1. Homilías Dominicales

III DOMINGO DE ADVIENTO
(11 de diciembre de 2016)

“Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo” (Mt 11, 4). Juan Bautista, que está en la cárcel, recibe la noticia de que en Jesús se están cumpliendo las profecías sobre el Mesías. Y al oír esta noticia, esta Buena Noticia, el gozo se activa automáticamente en el corazón de Juan. El corazón de Juan se llena de una alegría especial, de esa alegría que sólo Dios puede dar. Pasa con la alegría como con la paz o la unidad. Dios da el don de la paz, pero no como la da el mundo (cf. Jn 14, 27). Dios da el don de la unidad, pero no es una unidad como la que consiguen a duras penas los hombres. Dios da el don de la alegría, pero no es una alegría de usar y tirar como la que proporciona el mundo. Hemos, pues, de aprender a distinguir. La alegría cristiana es especial y tiene propiedades específicas. Podemos señalar algunas, en concreto tres: la alegría cristiana se nota; la alegría cristiana es real; la alegría cristiana es duradera.

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Nuestra alegría se nota. He aquí la primera característica de la alegría cristiana: se nota. Cuando se acerca el Señor, se nota. Cuando se acerca el Señor se activa automáticamente la alegría en el fondo del corazón. Y además de activarse a nivel profundo, la alegría ante la cercanía del Señor se nota también exteriormente.
Se nota exteriormente en los signos celebrativos como podemos ver en este tercer domingo de Adviento, cercana ya la Navidad: un cirio más encendido en la corona de Adviento, unos textos litúrgicos que nos anuncian esta cercanía de forma cada vez más explícita, el color de las vestiduras sacerdotales que suavizan el rigor del morado, la decoración ambiental apropiada.
Pero se nota, lo notamos cada uno, en los sentimientos internos de nuestro propio corazón. A poco que apliquemos el oído a nuestro interior sentiremos que el corazón está cada vez más feliz. Señal de que el Señor está cerca. Le pasa a nuestro corazón como le pasó a Juan Bautista en las entrañas de su madre: se acercó Jesús y saltó de alegría en el seno materno. Y lo mismo le pasó cuando estaba encarcelado: se hizo presente Jesús por las noticias que le transmitieron de él y su corazón se llenó de alegría. Por donde pasa Jesús, florece la alegría.
Signos externos y sentimientos internos han de ir a la par. Los textos litúrgicos de este domingo propician el despertar de la alegría santa en lo íntimo del corazón del cristiano. Leemos en la oración colecta que la Navidad, fiesta de gozo, se ha de celebrar, contando con el poder de la gracia, con alegría desbordante. Isaías, el gran profeta, nos ha anunciado en la primera lectura que “el desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa… se alegrará con gozo y alegría” (Is 35, 1-6). Y añadía al final: “Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua” (Is 35, 10). Y hay alegría también en las palabras con que Jesús responde a los emisarios de Juan: “A los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mt 11, 2, 11), es decir, se les da una noticia que produce alegría.

Nuestra alegría es real. He aquí la segunda característica de la alegría cristiana: es real y no sólo aparente. Claro, hablar de alegría cuando a diario nos ponen delante de los ojos y de los oídos tantas desgracias y dolencias lacerantes parece una huida evasiva, una ignorancia y una inconsciencia. Y sin embargo, no nos dejamos llevar por la inconsciencia sino por la sabiduría cristiana al hablar de alegría. No ignoramos las desgracias, sino que reconocemos cercano al que las puede remediar y por eso nos alegramos. A todas nuestras maldades y a todas sus consecuencias hay que decirles: “Os anuncio una gran alegría: os ha nacido el Salvador” (Lc 2, 10).
Cristo es más real que todas las desgracias. Por tanto, ya a día de hoy la balanza está inclinada del lado de la verdad, del bien y de la gracia, aunque a veces moleste a algunos que nos alegremos porque se ha hecho presente entre nosotros la Sabiduría salida de la boca del Padre, el Pastor que apacienta a la casa de Israel, el Hijo de David, la raíz de Jesé, el Sol naciente, el Rey de las naciones, el Enmanuel.

Nuestra alegría es duradera. He aquí la tercera característica de la alegría cristiana: es duradera, va para largo. “Nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Jn 16, 22), decía Jesús a los apóstoles. ¿Cómo podrá ser eso? Porque nada ni nadie nos podrá separar de Cristo, que nos ama. Es más fácil separar nuestra alma del cuerpo que separar nuestra alma de Jesús, porque “el alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima” (C 8, 3). Nos podrán quitar todo, menos lo que más vale: Jesús. Jesús es un bien superior a todos los demás bienes. Jesús da la salud al alma, que vale más que la salud del cuerpo. Jesús enamora al alma y el amor de Jesús hace que las honras humanas resulten vanas e insípidas. Jesús da una vida que ningún verdugo puede quitar.

