1. Homilías Dominicales

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(26 de junio de 2016)

“Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” (Lc 9, 51). Jesús se pone en camino hacia Jerusalén. Vamos nosotros con Él. Y ya sabemos a qué va Jesús a Jerusalén. Nos lo dejó dicho bien claro el domingo pasado. Recordemos sus palabras de hace ocho días: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Lc 9, 22). Así que Jesús va a Jerusalén a vivir su Misterio Pascual. Para eso va a Jerusalén y para eso había venido al mundo. “Su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación” (CCE 607), nos dice la Iglesia en su Catecismo. Y en el camino hacia Jerusalén, ¿qué? En esos 150 kilómetros que van desde las orillas de Genesaret hasta Jerusalén, ¿qué? Pues en ese largo camino pasa de todo. Nos vamos a fijar en tres grupos de personas que encuentra Jesús en su camino hacia Jerusalén: los que lo ven pasar y se quedan al margen, los que oyen sus palabras pero no responden a su invitación y los que oyen sus palabras y le siguen.

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Primer grupo: los que lo ven pasar y se quedan al margen. A poco de entrar en territorio samaritano, a la altura de Jenín, cuando habían recorrido poco más de 40 kilómetros y les faltaban todavía 106 para llegar a su destino, se encuentra Jesús y los suyos con un grupo de personas indiferentes; un grupo de samaritanos que los ven pasar y ni se inmutan. Lo que está “pasando” no va con ellos. ¡Y “pasa” nada menos que Jesús! No sólo eso, sino que les niegan a Jesús y a los suyos cualquier ayuda. Es como si aquellos samaritanos hubiesen dicho: “A los que van a Jerusalén, ni agua”. En todo tiempo y lugar se van repitiendo esas actitudes de indiferencia y rechazo a Jesús y a los que le siguen. En todo tiempo y lugar, aquellos que comparten la vida de Jesús han de pasar por esas mismas experiencias. Y todo porque van con Jesús. Y todo porque viven como Jesús. Y todo porque han dado a su vida el mismo sentido que Jesús dio a su vida al viajar a Jerusalén: servicio amoroso y total al designio salvador del Padre y ofrenda sacrificial y victimal como reparación por los pecados. Y como es un camino de victimación y ofrenda sacrificial, Jesús frena los intentos vengativos de sus discípulos. No será matando, sino muriendo por amor como el mundo se salvará; no por el odio, sino por el amor. Y el amor, lo sabemos, se purifica y se fortalece en las adversidades.

Segundo grupo: los que oyen sus palabras, pero no responden a su invitación. En su camino a Jerusalén, Jesús se encuentra con otra clase de personas; son aquellas a las que Jesús dirige una invitación directa al seguimiento, un seguimiento recio y de renuncia total y entrega total, lo mismo que estaba viviendo él. El Evangelio de hoy menciona tres casos. Y en los tres casos hay una respuesta negativa. Jesús les ama y por eso les llama; pero ellos no responden, no le siguen. Y allí se quedaron, al borde del camino, como la buena semilla que no cae en el centro del corazón, sino en sus bordes y, en seguida, cualquier ave de rapiña la arrebata. Allí se quedaron, al borde del camino, sin que Jesús pudiera hacer más. Allí se quedaron con sus excusas razonables. Su actitud nos invita a un examen: ¿qué excusa razonable estoy poniendo yo al Señor a día de hoy para no seguirle totalmente y para no imitarle fielmente? ¡Cuánto haría Jesús en las almas si le amaran un poco más, si se tomaran un poco más en serio la vida espiritual!

