1. Homilías Dominicales

Durante el próximo año se tomará un descanso esta página web.

Después volveremos, si Dios quiere.

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
(25 de diciembre de 2016)

“Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9, 6). Con estas palabras, tomadas del profeta Isaías, comienza la Iglesia la celebración de la tercera Misa de Navidad. La primera es la Misa de medianoche o también llamada Misa del gallo; la segunda es la llamada Misa de la aurora y la tercera es la llamada Misa del día. Parece como si en el comienzo de los tiempos nuevos la Iglesia no saliera de su asombro y en el corto espacio de unas pocas horas convocara a todos sus hijos, por tres veces, al pie del misterio del Verbo encarnado. No es para menos. Es la obra mayor de Dios, es el don mayor de Dios. Al pie del misterio nosotros podemos hacer tres consideraciones: el don de Dios, nuestra respuesta al don de Dios y el horizonte del don de Dios.

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El don de Dios. Es nuestra primera consideración. Se trata de un don suyo, no de una conquista nuestra. “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9, 6). El verbo “dar” está aquí en tiempo perfecto, ni en pasado ni en futuro. Para el pasado-pasado se emplea el indefinido (algo que ocurrió en el pasado y quedó en el pasado) y para el futuro-futuro se emplean las formas de futuro (algo que todavía no ha ocurrido y que ocurrirá). En cambio, aquí se emplea el tiempo perfecto (”ha nacido”), que es mejor de los tiempos, es decir, un tiempo verbal que expresa una acción que ya ha ocurrido pero cuyos efectos perduran en el presente. El tiempo perfecto, por tanto, es como un presente mantenido. Al reconocer la Iglesia que un niño nos ha nacido y que un hijo se nos ha dado, empleando el tiempo perfecto, nos está indicando que este niño, este hijo, ya nonos va a ser quitado, es nuestro para siempre. Para todos nosotros, pues, Cristo no es sólo promesa sino realidad entregada y propiedad nuestra para siempre. Nosotros vivimos ya en el tiempo del cumplimiento de las promesas, en el tiempo de las realidades experimentadas.

Nuestra respuesta al don de Dios. Es nuestra segunda consideración. Al don de Dios que hemos recibido, hemos de acercarnos con fe. ¿Pero qué es la fe? Nos dice la carta a los hebreos que “la fe es garantía de lo que se espera y la prueba de las realidades que no se ven” (Hb 11, 1). Este versito ha llegado a ser una definición teológica de la fe: sustancia de lo que se espera y prueba de lo que no se ve.
Dos cosas se afirman de la fe: por una parte ya nos da lo que estábamos esperando (es sustancia de lo se esperaba); nosotros, la humanidad, estaba esperando al Mesías y ya se nos ha dado; pero por otra parte, la fe nos da sólo de forma anticipada lo que un día llegaremos a vivir en plenitud y que todavía ni lo vemos en plenitud ni lo vivimos en plenitud (es la prueba de lo que no se ve). Por tanto, la vida de fe nos orienta de forma segura hacia un futuro en plenitud. La fe nos hace poseer ya el don y nos hace esperar el don en plenitud. La fe, entonces, nos lleva a hacer dos afirmaciones: “Un niño nos ha nacido” y “vendrá con gloria”. La primera ya la hemos escuchado; la segunda la diremos todos dentro de unos minutos al recitar el Credo.

