1. Homilías Dominicales

III DOMINGO DE CUARESMA
(8 de marzo de 2015)

MONICIÓN INTRODUCTORIA ——————–

Jesucristo, el verdadero templo de Dios, el que es a la vez sacerdote, víctima y altar, celebra porque el Padre se lo pide y para la expansión comunicativa de su gloria divina salvadora, su gran Misterio Pascual.

Lo celebra Él como celebrante principal y nos asocia a todos nosotros, miembros de su cuerpo por el Bautismo. Así ya la celebración es celebración del Cristo total. Lo celebra en este domingo, el III de este tiempo de Cuaresma, tiempo de renovación y de gracia, como nos dice el Papa en su mensaje cuaresmal.

Dejemos ahora que la gracia de la misericordia divina renueve nuestro corazón y nos disponga para celebrar dignamente este misterio sacratísimo.

HOMILÍA ———————–

“Para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo” (Miércoles de ceniza). La petición que formuló la Iglesia en la oración de bendición de la ceniza, al inicio de la Cuaresma, nos sigue acompañando durante todo este tiempo especial de gracia y de renovación interior, como así lo califica el Papa en las primeras líneas de su mensaje para la Cuaresma del presente año. Suplicaba la Iglesia para nosotros el miércoles de ceniza la fidelidad a las prácticas cuaresmales. ¿Y cuáles son esas prácticas? Son tres, como sabemos: la oración, el ayuno y la limosna y venimos dedicando en esta Cuaresma las homilías de los domingos a esas tres prácticas cuaresmales: dos homilías a la oración, dos homilías al ayuno y dos homilías a la limosna. De esa forma, trataremos de mantenernos fieles así durante los cuarenta días al espíritu cuaresmal hasta el final, para llegar con el corazón a punto a la celebración del misterio pascual de Cristo. Hemos dedicado las homilías de los dos primeros domingos de Cuaresma a la oración; pasemos hoy a la segunda práctica cuaresmal, la penitencia. A la hora de enunciar las prácticas cuaresmales señalamos como práctica penitencial concreta el ayuno; no obstante, nos conviene tomar primero una vista general de la virtud de la penitencia para luego descender hasta el ejemplo concreto del ayuno. El ayuno no agota todo lo que es la gran virtud de la penitencia; nos conviene, por eso, hacernos en esta primera homilía sobre la penitencia estas tres preguntas generales: ¿Qué es la virtud de la penitencia? ¿Por qué la penitencia? ¿Qué consecuencias tiene el olvido de la penitencia?

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¿Qué es la virtud penitencia? Es nuestra primera pregunta general. La virtud de la penitencia es un estado del corazón que es consciente y que siente haber ofendido a Dios. La Iglesia en uno de sus Concilios la definió como el “dolor interno y aborrecimiento del pecado cometido, con el propósito de no pecar en adelante” (Dz 897). Se trata, pues, de un estado habitual y no sólo de una obra puntual. Es un estado de consciencia espiritual por el que uno deja de vivir engañado o aturdido y ve las cosas con lucidez y verdad, reconociendo que ha ofendido a Dios y doliéndose internamente de dicha ofensa, al tiempo que siente deseos firmes de evitar ofensas a Dios en el futuro y deseos grandes de amar al Señor como es debido. La virtud de la penitencia es similar a la compunción o a la contrición. La compunción es un sentimiento o dolor de haber cometido un pecado. De igual manera, la contrición es el dolor interno y el pesar interior por haber pecado ofendiendo a Dios incluyendo el arrepentimiento de la culpa cometida. Ciertamente que la virtud de la penitencia, que es sobre todo interior, habrá de expresarse también exteriormente, pero de estas expresiones hablaremos el próximo domingo; ahora nos interesa la virtud, el estado interior del corazón, el hábito sobrenatural por el que nos dolemos de los pecados pasados con intención de removerlos del alma y que lleva implícito el deseo de expiarlos y de mejorar nuestra vida en la caridad.