Tercer grupo: los que oyen sus palabras y le siguen. Avanzan, camino adelante, Jesús y los suyos hacia Jerusalén. Pasarán por Siquén, entre el Garizim y el Ebal. Descansarán junto al pozo de Jacob. Reanudarán después el camino y atravesarán Ramala, antes de divisar a lo lejos las murallas de Jerusalén, la ciudad bien compacta y unida. Siguen camino adelante Jesús y los suyos. Jesús les irá recordando de tanto en tanto y con claridad la razón de ese viaje, el viaje de su vida, diciéndoles que tenía que “sufrir mucho” (Mt 16, 21). Se lo irá recordando con claridad y a menudo. “El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de los hombres” (Mt 17, 22). Se lo irá recordando con paciencia, aunque ellos a veces quieran cambiar de conversación. “El Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen, pero al tercer día resucitará” (Mt 20, 18-19). Los que siguen a Jesús a Jerusalén, gracias a las repeticiones de Jesús, saben claro a lo que van. La claridad es una de las notas características del modo de proceder de Jesús y ha de caracterizar también a la Iglesia, sacramento de Jesús. En ese grandioso misterio del diálogo salvífico entre Dios y el hombre, que halla en el sacrificio de la cruz su momento culminante, la claridad es fundamental. Claridad ante todo. Jesús, de camino a Jerusalén, nos habla con claridad y quiere que al invitar a su seguimiento lo hagamos con claridad. Nosotros los sacerdotes hemos de vivir de tal manera que al vernos la gente por las calles sepan en seguida y claramente quiénes somos y para qué vivimos: somos los ungidos del Señor para renovar, en nombre de Cristo, el sacrificio de la Cruz, el sacrificio de la redención (cf. Prefacio de la Misa crismal). Y así hay que decirlo cuando se invita a un pequeño a plantearse el tema vocacional. Hay que decirlo con claridad desde el principio a niños y jóvenes. A veces imaginamos que si se hace una propuesta clara se van a asustar los niños o se van a molestar sus padres, pero quien realmente se va a molestar es Dios Padre si no decimos con claridad desde el principio en qué consiste la gracia del sacramento del Orden, que es la gracia para renovar el gran sacrificio de la cruz. La gracia de Dios hará que no se asusten, antes al contrario, hará que se sientan cada vez más atraídos al seguimiento de Jesús.

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Terminamos ya, queridos hermanos. El camino a Jerusalén es un camino vocacional. El tema vocacional es esencial en la vida de la Iglesia. Hace unos años, el Superior general de una Orden religiosa les decía a sus religiosos: “Un colegio que no dé vocaciones (no sólo a la Orden propia, sino en general), hay que cerrarlo, porque es señal de que la formación no es buena”. Tema esencial este de las vocaciones para la vida de la Iglesia y, por tanto, tema central, crucial y vital para nuestra amada diócesis. Por eso, de camino a Jerusalén, donde vamos acompañando a Jesús y a aquellos que renovarán su sacrificio, nuestras palabras terminan haciéndose oración: “Oh Dios, que quisiste dar pastores a tu pueblo, derrama sobre tu Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza, que suscite dignos ministros de tu altar y los haga testigos valientes y humildes del Evangelio. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajatra. ESPAÑA.

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ANIVERSARIO DE LA DEDICACIÓN DE LA CATEDRAL
(19 de junio de 2016)

“Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2, 21). Con estas palabras cierra San Juan el episodio de la purificación del Templo de Jerusalén por parte de Jesús. El evangelista teólogo desplaza la atención desde aquellas piedras monumentales hasta el corazón de Cristo, verdadero templo donde se da culto al Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23) y de donde sigue brotando sangre y agua (cf. Jn 19, 34) para que las almas se limpien y alimenten. “El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva” (CCE 1179). Traemos la escena de la purificación del Templo y las palabras del Señor a primer plano porque en el día se hoy se celebra el aniversario de la dedicación de nuestra catedral diocesana. Hoy hace 847 años que fue dedicada al culto divino nuestra catedral diocesana. Fue en el año 1169 de la era cristiana común (año 1207 de la era hispana). La fecha está esculpida en el dintel de la puerta de acceso a la torre del santísimo, en el brazo sur del crucero. Hablando de la catedral diocesana dice el Ceremonial de los Obispos en el número 43 que “la iglesia catedral por la majestad de su construcción es signo de aquel templo espiritual que se edifica en las almas y que resplandece por la magnificencia de la gracia divina”. Unos números más adelante añade: “Incúlquese en el ánimo de los fieles, por los medios más oportunos, el amor y la veneración hacia la iglesia catedral” (Ceremonial de los Obispos 45). Habremos de decir sentidamente como el salmista: “He amado la hermosura de tu casa y el lugar donde reside tu gloria” (Sal 26, 8). Nuestra respuesta de conducta ante la hermosura de la casa de Dios y el lugar donde reside su gloria podría estar resumida en tres palabras: decoro, silencio y oración.

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El decoro en la casa de Dios. Nos referimos ahora a nuestra conducta decorosa en el templo. A la dignidad de la casa de Dios debe corresponder la dignidad de nuestro porte y presencia. El pueblo cristiano ha entendido que a la casa de Dios y en el día del Señor hay que acudir bien vestidos y aseados, como corresponde a un lugar santo. Nuestros vestidos serán humildes, pero limpios. Se distinguirá el día del Señor también por la mejor ropa que nos ponemos en ese día. Recuerdo que en cierta ocasión, acompañando a Don Jesús Pla, obispo del cual está abierto el proceso de canonización, en una visita pastoral a una de las parroquias de la diócesis, al ver cómo acudían los fieles pulcramente vestidos a la iglesia, me decía: “Mira, van vestidos de domingo”. Hemos de cuidar, pues, nuestra presencia en la casa de Dios, sobre todo los domingos: bien aseados, dignamente vestidos, presentados con decoro en el lugar donde reside la gloria de Dios.