El horizonte del don de Dios. Es nuestra tercera consideración. Gustamos ya a Dios por la fe, sentimos ya a Dios con nosotros por la fe, pero esta experiencia nos hace desear y esperar la vida divina en plenitud. La fe nos lleva a la esperanza. Como dice san Agustín en las Confesiones: “Gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti” (Confesiones X, 27). Gusté de ti por la fe y siento hambre y sed de ti por la esperanza. Pero si la fe nos lleva a la esperanza, la esperanza nos lleva al amor, a la atracción del corazón. Como nos dice la Iglesia en uno de los prefacios de Navidad: “Para que conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de los invisible” (Pref. I de Navidad).
Santo Tomás explicaba esta conexión de las virtudes teologales diciendo que la fe es una “constante disposición del ánimo, gracias a la cual comienza en nosotros la vida eterna y nuestra razón (desde esa experiencia del comienzo) se siente inclinada a aceptar lo que ella misma no ve (todavía en plenitud)” (Benedicto XVI, Spe salvi 7). La razón se siente inclinada a aceptarlo y la voluntad se siente movida a amarlo por anticipado. Nuestra vida cristiana se asienta, pues, sobre un suelo muy sólido: sobre la fe, que nos da ya las primicias de la realidad que un día disfrutaremos plenamente. La realidad objetiva del don recibido nos da la seguridad de que ese mismo don será completado, completamente participado y asimilado. En Cristo ya ha venido a nosotros la vida divina que un día viviremos en plenitud.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Vivamos la Navidad en toda su grandeza. ¡Qué gran don hemos recibido! Respondamos con fe al don de Dios y pongamos ya la mirada en el esplendor del cielo donde un día viviremos este gran don en toda su plenitud y para toda la eternidad. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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IV DOMINGO DE ADVIENTO
(18 de diciembre de 2016)

“La madre de Jesús estaba desposada con José” (Mt 1, 18), se nos dice al comienzo del Evangelio que escuchamos en este cuarto domingo de Adviento. No es esta la única vez que se menciona el nombre de José; hasta cuatro veces lo hace el evangelista san Mateo. Podemos decir, por eso, que san José es el protagonista humano del Evangelio de hoy.
A pesar de las reiteradas alusiones que se hacen de san José en este domingo, la verdad es que los Evangelios parece que rodean la admirable figura de san José de un ambiente de humildad, recato, silencio y discreción. Parece que san José tiene un especial empeño en pasar a un segundo plano. Y con todo y tal vez por eso, por su humildad, recato, silencio y discreción, san José es el hombre en el que Dios confía. Y la verdad es que san José no defraudó la confianza que Dios había puesto en él.
Podemos decir que a san José le confía Dios tres tesoros: a san José se le confía un secreto, a san José se le confía la virginidad de María y a san José se le confía el misterio de la redención.

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A san José se le confía un secreto. San José es el encargado de proteger celosamente el “secreto mesiánico”, al que alude el evangelista san Marcos (cf. Mc 3, 12). San José dio cobertura a esa disposición del Padre celestial de que su Hijo pasase desapercibido hasta que llegase la hora. Si se hubiese desvelado el misterio de la filiación divina de Jesús antes de tiempo, las gentes habrían confundido su mesianismo con el de otro más de los muchos que se habían presentado con pretensiones de mesianismos terrenos. Dios Padre confió a san José la delicada tarea de proteger hasta el tiempo oportuno la identidad completa de Jesús y lo hizo tan bien que Jesús era conocido sencillamente como “el carpintero de Nazaret”. De san José hemos de aprender a guardar secretos, a rodear de un ambiente de respeto y recato aquellos dones de gracia que se nos confían hasta que llegue, si es que llega, el momento y el modo dispuesto por Dios para manifestarlos. “Calle lo que Dios le diere y acuérdese de aquel dicho de la Esposa: Mi secreto, para mí (Is 24, 16) (D 152), recomienda un gran doctor de la Iglesia.

A san José se le confía, además, la virginidad de María. La gracia antecedente del redentor, que santificó plenamente a María, hizo también posible que san José cumpliese una misión de grandeza única, porque la gracia le convirtió en responsable de María virgen y madre, la morada elegida por Dios para habitar. Al secreto de María (”el Altísimo vendrá sobre ti”) se corresponde el secreto de José, que es el de hacer de sombra para María y de custodio para Jesús, el Redentor (”el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”). La virginidad de María halló su mejor protección humana en la castidad de san José. Y en ese ambiente de castidad crecerá Jesús. Hemos de aprender también de san José a crear a nuestro alrededor un ambiente favorable a la castidad, un ambiente sano y limpio, lejos de la banalización, lejos de la bruta zafiedad o de las malsanas insinuaciones, tan frecuentes y extendidas en tantos ambientes, de todo lo relacionado con las fuentes de la vida.