¿Por qué la penitencia? Es nuestra segunda pregunta general. La virtud de la penitencia y su ejercicio nos hace vivir en la verdad de quién es Dios, de quiénes somos nosotros y de cómo vivimos nuestras relación con Él. La penitencia nos hace vivir en la verdad. Por mucho que le queramos decir a un enfermo que no tiene nada, que se olvide de la enfermedad y que todas esas formas de hablar son convencionalismos de una época cultural superada, sin embargo el enfermo sabe que está verdaderamente enfermo. Allá aquel enfermo que quiera vivir engañado, dichoso aquel enfermo sensato que es consciente de su enfermedad y que se pone en las manos de los médicos. Pues bien, el pecado es la enfermedad del alma, mucho más grave que cualquier enfermedad del cuerpo. El pecado es la gran enfermedad del alma que consiste en esencia en la falta de amor a Dios. “El Amor no es amado”, decía san Francisco de Asís. El Amor, es decir Dios, es ofendido, despreciado, ignorado, rechazado, olvidado. Este modo de vivir por parte nuestra hacia Dios hace de nosotros ofensores, despreciadores, ignorantes e injustos. Nosotros somos obra de nuestras propias obras. La virtud de la penitencia nos hace caer en la cuenta de este estado de cosas; además de caer en la cuenta, la virtud de la penitencia despierta en nosotros sentimientos de dolor por no haber amado a Dios y además de despertar sentimientos de dolor, la virtud de la penitencia despierta en nosotros deseos de amar a Dios, de amar más a Dios, de amar mejor a Dios. La virtud de la penitencia, por tanto, es un camino de amor.

¿Qué consecuencias tiene el olvido de la penitencia? Es nuestra tercera pregunta general. El olvido de la virtud de la penitencia trae consigo muchos males al alma. Nos vamos a limitar a señalar cuatro de ellos: el olvido de la virtud de la penitencia nos hace vivir engañados, aislados, endurecidos y desamorados. Nos hace vivir engañados porque nos da una percepción equivocada de nosotros mismos, nos impide conocernos a nosotros mismos, nos hurta la gran verdad de lo que somos: criaturas, frágiles, pecadores e indigentes. Además, en segundo lugar, nos hace vivir aislados, ya que el pecado daña y deteriora la capacidad de relación, que es el rasgo esencial de nuestra condición humana y, puesto que la relación con Dios es la relación fundamental que fundamenta a las demás, al quedar esta dañada por el pecado y no reconocer ese daño, nos mantiene seriamente dañados en nuestra relación y tristemente aislados de todos. Además, en tercer lugar, nos hace vivir endurecidos e insensibles a los auténticos y verdaderos valores. Además, en cuarto lugar, hace desaparecer el amor y la caridad sobrenatural en nuestro interior, quedando todo reducido a los meros niveles de la naturaleza, herida por el pecado y, por tanto, muy mermada en sus capacidades para la verdad y el bien.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Nos conviene en todo tiempo, pero especialmente en Cuaresma, practicar la virtud de la penitencia. El hombre y la mujer penitente es una persona que vive en la verdad, que vive abierta a toda genuina relación, que tiene entrañas blandas y compasivas y que tiene la caridad sobrenatural como norma y estilo de conducta. Nos conviene vivir así, con un corazón penitente. Todo sea para gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIÓN ———————-

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por las Adoratrices de Guadalajara, por las Carmelitas del Sagrado Corazón de Guadalajara y Humanes, por las Religiosas de Santo Domingo de Azuqueca, por las Hermanas Maestras Doroteas de Alovera, Azuqueca, Guadalajara y Sigüenza, por las Hermanas de la Caridad de Santa Ana en Guadalajara y Molina, por las Hermanitas de Ancianos Desamparados de Guadalajara y Sigüenza y por las Hermanas de la de la Reunión del Sagrado Corazón de Guadalajara. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES ——————–

En esta tercera semana de Cuaresma, tratemos de mantenernos fieles a las tres prácticas que la Iglesia, nuestra madre, nos recomienda para este tiempo de gracia y conversión y que venimos recordando cada domingo.

Primera práctica, la oración. Una oración mejorada. “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6).

Segunda práctica, el ayuno. Un ayuno sereno. “Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 17-18).

Tercera práctica, la limosna. Una caridad cordial y discreta. “Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; y así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 3-4).

Un aviso complementario para esta tercera semana de Cuaresma: atendiendo a la invitación del Santo Padre, también tendremos este año una jornada de oración y penitencia, llamada “24 horas para el Señor”, como tuvimos ya el pasado año. Será desde el atardecer del día 13 hasta el atardecer del día 14 del presente mes y en el mismo lugar que el año pasado: la iglesia del monasterio de las Hermanas Clarisas.

Vayamos todos adelante en el camino cuaresmal que nos llevará hasta la Pascua del Señor. Avancemos con un corazón orante, un corazón penitente y un corazón caritativo.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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II DOMINGO DE CUARESMA
(1 de marzo de 2015)

MONICIÓN INTRODUCTORIA —————

Jesucristo, Aquel en quien reside toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 1, 19) y Aquel a quien el Padre nos mandó escuchar en la montaña santa (cf. Mt 17, 5) celebra en toda la Iglesia, que se reúne un domingo más en asamblea litúrgica y que se extiende como vid fecunda por toda la tierra, su Misterio Pascual.