El silencio en la casa de Dios. Junto al decoro, el silencio. En la tradición profética, la presencia y las intervenciones divinas vienen precedidas por una actitud de silencio religioso. Por eso el silencio forma parte de nuestras celebraciones. Hace ya unos años pusimos en nuestra catedral unas cartelas, oportunamente distribuidas y dignamente elaboradas, en las que se lee este texto: “Lugar sagrado. Silencio, por favor”. Hemos de cuidar con gran esmero el silencio en el templo. Habrá tiempo después en el exterior para los saludos entre nosotros o las conversaciones oportunas. La palabra de Dios surge en el silencio y en silencio ha de ser oída y en silencio nos preparamos para responder a Dios por medio de la oración.

La oración en la casa de Dios. El decoro y el silencio nos llevan a la oración. “Mi casa es casa de oración” (Lc 19, 46). Cuando Jesús invita a entrar en casa para orar (cf. Mt 6, 6), hay que entender, lo primero de todo, que se trata de la casa de Dios, nuestro Padre, ya que ninguna casa es tan propia para unos hijos como la casa de su padre y ningún lugar tan íntimo y recogido como la casa de su padre. Cuidemos, pues, la oración en la casa de Dios. Gustemos especialmente de la oración en la casa de Dios. Vaya mejorando en calidad, de día en día y por la acción directiva del Espíritu Santo, nuestra oración. Les sugiero que en el proceso de su oración sigan estos cinco pasos: Primero, serenarse. Al llegar a la oración, hemos de dejar que todo en nosotros se vaya calmando. Las potencias han de irse sosegando, lo mismo que los sentidos tanto exteriores como interiores. Esos minutos de sosiego ya forman parte de la oración. Segundo, escuchar. En la oración hay que cederle la palabra al Señor. Sea con la lectura de algún texto inspirado, sea con la consideración atenta de alguna escena bíblica, el caso es salir de nosotros mismos y de nuestras cosas para escuchar y atender a otro, para escuchar y atender al Otro. Tercero, aplicarse. Lo escuchado ha de ser interiorizado. Por medio de la reflexión o de la atención amorosa, lo escuchado pasa a formar parte de mí mismo, no sólo de mi entendimiento, sino también de mi corazón. Cuarto, responder. Es trato de amistad la oración, es trato filial la oración. Dios espera mi respuesta y por eso en la oración nunca ha de faltar el coloquio: unas veces en forma de alabanza, otras en forma de acción de gracias, otras en forma de intercesión, otras en forma de súplica. El caso es vivir “una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero” (CCE 2558). Quinto, despedirse. La oración no debe acabar con brusquedad, lo mismo que no ha empezado bruscamente. Ha de irse diluyendo serenamente, con educación, con buenos modales. La oración es también una escuela de elegancia espiritual.

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Terminamos ya, queridos hermanos. En el aniversario de la dedicación de nuestra catedral, reconozcamos la presencia especial de Dios en este lugar. Como decía san Juan Pablo II: “aunque Dios está presente en cada rincón de la tierra…, con todo, esto no impide que… (al igual que el tiempo) el espacio pueda estar marcado por particulares intervenciones salvíficas de Dios” (Carta sobre la peregrinación, 1999, 2). Admiremos la hermosura de la casa de Dios. Nos dice la Iglesia que “los edificios sagrados y los objetos que pertenecen al culto divino sean, en verdad, dignos y bellos, signos y símbolos de las realidades celestiales” (OGMR 288). Cuidemos, pues, el decoro en la casa de Dios, cuidemos el silencio en la casa de Dios, cuidemos la oración en la casa de Dios. Todo sea para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(12 de junio de 2016)

