas calificaciones o con hábiles estrategias. Los sentimientos de su corazón los regala Él al que se dispone para recibirlos según Él desea. Hace algún tiempo, en una tanda de Ejercicios que dirigí, escuchaba cómo las personas ejercitantes, en número superior a cuarenta, terminaban la jornada cantando tres veces y con una bella melodía la conocida súplica: “Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro”. Aquella hermosa oración dejaba al corazón bañado en la paz de Cristo, como si el corazón hubiera sido sumergido en los sentimientos del corazón del Señor y hubiese quedado empapado en ellos.

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Terminamos ya, queridos hermanos. En la gran fiesta de hoy, la Pascua de la resurrección del Señor, canta la Iglesia en la secuencia de la santa Misa: “Surrexit Christus, spes mea”. Este es nuestro consuelo, nuestra esperanza y nuestro anuncio. Cuando me cruzo cada día a las siete de la mañana con el repartidor de la prensa que trae las noticias destacadas de la jornada, suelo pensar para mis adentros: “Para noticia destacada, la que yo doy cada día en la celebración: Cristo ha resucitado”. Vivamos de Él, vivamos en Él, vivamos para Él.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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