A san José se le confía, finalmente, el misterio de la Redención. Ese mismo misterio de la Redención es el que ahora ha sido confiado a la Iglesia y, en la Iglesia, a cada uno de nosotros según el estado de vida y misión en el que Dios nos ha querido poner. Precisamente dentro de poco, concretamente en las misas vespertinas del I Domingo de Cuaresma, el sábado 4 de marzo de 2017, comenzará a utilizarse la nueva edición en lengua española del Misal Romano, la III de acuerdo con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Es una buena ocasión para examinar y mejorar nuestro servicio al misterio de la Redención, que halla en la Eucaristía su fuente y su cumbre. A todos se nos confía el misterio de la Redención, como a san José, pero de forma especial a los presbíteros que son, por la unción del Espíritu Santo, presencia sacramental de Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia. Valoremos y estimemos cada vez más la gracia del ministerio sacerdotal y respetemos aquellas funciones y aquellos espacios que les sean propios.

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Terminamos ya, queridos hermanos. A las puertas de la Navidad, adoremos y alabemos los modos divinos de disponer y celebrar el misterio de nuestra Redención. Nos hemos detenido hoy en la persona y misión de san José como servidor bueno y fiel de este misterio. Dios quiera que también nosotros sirvamos con igual respeto, amor y dedicación el misterio de la Redención, según la gracia recibida por cada uno, para que podamos escuchar, como él, al final de nuestra peregrinación aquellas consoladoras palabras: “Siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor”. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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III DOMINGO DE ADVIENTO
(11 de diciembre de 2016)

“Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo” (Mt 11, 4). Juan Bautista, que está en la cárcel, recibe la noticia de que en Jesús se están cumpliendo las profecías sobre el Mesías. Y al oír esta noticia, esta Buena Noticia, el gozo se activa automáticamente en el corazón de Juan. El corazón de Juan se llena de una alegría especial, de esa alegría que sólo Dios puede dar. Pasa con la alegría como con la paz o la unidad. Dios da el don de la paz, pero no como la da el mundo (cf. Jn 14, 27). Dios da el don de la unidad, pero no es una unidad como la que consiguen a duras penas los hombres. Dios da el don de la alegría, pero no es una alegría de usar y tirar como la que proporciona el mundo. Hemos, pues, de aprender a distinguir. La alegría cristiana es especial y tiene propiedades específicas. Podemos señalar algunas, en concreto tres: la alegría cristiana se nota; la alegría cristiana es real; la alegría cristiana es duradera.

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Nuestra alegría se nota. He aquí la primera característica de la alegría cristiana: se nota. Cuando se acerca el Señor, se nota. Cuando se acerca el Señor se activa automáticamente la alegría en el fondo del corazón. Y además de activarse a nivel profundo, la alegría ante la cercanía del Señor se nota también exteriormente.
Se nota exteriormente en los signos celebrativos como podemos ver en este tercer domingo de Adviento, cercana ya la Navidad: un cirio más encendido en la corona de Adviento, unos textos litúrgicos que nos anuncian esta cercanía de forma cada vez más explícita, el color de las vestiduras sacerdotales que suavizan el rigor del morado, la decoración ambiental apropiada.
Pero se nota, lo notamos cada uno, en los sentimientos internos de nuestro propio corazón. A poco que apliquemos el oído a nuestro interior sentiremos que el corazón está cada vez más feliz. Señal de que el Señor está cerca. Le pasa a nuestro corazón como le pasó a Juan Bautista en las entrañas de su madre: se acercó Jesús y saltó de alegría en el seno materno. Y lo mismo le pasó cuando estaba encarcelado: se hizo presente Jesús por las noticias que le transmitieron de él y su corazón se llenó de alegría. Por donde pasa Jesús, florece la alegría.
Signos externos y sentimientos internos han de ir a la par. Los textos litúrgicos de este domingo propician el despertar de la alegría santa en lo íntimo del corazón del cristiano. Leemos en la oración colecta que la Navidad, fiesta de gozo, se ha de celebrar, contando con el poder de la gracia, con alegría desbordante. Isaías, el gran profeta, nos ha anunciado en la primera lectura que “el desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa… se alegrará con gozo y alegría” (Is 35, 1-6). Y añadía al final: “Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua” (Is 35, 10). Y hay alegría también en las palabras con que Jesús responde a los emisarios de Juan: “A los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mt 11, 2, 11), es decir, se les da una noticia que produce alegría.