“Y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas” (Lc 7, 38). Aquella mujer pecadora nos enseña cómo ha de ser nuestra reacción ante los propios pecados. El primer paso siempre ha de ser el reconocimiento de los pecados. Y es que lo peor que se puede hacer con los pecados es ignorarlos o no darles importancia. Es malo para nosotros ignorar nuestros pecados, pues nos lleva con el paso del tiempo a establecer casi un pacto con el pecado y es malo también para Cristo, pues la ignorancia de nuestros pecados supone el olvido de su sacrificio redentor. El olvido de nuestros pecados sólo satisface al maligno, que consigue de esa manera que los hijos de la luz vivan en continua tiniebla. ¿Cómo consigue el maligno llevar a las almas a un estado de cosas tan contradictorio en el que dos contrarios, la fe y el pecado, convivan pacíficamente en el mismo sujeto? ¿Cómo consigue el maligno llevar a las almas a un estado de “pacto con el pecado”, a un estado habitual de esclavitud, oscuridad y desamor? A responder a la pregunta nos va a ayudar San Ignacio de Loyola (1491-1556). En uno de los números de sus Ejercicios Espirituales, concretamente en las Reglas de discernimiento de la segunda semana, escribe: “Propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis (bajo ángel de luz), entrar con el alma devota y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal alma justa, y después, poco a poco, procura de salirse trayendo al alma a sus engaños cubiertos y perversas intenciones” (EE 332). Nos puede ayudar un ejemplo: es como empezar a caminar desde Madrid hacia Barcelona y terminar en Sevilla, es decir, en el punto opuesto. El maligno es muy inteligente y siempre tienta bajo especie de bien. Podemos decir que, en el tema que nos ocupa, que es el de la actitud correcta ante nuestros pecados (reconocimiento), el maligno nos cambia de dirección y nos lleva a la actitud incorrecta ante el pecado (ignorancia) por medio de tres giros: no perder tiempo repasando pecados, no fatigar a Cristo pidiéndole perdón y no pensar demasiado en el sacrificio de Cristo.

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Primer giro o “no perder mucho tiempo repasando los pecados”. El punto de partida o especie de bien del que parten tanto el alma como el maligno es que Dios es compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. El alma lo piensa y el maligno se lo recuerda. ¿Qué mal puede haber en pensar esto? ¿Quién no disfruta con ese pensamiento de la misericordia y el perdón? Pero el maligno, a partir de ese buen pensamiento, añade otro y es que, ya que Dios es tan misericordioso, no es necesario estar repasando y dándole vueltas a nuestros pecados. Para su obra de influencia, el maligno se sirve de nuestros propios pensamientos; al fin, el maligno es criatura y para influir en nosotros se ha de servir de criaturas y las que mejor le sirven para sus fines son nuestros propios pensamientos, que son criaturas. Con ese pensamiento añadido e influyente de no gastar mucho tiempo en repasar nuestros pecados, el maligno consigue que, al no poner mucha atención en nuestros pecados, terminemos por no darles demasiada importancia. Y todo a partir del buen pensamiento de la misericordia de Dios. Pero ya se ha producido el primer giro; es como si de estar avanzando desde Madrid hacia Barcelona, el rumbo hubiera girado ligeramente y ahora fuésemos ya en dirección a Valencia.

Segundo giro o “no fatigar a Cristo pidiéndole perdón”. Y todo bajo la especie de bien de que el Señor es misericordioso y que él ya conoce nuestros pecados y, como es tan generoso y quiere otorgarnos su perdón, no es necesario ni siquiera recordárselo, no es preciso cansarle, pues tiene buena memoria y buena voluntad. A través de nuestros propios pensamientos el maligno nos va influyendo así para que la petición de perdón al Señor sea algo que vaya desapareciendo de nuestra vida espiritual. Primero desaparece la atención a los pecados y después la atención al perdón de los pecados. Es lo que el maligno pretendía. En todo caso, se nos viene a decir en determinados ambientes, si ha habido algún problema en la relación con el prójimo, todo se arregla con una palmada en la espalda, un café compartido y un “aquí no ha pasado nada y todo arreglado”. Pues bien, así es como quiere el maligno que lo arreglemos todo, sin contar con Dios. ¿Pero de verdad que todo está arreglado? ¿De verdad que no hay que pedirle perdón al Señor por haber hecho algo contrario a su voluntad? ¿También nosotros vamos a vivir “etsi Deus non daretur” (como si Dios no existiera)? Con este segundo giro y por seguir con el ejemplo que hemos puesto, ahora ya habríamos torcido un poco más y estaríamos caminando en dirección a Murcia.

