1. Homilías Dominicales

DOMINGO IV DE ADVIENTO

(21 de diciembre de 2014)

MONICIÓN INTRODUCTORIA ——————–

 Jesucristo, “Pimpollo, Faces de Dios y Camino”, como le llama Fray Luis de León en Los Nombres de Cristo, celebra, aquí y ahora, para complacencia de Padre y para santificación de nuestras almas su Misterio Pascual.

Lo celebra Él en este cuarto Domingo de Adviento, recién estrenado el blanco y crudo invierno y a sólo tres días de la Navidad y nos asocia a su celebración, como miembros que somos de su Cuerpo, de tal manera que la celebración es ya “acción” del “Cristo total” (Christus totus)” (CEC 1136) y “así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público” (SC 7)

Miremos, queridos hermanos, de qué Cuerpo tan santo somos miembros y procuremos que la santidad sea el adorno de la casa de Dios (cf. Sal 93, 5), sea el adorno de nuestro cuerpo. Por eso, ahora, lo primero de todo, hagamos un acto de profunda humildad reconociendo que no siempre nuestra vida ha sido tan santa como lo requiere nuestra condición de miembros del Cuerpo místico de Cristo. Volvamos los ojos, humildes y confiados, hacia el corazón compasivo y misericordioso del Señor.

HOMILÍA ————-

“El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María” (Lc 1, 26-27). Así comienza el evangelista San Lucas su relato de la Anunciación, que hemos vuelto a escuchar en este cuarto domingo de Adviento, a las puertas ya de la Navidad. Este relato de San Lucas, y más concretamente los dos versos que hemos seleccionado para nuestra homilía, es puesto como ejemplo en algunas escuelas de periodismo para mostrar cómo se ha de elaborar correctamente la redacción de una noticia, ya que no sólo se da fe de un hecho sino que se precisan con brevedad y acierto los nombres propios de personas, tiempos y lugares: Gabriel, Galilea, Nazaret, María, José. Al mencionar nombres propios de personas y lugares se nos está indicando que se trata de un acontecimiento real e histórico, no una ficción o una construcción de nuestra fantasía; un acontecimiento, además, que tiene un sentido muy profundo. De esta forma el evangelista nos hace una triple invitación: la invitación a acercarnos a un acontecimiento, la invitación a contemplar ese gran acontecimiento y la invitación a descubrir el sentido último de dicho acontecimiento.

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Acercarnos a un acontecimiento. Este gran misterio de la Encarnación, nos viene a decir el evangelista San Lucas, es algo real, objetivo, histórico y susceptible de ser datado. Dios ha entrado en la historia, en nuestra historia. Es un acontecimiento que ha surgido fuera de nosotros mismos. Nuestra fe no es una proyección de nuestros deseos interiores, sino que tiene su origen en un hecho que ha venido de fuera, que se acerca a nosotros, que se nos ofrece a cada uno de nosotros para que le prestemos, con la ayuda de la gracia, nuestro libre asentimiento. El hecho, lo acontecido, es que Dios se ha encarnado, que ha venido hasta nosotros en un tiempo determinado, en un lugar determinado, de una manera determinada. El invisible se ha hecho visible. El eterno se ha hecho temporal. Dios, que es espíritu, ha tomado nuestra humanidad. La fe no es fantasear o soñar sino vivir un acontecimiento. Dios, en Cristo, ha entrado en la historia, en nuestra historia y no se ha ido de ella. Ahora Cristo está ya glorioso en medio de nosotros. San Lucas, con el relato que hemos proclamado hoy, nos habla del momento central de ese acontecimiento: acontecimiento que tuvo su origen en la eternidad de Dios y que ha tenido su culmen en la glorificación de Cristo.