Nuestra alegría es real. He aquí la segunda característica de la alegría cristiana: es real y no sólo aparente. Claro, hablar de alegría cuando a diario nos ponen delante de los ojos y de los oídos tantas desgracias y dolencias lacerantes parece una huida evasiva, una ignorancia y una inconsciencia. Y sin embargo, no nos dejamos llevar por la inconsciencia sino por la sabiduría cristiana al hablar de alegría. No ignoramos las desgracias, sino que reconocemos cercano al que las puede remediar y por eso nos alegramos. A todas nuestras maldades y a todas sus consecuencias hay que decirles: “Os anuncio una gran alegría: os ha nacido el Salvador” (Lc 2, 10).
Cristo es más real que todas las desgracias. Por tanto, ya a día de hoy la balanza está inclinada del lado de la verdad, del bien y de la gracia, aunque a veces moleste a algunos que nos alegremos porque se ha hecho presente entre nosotros la Sabiduría salida de la boca del Padre, el Pastor que apacienta a la casa de Israel, el Hijo de David, la raíz de Jesé, el Sol naciente, el Rey de las naciones, el Enmanuel.

Nuestra alegría es duradera. He aquí la tercera característica de la alegría cristiana: es duradera, va para largo. “Nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Jn 16, 22), decía Jesús a los apóstoles. ¿Cómo podrá ser eso? Porque nada ni nadie nos podrá separar de Cristo, que nos ama. Es más fácil separar nuestra alma del cuerpo que separar nuestra alma de Jesús, porque “el alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima” (C 8, 3). Nos podrán quitar todo, menos lo que más vale: Jesús. Jesús es un bien superior a todos los demás bienes. Jesús da la salud al alma, que vale más que la salud del cuerpo. Jesús enamora al alma y el amor de Jesús hace que las honras humanas resulten vanas e insípidas. Jesús da una vida que ningún verdugo puede quitar.

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Terminamos ya, queridos hermanos. El Señor está cerca. Dejemos que nuestro corazón se alegre. Dejemos que nuestro corazón se sienta feliz porque la “venida del Señor está cerca” (St 5, 8). Tan cerca, que dentro de unos minutos lo recibiremos sacramentalmente en nuestro corazón y el corazón se llenará de alegría. Bendito sea Dios en sus dones y que todo sea para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro.19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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II DOMINGO DE ADVIENTO
(4 de diciembre de 2016)

“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3, 2). Así decía san Juan Bautista al inicio de su actividad profética a orillas del río Jordán, tal como acabamos de escuchar. “Convertíos”. En esta sola palabra podemos resumir las lecturas proclamadas en todas las iglesias del mundo en este segundo domingo de Adviento.
¿Pero qué es la conversión? Es un proceso de transformación del corazón humano que va dejando atrás los modos mundanos de vivir y va asimilando los modos divinos de vivir. Esta transformación moral del corazón humano sólo es posible por la acción conjunta de la gracia y de la leal colaboración humana; de otra manera es del todo imposible.
El proceso de conversión del corazón recorre estas tres etapas: reconocimiento, arrepentimiento y transformación.