Tercer giro o “el olvido del sacrificio de Cristo”. Si no se repasan los pecados y, además, no hay necesidad de expresar nuestra petición de perdón a Dios, ¿qué necesidad hay de hablar sacrificio redentor de Cristo? A este último término es donde el maligno quiere llevar a las almas, al olvido del sacrificio de Cristo por los pecados. Lo que el maligno quiere es que se olvide la Cruz de Cristo, que se olvide el sacrificio redentor de Jesús y que en nuestros espacios celebrativos desaparezca de hecho el altar, quedando sólo ante nuestros ojos una mesa, mejor o peor diseñada, es decir, que desaparezaca el elemento que visualice la renovación del sacrificio redentor de Cristo por los pecados del mundo. Lo grave no es sólo que haya descendido la práctica del sacramento del Penitencia; más grave aún es, a mi parecer, el que se haya desdibujado y en muchos casos eliminado el elemento sacrificial de la Eucaristía. La Eucaristía ha quedado en muchos casos reducida a la evocación sentimental de una comida fraterna, sin conexión explícita y visual con el sacrificio de Cristo. De los dos elementos esenciales de un altar, el sacrificial y el comunional, en un altísimo porcentaje de nuestros templos falta el primero. ¿Dónde queda el sacrificio de comunión, el sacrificio que hace posible la comunión? ¿Qué se ha hecho del sacrificio que Cristo ofreció en la Cruz por los pecados del mundo, por mis pecados? Pues en muchos casos se ha hecho lo que el maligno más deseaba: darle la espalda a la Cruz de Cristo, olvidar su sacrificio, hurtar el elemento celebrativo significante del mismo. Siguiendo con el ejemplo geográfico que nos viene acompañando a lo largo de la homilía, diríamos que, con este tercer giro, los que empezaron caminando hacia Barcelona, están ahora ya caminando hacia Sevilla, justamente en la dirección contraria a la que empezaron. Del no reconocimiento de los pecados se ha pasado al silenciamiento y el olvido del sacrificio de Cristo.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Lo que ha ocurrido entre nosotros no es un asunto menor, sino de la máxima gravedad. ¿Qué ha podido pasar entre nosotros para que, ofendiendo tanto al Señor, no dediquemos demasiado tiempo al repaso de los pecados, al dolor de los pecados, a la petición de perdón por los pecados? El maligno nos ha llevado a su terreno. ¡Qué diferencia de actitudes, la ejemplar actitud de la mujer pecadora del Evangelio y la nuestra! Aquella mujer reconoce su pecado, llora su pecado, acude a Jesús pidiéndole perdón, recibe el perdón de Jesús y lo agradece sentida y generosamente. Y, por el contrario, en muchos de nuestros ambientes lo que hay es ignorancia del pecado, insensibilidad por las ofensas hechas a Dios, convivencia habitual con el pecado, ausencia de arrepentimiento, olvido del sacrificio de la cruz.

La misericordia tiene como término la conversión, es decir, tener la mente de Cristo (1Cor 2, 16) y tener el corazón de Cristo (cf. Flp 2, 5). El Año de la Misericordia debe dejar entre nosotros, sobre todo, corazones convertidos. Nos ayude a ello la intercesión y el ejemplo de la humilde esclava del Señor, la Madre de la Iglesia. Ella, bajo la advocación de la Asunción, es la patrona de nuestra amada diócesis y su relieve está en el centro del retablo de nuestra catedral diocesana. A ella se eleva nuestra plegaria: “Stella maris, succúrre cadénti, súrgere qui curat, populo” (Estrella del mar, ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse). Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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DÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(5 de junio de 2016)

“¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” (Lc 7, 14). Hemos escuchado las palabras milagrosas pronunciadas por Jesús en la aldea de Naín. La aldea de Naín, localizada a siete kilómetros del Monte Tabor, en dirección suroeste, está como reclinada en el regazo de un pequeño monte, el Nebi Dahi. Hay una pequeña iglesia construida por los frailes franciscanos en 1880 y levantada sobre restos de otra más antigua, que recuerda el milagro realizado por Jesús al resucitar al hijo de la viuda. La escena evangélica es conmovedora: soledad extrema de una mujer viuda que, a la pérdida del esposo, se le añade la pérdida de su hijo único, al que llevan a enterrar. Y todo en una pequeña e irrelevante aldea, lejos de los centros sociales de influencia y poder. Jesús es consciente del total abatimiento de aquella mujer. En realidad, Jesús es consciente de todo abatimiento, físico, moral o espiritual en que puede estar postrado y sumido cualquier hombre o comunidad. Y la mayor postración de todas es el pecado; por el contrario, la vitalidad más plena está en la gracia. Formulemos algunas preguntas, tres en concreto, relacionadas con el pecado y la gracia: ¿Se ofende a Dios entre nosotros? ¿Cómo saber si se ofende a Dios? ¿Se vive habitualmente en gracia por parte de la mayoría de los bautizados?