“Toda celebración eucarística -nos dice la Iglesia- actualiza el sacrificio único, perfecto y definitivo de Cristo que salvó al mundo en la cruz de una vez para siempre” (Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros 69). Así que estamos ahora, espiritualmente, al pie de la cruz de Cristo.

Y démonos cuenta de quién hay junto a la cruz. Está la madre, la de Jesús y la nuestra, y está Juan el discípulo enamorado. Nuestro corazón participe de los sentimientos de ambos: de los sentimientos corredentores de María y de los puros sentimientos del corazón limpio de san Juan. La misericordia de Dios, que invocamos un día más al comenzar la celebración, nos disponga para participar dignamente en el más sagrado de los misterios.

HOMILIA ———————-

“Para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo” (Miércoles de ceniza). La petición que formuló la Iglesia en la oración de bendición de la ceniza, al inicio de la Cuaresma, nos viene a acompañar durante todo este tiempo de gracia y de renovación interior. Suplicaba la Iglesia para nosotros el miércoles de ceniza la fidelidad a las prácticas cuaresmales. ¿Y cuáles son esas prácticas? Venimos recordando que son tres: la oración, el ayuno y la limosna y venimos dedicando en esta Cuaresma las homilías de los domingos a esas prácticas cuaresmales: dos homilías a la oración, dos homilías al ayuno y dos homilías a la limosna. De esa forma, trataremos de mantenernos fieles así durante los cuarenta días al espíritu cuaresmal, para llegar con el corazón a punto a la celebración del misterio pascual de Cristo. Vayamos, pues, en este segundo domingo de Cuaresma con nuestra segunda homilía sobre la oración. Las personas que estamos aquí reunidas somos, en general y gracias a Dios, personas que oran. La pregunta que nos hacemos en esta Cuaresma es esta: ¿Cómo orar mejor? Porque en todo se puede mejorar; también en la oración, en el modo de orar. Poníamos el domingo pasado los tres primeros calificativos a una buena oración. Añadamos hoy otros tres calificativos. Los ponemos, además, por orden temporal, como calificativos que van acompañando el curso o desarrollo de la oración. Son, pues, rasgos sucesivos y ordenados. Decíamos el pasado domingo que la buena oración es relacional, la buena oración es considerada y la buena oración es íntima. Los tres que añadimos hoy son estos: la buena oración es convincente, la buena oración es reverente y la buena oración es virtuosa.

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La buena oración es convincente. Es el cuarto momento de la oración. ¿Qué queremos decir con ello? Queremos decir que en la oración interviene la totalidad de la persona. Y sabemos que una de las facultades espirituales más nobles de la persona es la razón o entendimiento, que es la sede de las convicciones firmes. En la oración hay que aplicar la razón: unas veces será tomando alguna escena evangélica o recordando alguna frase del señor o leyendo algún libro piadoso o considerando, a partir de una escena o imagen, algún aspecto determinado del misterio de Cristo para extraer las oportunas enseñanzas. Así nuestra mente va transformándose en la mente de Cristo (cf. 1Cor 2, 16). Poco a poco, Cristo y el orante van pensando de la misma manera. En una pequeña hoja que preparé no hace mucho para ayudar a quienes están aprendiendo a orar con método, escribía al llegar a este tercer punto que yo llamo “aplicar la razón”: “Me detengo en aquellos aspectos que más han atraído mi atención. Reflexiono sobre ellos, es decir, me vuelvo hacia ellos con el entendimiento (su sentido y razón, su conveniencia y sus consecuencias…) y, después, los oriento hacia mi vida (los flexiono hacia mí y hago las oportunas aplicaciones personales y las convenientes apropiaciones personales”.

La buena oración es reverente. Es el quinto momento. Es el momento más cordial de la oración en el que hablamos con el Señor de corazón a corazón. En la hojita mencionada yo llamo a este momento “conversar con el Señor” (lo que san Ignacio de Loyola llama el coloquio). Así lo explica un servidor: “Le hablo cordialmente a Jesús, converso con Él, establezco un diálogo cordial a partir de lo que he leído y considerado, diálogo en el que haya tiempo para la alabanza, la gratitud, la intercesión y la súplica. Rezo unido a Cristo y guiado por el Espíritu Santo con piedad filial el Padre nuestro. Rezo el Ave María u otra oración mariana. Rezo el Alma de Cristo”. Y todo esto con reverencia, cada vez con mayor reverencia hasta llegar a la máxima reverencia. Escribe santa Teresa: “Mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes” (1M 2, 9).