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La primera etapa en el proceso de la conversión es el reconocimiento. Si éste no se da, el proceso de la conversión no se pone en marcha, no arranca; en ese caso, le pasa al corazón como a esos coches de carrera que quedan bloqueados en la línea de salida. Cuando no hay reconocimiento, ya podemos hacer llamadas a la conversión, predicar, insistir, exhortar. En vano. El reconocimiento es como el encendido de los motores para que el coche se ponga en marcha y consiste en la aceptación interior y exterior de que nuestro comportamiento no se ha ajustado a la norma moral. Cuesta a veces dar este primer paso y, por eso, a veces escuchamos o incluso podemos decir nosotros mismos: “Pues no veo que haya hecho nada malo”. Esta forma de reaccionar diciendo que no se ha hecho nada malo es debido a que el detector de bondades y maldades que es la conciencia está estropeado y ya no funciona, no identifica lo malo como malo y lo bueno como bueno. Esa conciencia averiada se puede deber al desconocimiento de la verdad moral a causa de una ignorancia negligente (no querer formarse en la verdad) o se puede deber a una conducta habitualmente errada y ya la conciencia está tan familiarizada con el error que no le distingue de la verdad. También puede ocurrir que, aun conociendo la verdad con el entendimiento, sin embargo la voluntad está tan maliciada, tan acostumbrada a actuaciones torcidas, que ya le da lo mismo una vez más o diez o veinte o las que sea. Hemos de pedir, por eso, al Señor esta primera gracia: la de conocer la verdad y reconocer cuando nuestra conducta no se ha ajustado a ella. De lo contrario no podrá seguir adelante el proceso de conversión de nuestro corazón, que tiene como término un corazón nuevo, un corazón según el Corazón de Cristo.

La segunda etapa en el proceso de la conversión es el arrepentimiento. Es decir, una vez hecho el diagnóstico moral de una actuación y haber sido calificada como mala, uno ha de sentir pena por lo ocurrido; pena interna, sobre todo. Nos tiene que doler internamente haber ofendido al Señor y es que todo pecado ofende al Señor, le desagrada, le disgusta. El disgusto del Señor se debe a dos razones: la primera, porque no hemos hecho la voluntad del Padre, con la que Jesús está totalmente identificado; la segunda porque el pecado nos hace daño a nosotros al privarnos del gran bien de la unión con Dios y, puesto que Jesús quiere nuestro bien, le duele que nos veamos privados de él. A Jesús, pues, le duelen nuestros pecados porque ama al Padre y porque nos ama a nosotros. Hemos de pedir también la gracia de que nos duelan interiormente a nosotros, la gracia de que los pecados nos duelan en el alma. En un corazón dolido y arrepentido puede obrar la gracia por medio del perdón.

La tercera etapa en el proceso de la conversión es la transformación. Es el término y final del camino. Si recuerdan el Evangelio, el Bautista va llevando a sus oyentes a través del camino que hemos señalado a este final: el de un nuevo orden de cosas o nuevo modo de vivir debido a una renovación del corazón y es que cuando el corazón cambia, ya nada es igual. Los corazones convertidos cambian la vida. Los corazones convertidos van mejorando su vida moral hasta desterrar a las tinieblas exteriores todo lo que signifique ofensa al Señor por pequeña que sea.

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Terminamos ya, queridos hermanos. En este Adviento vayamos avanzando en la dirección que el Bautista nos señala, en la dirección de la verdadera conversión, es decir, en el reconocimiento de los pecados, en el arrepentimiento de los pecados y en la transformación del corazón para que nuestra vida se renueve y mejore. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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I DOMINGO DE ADVIENTO
(27 de noviembre de 2016)

“Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre” (Mt 24, 44). Jesús nos invita a prepararnos para su segunda venida. Lo que Jesús nos dice lo repetimos nosotros cada domingo al hacer profesión de nuestra fe. “Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos”, decimos al recitar el símbolo apostólico. “Y de nuevo vendrá con gloria”, decimos al recitar el símbolo conciliar. Con respecto a la segunda venida de Cristo podemos recordar estos tres enunciados: Jesucristo vendrá con gloria, Jesucristo parece que se tarda, Jesucristo ya se ve por el horizonte.