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Terminamos ya, queridos hermanos. El Señor está cerca. Dejemos que nuestro corazón se alegre. Dejemos que nuestro corazón se sienta feliz porque la “venida del Señor está cerca” (St 5, 8). Tan cerca, que dentro de unos minutos lo recibiremos sacramentalmente en nuestro corazón y el corazón se llenará de alegría. Bendito sea Dios en sus dones y que todo sea para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro.19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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II DOMINGO DE ADVIENTO
(4 de diciembre de 2016)

“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3, 2). Así decía san Juan Bautista al inicio de su actividad profética a orillas del río Jordán, tal como acabamos de escuchar. “Convertíos”. En esta sola palabra podemos resumir las lecturas proclamadas en todas las iglesias del mundo en este segundo domingo de Adviento.
¿Pero qué es la conversión? Es un proceso de transformación del corazón humano que va dejando atrás los modos mundanos de vivir y va asimilando los modos divinos de vivir. Esta transformación moral del corazón humano sólo es posible por la acción conjunta de la gracia y de la leal colaboración humana; de otra manera es del todo imposible.
El proceso de conversión del corazón recorre estas tres etapas: reconocimiento, arrepentimiento y transformación.

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La primera etapa en el proceso de la conversión es el reconocimiento. Si éste no se da, el proceso de la conversión no se pone en marcha, no arranca; en ese caso, le pasa al corazón como a esos coches de carrera que quedan bloqueados en la línea de salida. Cuando no hay reconocimiento, ya podemos hacer llamadas a la conversión, predicar, insistir, exhortar. En vano. El reconocimiento es como el encendido de los motores para que el coche se ponga en marcha y consiste en la aceptación interior y exterior de que nuestro comportamiento no se ha ajustado a la norma moral. Cuesta a veces dar este primer paso y, por eso, a veces escuchamos o incluso podemos decir nosotros mismos: “Pues no veo que haya hecho nada malo”. Esta forma de reaccionar diciendo que no se ha hecho nada malo es debido a que el detector de bondades y maldades que es la conciencia está estropeado y ya no funciona, no identifica lo malo como malo y lo bueno como bueno. Esa conciencia averiada se puede deber al desconocimiento de la verdad moral a causa de una ignorancia negligente (no querer formarse en la verdad) o se puede deber a una conducta habitualmente errada y ya la conciencia está tan familiarizada con el error que no le distingue de la verdad. También puede ocurrir que, aun conociendo la verdad con el entendimiento, sin embargo la voluntad está tan maliciada, tan acostumbrada a actuaciones torcidas, que ya le da lo mismo una vez más o diez o veinte o las que sea. Hemos de pedir, por eso, al Señor esta primera gracia: la de conocer la verdad y reconocer cuando nuestra conducta no se ha ajustado a ella. De lo contrario no podrá seguir adelante el proceso de conversión de nuestro corazón, que tiene como término un corazón nuevo, un corazón según el Corazón de Cristo.

La segunda etapa en el proceso de la conversión es el arrepentimiento. Es decir, una vez hecho el diagnóstico moral de una actuación y haber sido calificada como mala, uno ha de sentir pena por lo ocurrido; pena interna, sobre todo. Nos tiene que doler internamente haber ofendido al Señor y es que todo pecado ofende al Señor, le desagrada, le disgusta. El disgusto del Señor se debe a dos razones: la primera, porque no hemos hecho la voluntad del Padre, con la que Jesús está totalmente identificado; la segunda porque el pecado nos hace daño a nosotros al privarnos del gran bien de la unión con Dios y, puesto que Jesús quiere nuestro bien, le duele que nos veamos privados de él. A Jesús, pues, le duelen nuestros pecados porque ama al Padre y porque nos ama a nosotros. Hemos de pedir también la gracia de que nos duelan interiormente a nosotros, la gracia de que los pecados nos duelan en el alma. En un corazón dolido y arrepentido puede obrar la gracia por medio del perdón.

La tercera etapa en el proceso de la conversión es la transformación. Es el término y final del camino. Si recuerdan el Evangelio, el Bautista va llevando a sus oyentes a través del camino que hemos señalado a este final: el de un nuevo orden de cosas o nuevo modo de vivir debido a una renovación del corazón y es que cuando el corazón cambia, ya nada es igual. Los corazones convertidos cambian la vida. Los corazones convertidos van mejorando su vida moral hasta desterrar a las tinieblas exteriores todo lo que signifique ofensa al Señor por pequeña que sea.