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¿Se ofende a Dios entre nosotros, en nuestro entorno próximo? Es nuestra primera pregunta. No creemos exagerar si afirmamos que a Dios se le ofende mucho y gravemente. Se le ofende no sólo lejos de nosotros o en ambientes paganos o neopaganos, sino cerca de nosotros y en ambientes confesionalmente católicos. “El Amor no es amado”, decía San Francisco de Asís. Efectivamente, el Amor no es amado entre nosotros o no lo es suficientemente. Habríamos de meditar con sosiego en los Improperios del Viernes Santo para caer en la cuenta de lo muy dolido que está el Señor. “¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme. Yo te sustenté con el maná… tú me azotaste. Yo te di de beber el agua salvadora… tú me diste a beber hiel y vinagre. Yo por ti herí a los reyes… tú me heriste la cabeza” (Improperios 5, 6 y 7). Y si entramos por la fe y el amor en la intimidad divina trinitaria, tampoco nos resultará difícil darle forma a tres preguntas que el Padre nos hace y que son otros tantos lamentos y reproches llenos de dolor: “¿Qué habéis hecho con el sacrificio redentor de mi Hijo? ¿Qué estáis haciendo con el sacrificio redentor de mi Hijo? ¿Qué vais a hacer con el sacrificio redentor de mi Hijo?”.

¿Cómo saber si se ofende a Dios? Es nuestra segunda pregunta. Se puede saber por dos caminos: uno es el camino de fuera adentro y otro es el camino de dentro afuera. Son los mismos dos caminos que hay para conocer las perfecciones divinas. Para conocer las perfecciones divinas podemos partir de las criaturas y, como dice el libro de la Sabiduría o el apóstol San Pablo, desde las bondades de las criaturas ir subiendo hasta la fuente y el origen de las mismas, que es Dios; es camino válido, sobre todo para los principiantes. Pero hay otro camino mejor y es el de ir directamente a Dios y allí, en Dios y desde Dios, conocer las criaturas; es el camino de los perfectos y es el de “conocer por Dios las criaturas, y no por las criaturas a Dios; que es conocer los efectos por su causa y no la causa por los efectos, que es conocimiento trasero y esotro esencial” (L 4, 5). De modo similar podemos decir que hay dos caminos para conocer si Dios es ofendido: uno observar por fuera la propia conducta o las conductas que se dan en nuestro entorno; es camino válido, aunque parcial e insuficiente; otro camino es entrar por la fe y el amor en el corazón de Cristo, convivir con Jesús, hacer nuestros sus criterios y sentimientos, poniendo nuestro propio corazón en la misma frecuencia espiritual que el suyo y así experimentar y sentir internamente lo que él siente. El que se atreva, espiritualmente hablando, a entrar en el corazón de Cristo se dará dolorosamente cuenta de lo mucho y gravemente que se ofende a Dios.

¿Se vive habitualmente en gracia por parte de la mayoría de los bautizados? Es nuestra tercera pregunta. Esta es la pregunta que más a menudo nos habríamos de plantear al revisar la marcha de nuestras familias, parroquias, comunidades. La gran pregunta de nuestra pastoral ha de ser la pregunta sobre la vida de gracia. En el objetivo de nuestro quehacer ha de estar la vida de gracia: la fidelidad a la gracia bautismal y su crecimiento, el cumplimiento de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, el cumplimiento de los deberes de nuestro propio estado… De otra manera, caeremos en un buenismo autocomplaciente tan vacío que termina por fatigar o en un cinismo tan frío que termina por producir hastío. Si no nos centramos en la vida de la gracia y en la lucha en serio contra el pecado, todo se reducirá a sesiones periódicas de juegos florales intrascendentes, mientras Cristo seguirá teniendo sed de almas y las almas seguirán teniendo sed de Cristo.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Cristo se dio cuenta aquel día en que pasó por la aldea galilea de Naín de la situación de postración y de extrema debilidad de aquella familia. Y se da cuenta también hoy de la nuestra. Ahora hace falta que nos demos cuenta también nosotros y que anhelemos una vida de gracia vigorosa y pujante para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
(29 de mayo de 2016)

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). La promesa que Jesús realizó en la sinagoga de Cafarnaúm es ya realidad para todos los cristianos que se reúnen para celebrar la Eucaristía en cualquier rincón del mundo. Es realidad, pues, para todos nosotros. Pero claro, el amor ardiente mostrado por Jesús hacia nosotros ha de ser correspondido por un amor cada vez más ardiente de todos nosotros hacia Jesús. Si Jesús nos ama con pureza de amor, hemos de amar a Jesús con pureza de amor. Precisamente el mayor dolor en el corazón de los santos es comprobar cómo “el amor no es amado”. Este lamento se atribuye a San Francisco de Asís pero es compartido por otros muchos santos. Escribe uno de sus biógrafos: “¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!, repetía frecuentemente el santo, herido en su fina sensibilidad de amante, al comprobar la fría indiferencia de los cristianos ante las amorosas finezas del Redentor” (Pedro Borges). ¿Cómo podemos amar a Jesús con amor puro? El amor a Jesús lo mostramos celebrando bien la Eucaristía, adorando bien la Eucaristía y viviendo bien la Eucaristía. Ahí está el secreto del amor a Cristo, ahí está la manera de amar al Amor: celebrar bien la Eucaristía, adorar bien la Eucaristía y vivir bien la Eucaristía.