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1. Jesucristo vendrá con gloria. Está de por medio la certeza que dejan siempre en nosotros las palabras de Jesús. Estamos acostumbrados a la veracidad de lo que Jesús nos dice. Lo ha dicho Jesús y será así. Pero a la certeza de sus palabras se añade la alegría que siempre despiertan sus promesas. La segunda venida en gloria de Jesús hará que nuestro corazón se desborde alegría, de una alegría que nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16, 22). Nos podrán quitar todo menos la alegría de tener para siempre a Jesús glorioso. Jesús está ya glorificado y a nosotros nos falta ver su gloria. Nos falta a nosotros, no a Él. En realidad, somos nosotros los que nos vamos acercando a su gloria, vamos siendo atraídos por su gloria. En uno de los más hermosos números del Compendio del Catecismo nos dice la Iglesia que “el hombre realiza su verdadera y plena felicidad en la visión y en la bienaventuranza de Aquel que lo ha creado por amor, y lo atrae hacia sí en su infinito amor” (Compendio, 533). Estamos siendo atraídos por la gloria de Jesús. Nosotros caminamos entre dos luces, la luz bautismal y la luz del final, y al estar cada vez más cerca del final estamos cada vez más inmersos en la luz, más cerca de la luz plena. Vivimos en estado de luz creciente. El principal foco de luz para nosotros está en el futuro, está en Cristo glorioso, y desde ese futuro Cristo nos atrae. “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce el ocaso” (Francisco, Lumen Fidei 1).

2. Jesucristo parece que se tarda. A veces podemos tener la impresión que Jesucristo se tarda en llegar. En realidad, ha habido épocas en las que algunos juzgaban que la venida en gloria era inminente (al principio) y hay otras épocas en las que se juzga que la venida en gloria nunca va a llegar (la nuestra). Son juicios humanos, siempre falibles porque la razón humana está dañada por muchos prejuicios y el corazón humano está herido por muchas pasiones y por eso juzgamos en unos casos que Dios se adelanta y en otros casos que Dios se retrasa. En realidad Dios siempre llega a “su” hora y no a la nuestra. Dios llega siempre a punto, a la hora exacta. Dios llega en la plenitud de los tiempos, es decir, cuando él llega se llenan los tiempos, ni antes ni después. La cultura actual predominante, que es interesadamente inmanentista, no quiere que se hable de la segunda venida del Señor. Y detrás de esta ideología mundana está la inteligente acción del maligno que la propicia. De esa forma, mundo y demonio van induciendo a las almas al descuido espiritual y al desorden moral y a la negligencia religiosa y al olvido de la trascendencia y al silenciamiento de la eternidad. Pero Cristo vendrá con gloria. Escribía san Cirilo de Jerusalén: “El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cuz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé” (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15).

3. Jesucristo ya se ve por el horizonte. A pesar de esa cultura que se nos quiere imponer de olvido de la segunda venida del Señor como fruto de una ideología inmanentista, Jesucristo, sin embargo, está dando continuamente señales de vida. Jesucristo está continuamente apareciendo, sobre todo, en los sacramentos. Cada sacramento es presencia personal de Cristo “per modum Incarnationis”. En cada sacramento, la gloria de Cristo se comunica al alma y, por tanto, Cristo glorioso viene hasta nosotros. Y además de los sacramentos, Jesús se hace presente en tantas y tantas gracias actuales con que nos enriquece a diario.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Lo hacemos repitiendo ahora de forma personalizada la oración que eleva a Dios Padre la Iglesia de forma comunitaria en este primer domingo de Adviento: “Dios todopoderoso, aviva en mí, tu fiel, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañado por las buenas obras, para que colocado un día a su derecha, merezca poseer el reino eterno. Amén”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. GUadalajara. ESPAÑA.

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