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Terminamos ya, queridos hermanos. En este Adviento vayamos avanzando en la dirección que el Bautista nos señala, en la dirección de la verdadera conversión, es decir, en el reconocimiento de los pecados, en el arrepentimiento de los pecados y en la transformación del corazón para que nuestra vida se renueve y mejore. Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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I DOMINGO DE ADVIENTO
(27 de noviembre de 2016)

“Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre” (Mt 24, 44). Jesús nos invita a prepararnos para su segunda venida. Lo que Jesús nos dice lo repetimos nosotros cada domingo al hacer profesión de nuestra fe. “Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos”, decimos al recitar el símbolo apostólico. “Y de nuevo vendrá con gloria”, decimos al recitar el símbolo conciliar. Con respecto a la segunda venida de Cristo podemos recordar estos tres enunciados: Jesucristo vendrá con gloria, Jesucristo parece que se tarda, Jesucristo ya se ve por el horizonte.

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1. Jesucristo vendrá con gloria. Está de por medio la certeza que dejan siempre en nosotros las palabras de Jesús. Estamos acostumbrados a la veracidad de lo que Jesús nos dice. Lo ha dicho Jesús y será así. Pero a la certeza de sus palabras se añade la alegría que siempre despiertan sus promesas. La segunda venida en gloria de Jesús hará que nuestro corazón se desborde alegría, de una alegría que nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16, 22). Nos podrán quitar todo menos la alegría de tener para siempre a Jesús glorioso. Jesús está ya glorificado y a nosotros nos falta ver su gloria. Nos falta a nosotros, no a Él. En realidad, somos nosotros los que nos vamos acercando a su gloria, vamos siendo atraídos por su gloria. En uno de los más hermosos números del Compendio del Catecismo nos dice la Iglesia que “el hombre realiza su verdadera y plena felicidad en la visión y en la bienaventuranza de Aquel que lo ha creado por amor, y lo atrae hacia sí en su infinito amor” (Compendio, 533). Estamos siendo atraídos por la gloria de Jesús. Nosotros caminamos entre dos luces, la luz bautismal y la luz del final, y al estar cada vez más cerca del final estamos cada vez más inmersos en la luz, más cerca de la luz plena. Vivimos en estado de luz creciente. El principal foco de luz para nosotros está en el futuro, está en Cristo glorioso, y desde ese futuro Cristo nos atrae. “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce el ocaso” (Francisco, Lumen Fidei 1).

2. Jesucristo parece que se tarda. A veces podemos tener la impresión que Jesucristo se tarda en llegar. En realidad, ha habido épocas en las que algunos juzgaban que la venida en gloria era inminente (al principio) y hay otras épocas en las que se juzga que la venida en gloria nunca va a llegar (la nuestra). Son juicios humanos, siempre falibles porque la razón humana está dañada por muchos prejuicios y el corazón humano está herido por muchas pasiones y por eso juzgamos en unos casos que Dios se adelanta y en otros casos que Dios se retrasa. En realidad Dios siempre llega a “su” hora y no a la nuestra. Dios llega siempre a punto, a la hora exacta. Dios llega en la plenitud de los tiempos, es decir, cuando él llega se llenan los tiempos, ni antes ni después. La cultura actual predominante, que es interesadamente inmanentista, no quiere que se hable de la segunda venida del Señor. Y detrás de esta ideología mundana está la inteligente acción del maligno que la propicia. De esa forma, mundo y demonio van induciendo a las almas al descuido espiritual y al desorden moral y a la negligencia religiosa y al olvido de la trascendencia y al silenciamiento de la eternidad. Pero Cristo vendrá con gloria. Escribía san Cirilo de Jerusalén: “El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cuz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé” (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15).

3. Jesucristo ya se ve por el horizonte. A pesar de esa cultura que se nos quiere imponer de olvido de la segunda venida del Señor como fruto de una ideología inmanentista, Jesucristo, sin embargo, está dando continuamente señales de vida. Jesucristo está continuamente apareciendo, sobre todo, en los sacramentos. Cada sacramento es presencia personal de Cristo “per modum Incarnationis”. En cada sacramento, la gloria de Cristo se comunica al alma y, por tanto, Cristo glorioso viene hasta nosotros. Y además de los sacramentos, Jesús se hace presente en tantas y tantas gracias actuales con que nos enriquece a diario.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Lo hacemos repitiendo ahora de forma personalizada la oración que eleva a Dios Padre la Iglesia de forma comunitaria en este primer domingo de Adviento: “Dios todopoderoso, aviva en mí, tu fiel, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañado por las buenas obras, para que colocado un día a su derecha, merezca poseer el reino eterno. Amén”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. GUadalajara. ESPAÑA.

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