Contemplar un gran acontecimiento. El misterio de la Encarnación es la obra mayor de Dios. En este misterio Dios muestra su gran poder, muestra su gran sabiduría, muestra su gran bondad y deja traslucir su cautivadora hermosura. El que se acerque a este misterio con corazón puro quedará fascinado. La grandeza de una obra está en la sabiduría y el amor con que se hace y en esta gran obra de la que hablamos, la sabiduría y el amor sobrepasan lo que nuestras capacidades naturales son capaces de contener. Para dar cabida a tanto amor y a tanta sabiduría hay que ensanchar y agrandar las fronteras de nuestro entendimiento y de nuestro corazón. Acerquémonos a este misterio con profunda piedad, con grandísimo respeto, con inmenso cariño. Emplea santa Teresa una comparación muy hermosa en el capítulo segundo de las Cuartas Moradas para hablar de este ensanchamiento espiritual por la contemplación del Amor de Dios: “Hagamos cuenta, para entenderlo mejor, que vemos dos fuentes con dos pilas que se hinchen de agua… Estos dos pilones se hinchen de agua de diferentes maneras; el uno viene de más lejos por muchos arcaduces y artificio; el otro está hecho en el mismo nacimiento del agua y vase hinchendo sin ningún ruido… que, como comienza a producir aquella agua celestial de este manantial que digo de lo profundo de nosotros, parece que se va dilatando y ensanchando todo nuestro interior y produciendo unos bienes que no se pueden decir” (4M 2-6). La contemplación del Misterio dilata el corazón. La contemplación no es evasión. La contemplación es dejar que el Misterio de Dios llene y ensanche nuestro corazón. San Ignacio emplea en los Ejercicios la expresión de “aplicación de sentidos” para esas oraciones del atardecer que tiene ya ese sabor contemplativo, pero la expresión, en general, no se entiende bien. No se trata de poner en actividad fatigosa los sentidos, sino más bien de dejarlos tranquilos y que de esa forma vaya entrando por ellos, mansa y serenamente, el Misterio: mirar con fe luminosa para que el corazón descubra internamente la presencia del Amado, oír con fe pacificada la voz del Amado para que el corazón exulte de alegría espiritual… Porque hay diferencia entre mirar y “mirar” (quedarse sólo en lo exterior y visible o transitar, por medio de la luz de la fe, hacia lo invisible (los griegos distinguen entre “blepo” y “orao”) y hay diferencia entre oir y “oir” (una cosa es la percepción de sonidos y otra es la aceptación cordial del que nos habla) ¿Recuerdan el gozoso repaso espiritual que hace san Agustín de los cinco sentidos en sus Confesiones? (Cf. Conf. 10, 27). Pues esa es la aplicación de sentidos.

Descubrir el sentido último del acontecimiento. El sentido último del acontecimiento que nos disponemos a celebrar está un poco más allá de Belén, siete kilómetros más al norte, en Jerusalén; concretamente, en el Calvario. Los dos misterios (Nacimiento y Muerte) están unidos; las dos ciudades (Belén y Jerusalén) están unidas. “Su pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación”, nos recordará el Catecismo (CCE 607). Hemos de acostumbrarnos a unir también nosotros en nuestra piedad y en nuestra vida los dos momentos de un mismo misterio, el momento inicial y el momento final de la Encarnación. Y al mirar la Cruz no hay que decir “qué lástima que todo acabe así”, sino más bien pensar “qué bien que todo acabe así”. Sólo el que ama en plenitud y pureza es capaz de entregar la vida. Sólo Dios es capaz de amar con un amor puro y total; por tanto, el Crucificado es la expresión máxima del amor de Dios. ¡Sólo Dios puede dejarse crucificar! La Crucifixión se convierte en la prueba más evidente de la divinidad de Cristo. La cruz es la expresión máxima de la sabiduría y del amor. Ama verdaderamente quien es capaz de sufrir por la persona amada. Quien quiera saber lo que es amar de verdad o quien quiera aprender a amar de verdad, que se acerque a la cruz de Cristo, es decir, que se acerque al sentido último de la Encarnación. San Ignacio, cuando invita al ejercitante a contemplar el nacimiento de Jesús escribe: “Y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116). También la poesía religiosa ha sabido unir los dos momentos del misterio. Así Lope de Vega en un conocido villancico: “Las pajas del pesebre/, niño de Belén,/ hoy son flores y rosas,/ mañana serán hiel”. En la misma línea Eduardo Marquina, quien tras iniciar su romancillo con los conocidos versos de la Virgen que está lavando y tendiendo en el romero, añade: “Mirando al Niño divino/ se decía enternecida: “¡Cuánto tienes que sufrir,/ lucerito de mi vida”/ La cabeza de mi niño,/ tan hermosa y agraciada,/ luego la tengo de ver/ con espinas traspasada!”. Y así va mirando la Virgen las manos y los pies de Jesús presintiendo el futuro dolor de los clavos en ellos. También algunos villancicos populares han sabido unir muy bien los dos momentos. Recuerden: “Y sobre campana, tres/, en una cruz a esta hora,/ el niño va a padecer” o el conocido “dime niño de quién eres/ y si te llamas Jesús./ Soy amor en el pesebre/ y sufrimiento en la cruz”. Así que desde Belén hay que mirar al Calvario; celebrativamente hablando podemos decir que desde el valle feliz del próximo 24 de diciembre, dentro sólo de tres días, hay que mirar a la cruz alzada del Viernes Santo, que el próximo año 2015 será el 3 de abril. ¡La cruz del Viernes Santo atraiga nuestros corazones! (cf. Jn 12, 32).