La buena oración es virtuosa. Es el sexto momento de la oración; en realidad es ya el tiempo que sigue a la oración. Si la oración se hace bien, las virtudes, todas, van creciendo y consolidándose en nuestro corazón, lo mismo que si se cuidan y trabajan los árboles de un huerto, al final se recogen frutos. Los frutos de la oración son las virtudes. El alma que ora es virtuosa y el alma en la que no crecen las virtudes es porque no ora o porque no ora bien. Y las primeras virtudes que fructifican en un alma orante son estas tres: la humildad, la caridad y el desasimiento de los bienes creados. Así explico yo este momento al que llamo “examinar el corazón”: “Miro cómo se encuentra mi corazón al final de la oración. Observo su estado general. Repaso cómo ha ido transcurriendo el tiempo de oración. Percibo los efectos y frutos que quedan en mi corazón tras el tiempo de convivencia con Jesús”.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Hemos recordado los distintos momentos de ese tiempo tan importante de nuestra vida que es el tiempo de oración. Hemos ido viendo cómo en la oración vivimos la relación con Dios, ponemos atención a lo que decimos, miramos llenos de admiración a Dios presente en la intimidad de nuestro corazón, pensamos razonadamente en lo que nos dice y lo aplicamos a nuestra vida, conversamos reverentemente con él, comprobamos cómo las virtudes van dando fruto en nosotros. Lo que vamos comentando, llevémoslo a la vida. Seamos hombres y mujeres de oración, de buena oración, de una oración cada vez mejor practicada. Y todo sea para gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIÓN —————-

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por las Benedictinas de Valfermoso, por las Carmelitas Descalzas de Guadalajara e Iriépal, por las Cistercienses de Brihuega y Buenafuente, por las Clarisas Capuchinas y Franciscanas de Cifuentes, Molina y Sigüenza, por las Concepcionistas Franciscanas de Guadalajara y Pastrana, por las Jerónimas de Yunquera y por las Ursulinas de Sigüenza. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES —————–

En esta segunda semana de Cuaresma, tratemos de mantenernos fieles a las tres prácticas que la Iglesia, nuestra madre, nos recomienda para este tiempo de gracia y conversión y que venimos recordando cada domingo.

Primera práctica, la oración. Una oración mejorada. “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6).

Segunda práctica, el ayuno. Un ayuno sereno. “Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 17-18).

Tercera práctica, la limosna. Una caridad cordial y discreta. “Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; y así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 3-4).

Vayamos todos adelante en este camino cuaresmal que nos llevará hasta la Pascua del Señor. Avancemos con un corazón orante, un corazón penitente y un corazón caritativo.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 I DOMINGO DE CUARESMA
(22 de febrero de 2015)

MONICIÓN INTRODUCTORIA —————–

Jesucristo, el que vive al Amparo del Altísimo, el que ha sido glorificado por el Padre y está saciado de los largos y plenos días de su vida resucitada (cf. Sal 90), celebra aquí y ahora su Misterio pascual. No lo celebramos primeramente nosotros, sino Él; no lo celebra primeramente para nosotros, sino para la gloria del Padre. Ocurre que la gloria de Dios es que el hombre viva en plenitud (cf. San Ireneo, Contra las herejías 4) y por eso en la gloria del Padre está nuestra salvación.

Celebra Jesucristo su Misterio en este primer domingo de Cuaresma, en que somos invitados, en unión con toda la Iglesia, a recorrer la peregrinación cuaresmal que nos llevará a participar con un corazón limpio y renovado en ese mismo misterio de la Pascua de Jesús.

Dejemos ahora que la renovación llegue a nuestro corazón por el ejercicio de la virtud de la penitencia, virtud que nos introduce de alguna manera en el “ordo paenitentium” (en el orden de los penitentes) y nos va disponiendo para la recepción de la gracia de la Penitencia sacramental.

HOMILÍA ——————-

“Para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo” (Miércoles de ceniza). La petición que formulaba la Iglesia en la oración de bendición de la ceniza, al inicio de la Cuaresma, nos va a acompañar durante todo este tiempo de gracia y de renovación interior. Suplicaba la Iglesia para nosotros el pasado miércoles la fidelidad a las prácticas cuaresmales. ¿Y cuáles son esas prácticas? Son tres: la oración, el ayuno y la limosna. Vamos a dedicar en esta Cuaresma las homilías de los domingos a las prácticas cuaresmales: dos homilías a la oración, dos homilías al ayuno y dos homilías a la limosna. De esa forma, trataremos de mantenernos fieles durante los cuarenta días al espíritu cuaresmal. Vayamos, pues, en este primer domingo de Cuaresma con nuestra primera homilía sobre la oración. Las personas que estamos aquí reunidas somos, en general y gracias a Dios, personas que oran. La pregunta que nos podemos hacer en esta Cuaresma es esta: ¿Cómo orar mejor? Fíjense que no decimos solamente que hay que orar o que hay que orar más, sino que nos preguntamos cómo orar mejor. Vengamos en poner tres calificativos a la buena oración: la buena oración es relacional, la buena oración es considerada y la buena oración es íntima.