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¿Cómo celebrar bien la Eucaristía? Para celebrar bien la Eucaristía se ha de celebrar principalmente para Dios, se ha de celebrar como a Dios le agrada y se ha de celebrar para lo que Dios quiere. Recordemos que la Eucaristía es un sacrificio. La Eucaristía es la actualización del sacrificio de la Cruz en el que Jesús se ofreció al Padre. La Cruz en la cima del Calvario fue una celebración. En la Cruz Jesús celebró para el Padre. Y ese mismo sacrificio se actualiza en la celebración eucarística; por tanto, la celebración de la Eucaristía es una celebración principalmente para el Padre. Celebramos para Dios. Además, en la Cruz Jesús celebró como el Padre le había pedido, es decir, como al Padre le agradaba. Y así mismo ha de ser en la Eucaristía, celebrada según el criterio que la Iglesia nos transmite como expresión de los gustos de Dios. Y la celebración del sacrificio de la Cruz, actualizada ahora en la Eucaristía, fue una celebración para la redención del mundo, para la salvación de la humanidad. Por consiguiente, para celebrar bien la Eucaristía hemos de celebrar para Dios, hemos de celebrar como a Dios le agrada y hemos de celebrar para lo que Dios quiere.

¿Cómo adorar bien la Eucaristía? La Eucaristía celebrada se prolonga en la adoración. Por medio de la adoración, el misterio celebrado es más hondamente reconocido, agradecido y asimilado. La adoración eucarística es tiempo contemplativo en el sentido de que el don recibido es más eficazmente asimilado. Para adorar bien la Eucaristía recomendamos estas tres actitudes: tiempo, silencio y mirada. Tiempo suficientemente prolongado, pues las breves y rápidas y fugaces visitas apenas si sirven para intercambiar unos saludos. El corazón necesita su tiempo hasta que se pone a tono, al mismo tono de Dios. Es el Espíritu Santo el que va afinando nuestro corazón hasta que suena al compás de los latidos del corazón de Cristo, con su misma intensidad, con sus mismos sentimientos. La adoración es conversación reposada y para eso hace falta tiempo. Además del tiempo, el silencio. En la adoración eucarística, tiene el Señor la palabra y el alma ha de aprender primeramente a escuchar; ya habrá tiempo después para responder. Y además del tiempo y del silencio, la mirada. Se trata de una mirada trascendente y serena, en fe y amor; una mirada así, en fe y amor, es una mirada humilde. La adoración hace humildes y la adoración la hacen los humildes.

¿Cómo vivir bien la Eucaristía? El tercer paso eucarístico que todo fiel ha de dar, tras la celebración y la adoración, es la vivencia del misterio. La Eucaristía ha de llegar a los centros de la persona y desde los centros ser irradiada en la vida ordinaria y cotidiana, sobre todo por la práctica de la caridad. La caridad se hace visible en las obras de misericordia, corporales y espirituales, tal como nos recomienda practicar el Santo Padre en este “Año de la Misericordia”. La vida entera ha de quedar empapada de la gracia eucarística y ser irradiada en el conjunto vital de nuestra existencia concreta y personal, en los actos públicos y privados, en los actos conocidos y desconocidos, en las palabras exteriores y en los más íntimos pensamientos y deseos, en las pulsiones naturales y en las pasiones naturales. Todo ha de ser transformado por la Eucaristía, todo ha de ser transformado en Eucaristía: nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras palabras y nuestras obras. Si nuestras palabras están impregnadas en la Eucaristía no harán daño a nadie ni molestarán a nadie. Si nuestras obras están enraizadas en la Eucaristía, serán obras buenas y caritativas, hechas con pureza de amor, hechas al modo divino. Si el modo de realizar nuestras obras participa de los modos eucarísticos, realizaremos las buenas obras con humildad y alegría.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Agradecidos por el gran don que Cristo nos ha hecho, tratemos de celebrar cada vez mejor la Eucaristía, de adorar cada vez mejor la Eucaristía y de vivir cada vez mejor la Eucaristía. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(22 de mayo de 2016)