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Terminamos ya, queridos hermanos. Comenzábamos nuestra homilía citando las primeras palabras de la escena de la Encarnación: “El ángel Gabriel fue enviado por Dios…”; pues recordemos ahora las últimas: “María dijo: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Aceptemos nosotros con gratitud, como la Santísima Virgen, el magnífico proyecto de salvación que Dios en su amor y sabiduría ha pensado y realizado para todos nosotros. Y digamos de corazón: “Aquí estoy, Señor; hágase en mí según tu palabra”. Todo sea para gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIÓN ——————-

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por los Hermanos Maristas de Guadalajara, por los Hermanos de la Sagrada Familia de Sigüenza, por las Hijas de la Caridad de Guadalajara, por la Comunidad de Betania de Brihuega, por la Orden de las Vírgenes, por el Instituto Secular “Alianza en Jesús por María”, por el Instituto Secular “Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote” en Guadalajara, Mondéjar y Sigüenza y por la Obra de la Iglesia en Guadalajara. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor

AVISOS FINALES —————–

La semana cristiana que hoy comienza nos trae varias celebraciones destacadas, alguna de ellas especialmente destacada, que vamos a adelantar:

El día 25, jueves, es la solemnidad de la Natividad del Señor. La Iglesia celebra en ese día tres Misas: la Misa de medianoche, la Misa de la aurora y la Misa durante el día. El Martirologio Romano comienza el elogio de este gran día con las palabras de la kalenda: “Pasados innumerables siglos desde la creación del mundo…”

El día 26, viernes, es la fiesta de san Esteban, protomártir. Parece como si se iniciase un gran cortejo que empieza a seguir al Cordero por donde va. Y este cortejo que sigue al Cordero lo encabezan los mártires.

El día 27, sábado, es la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista, el discípulo amado de Jesús. Así tras los mártires, el cortejo que sigue al Cordero lo forman los que tienen el corazón puro y virginal. De esta forma, el martirio (hecho vida en san Esteban) y la virginidad (hecha vida en san Juan) se convierten en las gracias primeras de la nueva humanidad.

Sea para todos nosotros esta semana, la semana de la Navidad, una semana llena de gozo, de gracia y de paz.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 DOMINGO III DE ADVIENTO
(14 de diciembre de 2014)

MONICIÓN INTRODUCTORIA —————-

 Jesucristo, el Enviado por el Padre y el Esperado de las naciones, celebra, aquí y ahora, su Misterio Pascual: su muerte redentora, su sepultura fecunda y su resurrección gloriosa.

Lo celebra por voluntad del Padre y para nuestra salvación y nos invita a asociarnos a su celebración en este tercer domingo de Adviento en que ya se nota la alegría de la Navidad, tanto en el ambiente exterior como en el ámbito doméstico y, sobre todo, en nuestro corazón.

Con corazón gozoso iniciemos, pues, nuestra celebración. Y para que el gozo sea pleno supliquemos al Señor compasivo y misericordioso que se apiade de nosotros, pues nos reconocemos pecadores y conocemos por experiencia el poder de su infinita misericordia.

HOMILÍA ————————-

“Allanad el camino del Señor” (Jn 1, 23). La Iglesia nos vuelve a hacer en este domingo, el tercero de Adviento, la misma invitación que nos hacía el pasado domingo: “Allanad el camino del Señor” (Mc 1, 3). La frase, tomada de Isaías y repetida una y otra vez por San Juan Bautista en sus predicaciones, es una bella metáfora en la que el signo es un camino con subidas y bajadas que hay que nivelar y el significado es la virtud de la humildad. El espíritu del Adviento se puede resumir en esta virtud: humildad. La virtud de la humildad es la que hace que vivamos todo con ánimo equilibrado y sereno, sin altibajos llamativos que agotan a la persona. La virtud de la humildad aquieta los excesos de la emotividad y eleva los decaimientos del ánimo. Todo lo iguala, todo lo nivela. Humildad, virtud del Adviento. Y como la vida entera es un Adviento, una espera de la venida en gloria del Señor, entonces la virtud que debe caracterizar nuestra vida entera, de principio a fin, es la virtud de la humildad. Los santos valoran tanto la humildad que la consideran el fundamento o cimiento de toda la vida espiritual. Y ya que estamos en el Año Teresiano, recordemos la famosa definición que hace santa Teresa de la humildad. Y lo vamos a hacer de forma literal y completa. Escribe en las Sextas Moradas: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad y púsoseme delante, a mi parecer, sin considerarlo sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira” (6M 10, 7). En otro pasaje de esas mismas Sextas Moradas habla de tres “joyas que comienza el Esposo a dar a la esposa” y son el “conocimiento de la grandeza de Dios”, el “propio conocimiento y humildad” y el “tener en muy poco todas las cosas de la tierra” (6M 5, 10-11). Nos vamos a quedar con este último texto y lo vamos a comentar brevemente. La humildad consiste en un triple conocimiento: el conocimiento de la grandeza de Dios, el conocimiento de la propia pequeñez o bajeza y el conocimiento del escaso valor que tienen las cosas de la tierra.