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La buena oración es relacional. Es el primer momento de la oración. Por aquí se empieza, por ponerse uno en presencia de Dios, por ponerse bajo la mirada amorosa de Dios, que es como entrar en un nuevo hogar, en el hogar de Dios, en el hogar de la familia divina. El primer momento de la oración, pues, es entrar en el hogar trinitario e identificar a las tres personas divinas y observar con calma, sin prisas, y esperar a que el Padre suscite la conversación y el Hijo responda con amor filial y el Espíritu Santo cree un ambiente apacible y grato. “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27). Nosotros nos incorporamos humildemente a un ambiente de familia bien relacionada, una familia que nos invita a incorporarnos a esa conversación amante y apacible. No debemos empezar nosotros a hablar, sino que tenemos que empezar nosotros a admirar: admirar dónde estamos, admirar con quiénes estamos, admirar lo que escuchamos.

La buena oración es considerada. Es el segundo momento de la oración. Llegado el momento también nosotros somos invitados a intervenir en la conversación. Intervenimos cuando rezamos el Padre nuestro o el Ave María o algunas de las oraciones que guardamos, como María, en nuestro corazón (cf. Lc 2, 51) o algunas de las oraciones que brotan espontáneamente de nuestro corazón en forma de alabanza, acción de gracias, intercesión o súplica. Sea una u otra su expresión, expresión ya aprendida o expresión espontánea, lo que importa es que nos demos cuenta de lo que decimos. Es muy acertada la observación de santa Teresa: “La puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración; no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración. Porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios” (1M 1, 7).

La buena oración es íntima. Es el tercer momento de la oración: la mirada al interior de nosotros mismos, la mirada al Señor que habita en nuestro propio corazón. Esta mirada al Señor presente dentro de nosotros mismos no hace innecesarias las otras presencias del Señor, sobre todo su presencia en los sacramentos; dichas presencias no son excluyentes, sino conducentes la una a la otra: quien adora al Señor en la Eucaristía le adorará también en el propio corazón y quien le adora dentro de sí acudirá con diligencia a la Eucaristía y a los otros sacramentos. En la oración, la persona se va recogiendo cada vez más en intimidad con el Señor. “Como buen pastor, con un silbo tan suave… hace que conozcan su voz y que no anden tan perdidos, sino que se tornen a su morada” (6M 3, 2). “Olvido de lo criado,/ memoria del Criador,/ atención a lo interior/ y estarse amando al Amado” (San Juan de la Cruz, suma de perfección). Son clásicas las palabras de san Agustín en las Confesiones: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello fue posible porque tú Señor me socorriste… Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, relanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo… Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera” (Confesiones 7, 10; 10, 27).

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Terminamos ya, queridos hermanos. Hemos recordado los tres primeros momentos de la oración: la presencia relacional de Dios, la consideración atenta de nuestras palabras y la interioridad habitada de nuestro corazón. Es así como nuestra oración irá mejorando. Tratemos en esta Cuaresma de que nuestra oración sea así: relacional considerada, íntima. Todo sea para gloria del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIÓN —————–

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por los Hermanos de la Sagrada Familia de Sigüenza, por las Hijas de la Caridad de Guadalajara, por la comunidad de Betania de Brihuega, por la Orden de las Vírgenes, por los Institutos seculares Alianza de Jesús por María y Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote de Guadalajara, Mondéjar y Sigüenza, por la Obra de la Iglesia de Guadalajara y por la Asociación privada de fieles Papa Juan XXIII de Guadalajara. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES ——————-

En esta primera semana de Cuaresma tratemos de centrarnos en las tres prácticas que la Iglesia, nuestra madre, nos recomienda para este tiempo de gracia y conversión.

Primera práctica, la oración. Una oración mejorada. “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6).

Segunda práctica, el ayuno. Un ayuno sereno. “Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 17-18).

Tercera práctica, la limosna. Una caridad cordial y discreta. “Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; y así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 3-4).

Vayamos todos adelante en este camino cuaresmal que nos llevará hasta la Pascua del Señor.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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