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así comienzan todas nuestras celebraciones. Así ha comenzado la celebración de hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana” (CCE 261). Observen que dice “de la vida”; por tanto, es un misterio para ser vivido, no sólo para ser pensado o estudiado; y observen que dice de la vida “cristiana; por tanto, de la vida de todos los bautizados, no sólo de una élite; por consiguiente es el misterio central de todos nosotros, sea cual sea el estado de vida en que Dios nos haya puesto dentro de su Iglesia: fieles laicos, miembros de la vida consagrada o ministros ordenados. El misterio de la Santísima Trinidad está íntimamente vinculado con el misterio de nuestra propia vida, de la vida concreta de todos los que estamos aquí, en la presencia de Dios Uno y Trino. No tendremos un concepto exacto de nosotros mismos si no nos vemos a la luz de este grandioso misterio. Hemos de mostrar cada vez más interés por preguntas vitales. “De dónde vengo”, “dónde estoy” y “adónde voy” son preguntas hondamente vitales que toda persona puede y debe plantearse. Pues bien, la Santísima Trinidad es la respuesta a esas tres preguntas. La Santísima Trinidad es el “lugar vital” de donde venimos y a cuya imagen estamos hechos, es el “lugar vital” donde vivimos y de cuya savia nos nutrimos y es el “lugar vital” a donde vamos y en cuyo seno hallaremos definitivo y feliz descanso. Sor Isabel de la Trinidad (1880-1906), beatificada en 1984, compuso una oración, verdadera joya espiritual, que vamos a repasar y comentar brevemente en el día de hoy.

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“Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio”. Así comienza la oración. Destacamos lo de “establecerme en ti”. El alma en gracia se sabe habitada por la Trinidad. Nuestra interioridad está habitada. Y el alma, abandonados los otros lugares o ejidos que frecuentaba, es consciente de que el lugar habitual y permanente de su íntima residencia es la Santísima Trinidad. Podrá ocuparse de asuntos y cosas, pero su corazón descansa siempre en Dios y no sale de Él. No solamente no sale ya a la vida superficial y ligera de frivolidades banales, sino que cada vez va ahondándose más, ahondándose, ahondándose en el insondable Misterio de Dios, Uno y Trino, y en ese misterio sitúa y conoce todas las cosas, es decir, conoce los efectos por su causa, es decir, las cosas conocidas por Dios y en Dios y ese es conocimiento verdadero, delantero y esencial (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva 4, 5).

“Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo”. Así continúa la oración. Es notable destacar cómo el alma habitada por Dios llega a ser el lugar donde el propio Dios descansa y disfruta. El Dios de la paz primero sosiega y serena al alma con su presencia y halla en el alma su lugar de descanso. Un alma pacificada por Dios y en donde Dios reposa es invulnerable a los asaltos de los enemigos. A veces pensamos que con nuestras actuaciones torcidas o nuestras palabras ácidas vamos a desestabilizar a un alma habitada por Dios y resulta que no le causamos ni el más ligero rasguño. El alma habitada por Dios vive muchos metros por debajo de la corteza de las cosas. Vive en el verdadero centro de la realidad, que es Dios, mientras que la corteza de las cosas es lo menos real de todo. Y allá, en el centro de la realidad, en Dios, hay paz, descanso, sosiego, reposo.

“Que yo no te deje jamás sólo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. Así termina la oración. La Santísima Trinidad, las tres divinas personas que viven dentro del alma, no están inactivas dentro del alma, sino que están acabando su obra renovadora, es decir, están llevando a su término, con el consentimiento consciente del alma, la obra de santificación empezada en el bautismo. Dios nos está divinizando. Cierto que seguimos siendo nosotros mismos, conservando nuestra propia identidad subjetiva, pero vueltos cada vez más a lo divino, transformados y hechos dioses por participación.

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Terminamos ya, queridos hermanos. El misterio de la Santísima Trinidad, decíamos, está íntimamente vinculado a nuestra vida. La Santísima Trinidad es nuestro hogar. Los tres, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, han de vivir en nuestra alma como en su casa. De hecho, las tres divinas personas han de ser las personas con las que más trato tengamos a lo largo de cada día: son las más cercanas, las más íntimas, las más plenamente vivas, las más amantes, las más vivificantes, las más atentas, las más benevolentes, las más benéficas. Sea frecuente nuestro trato con los tres. Frecuente y personalizado. Frecuente, personalizado y lleno de reverencia. Si al empezar las acciones o celebraciones decimos “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, al acabarlas hemos de acostumbrarnos a decir “gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Pero como el trato ha de ser personalizado, bueno será que en ocasiones digamos “gloria a ti, Padre, gloria a ti, Hijo, gloria a ti, Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amen”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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