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El conocimiento de la grandeza de Dios. Este es el primer paso para llegar a tener un corazón humilde y, por tanto, ser sabios según Dios. Decía Jesús en cierta ocasión: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a pequeños” (Mt 11, 25). Frente a frente las dos maneras de ser sabio: según el mundo y según Dios. La soberbia es la sabiduría según el mundo y la humildad es la sabiduría según Dios. Conocer a Dios le hace a uno humilde. Dios es Dios, Creador, Salvador, Señor, Dueño de todo lo que existe, Amor infinito y Amor misericordioso (cf. Catecismo 2096). He aquí el primer paso para llegar a la virtud de la humildad: el conocimiento de la grandeza de Dios. Veamos cuál es el segundo.

El conocimiento de la propia pequeñez y bajeza. He ahí el segundo paso a dar si queremos llegar a ser humildes. No es que la santa cargue gratuitamente la mano contra ella misma o contra nosotros, sino que ve con objetividad “cómo cosa tan baja en comparación del Criador de tantas grandezas le ha osado ofender” (6M 5, 10). El Catecismo habla de “la nada de la criatura”, que sólo existe por Dios” (Catecismo 2097). Hace bien pocos días, el día de la Inmaculada, decía nuestro obispo con valentía y lucidez en la homilía de la Misa en la catedral diocesana que hemos de pedir “al Espíritu Santo que nos ilumine para descubrir, identificar y poner nombre a nuestras faltas y pecados para no perder nunca la conciencia de que somos pecadores”. Y añadía: “De este modo, estaremos en condiciones de reconocer la verdad de nuestra existencia y la limitación de nuestras capacidades, aprenderemos a ser humildes y podremos acoger en nuestro corazón al Salvador”. He aquí, pues, el segundo paso a dar para llegar a la virtud de la humildad: el conocimiento de la propia pequeñez y bajeza. Veamos cuál es el tercero.

El conocimiento del escaso valor de los bienes terrenos. He ahí el tercer paso a dar si queremos llegar a tener un corazón humilde. Dice textualmente la santa: “Tener en muy poco todas las cosas de la tierra si no fueren las que puede aplicar para servicio de tan gran Dios” (6M 5, 10). Hay gran similitud entre estas palabras de santa Teresa y las que escribe San Ignacio en la meditación del Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales: “Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas… solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” (EE 23).

He ahí, pues, las “tres joyas” (por emplear la terminología de la santa) que Cristo comunica a nuestro corazón para hacerle humilde de verdad: conocimiento de Dios, conocimiento de sí y conocimiento de las cosas terrenas. Así es como se abajan las colinas de la soberbia, así es como se rellenan los valles de los desánimos. Así es como el Señor puede llegar a las almas.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Hemos citado con profusión a santa Teresa, llevados de nuestro deseo por conocer y apreciar la virtud de la humildad. Citémosla una última vez. Escribe en una de sus poesías: “Dichoso el corazón enamorado,/ que en solo Dios ha puesto el pensamiento;/ por Él renuncia a todo lo criado,/ y en Él halla su gloria y su contento;/ aun de sí mismo vive descuidado/ porque en su Dios está todo su intento,/ y así alegre pasa y muy gozoso/ las ondas de este mar tempestuoso”. Sigamos avanzando, queridos hermanos, por caminos de humildad en este Adviento. Nos ayude la intercesión y el ejemplo de la santísima Virgen, que esperó a Jesús con inefable y humilde amor de Madre; nos ayude la intercesión y el ejemplo de San Juan Bautista, que fue menguando para que Cristo creciese. Sigamos avanzando por caminos de humildad, para que así el Señor, que nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, nos encuentre, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza. Todo sea para gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIÓN ————————

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por las Hermanas de la Reunión del Sagrado Corazón de Guadalajara, por las Religiosas Scalabrinianas de Guadalajara, por las Ursulinas de la Unión Romana de Guadalajara y Molina, por los Padres Agustinos y los Padres Franciscanos de Guadalajara, por los Padres Josefinos de Azuqueca de Henares y por los Padres Salesianos de Guadalajara. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES ———————

El tercer Domingo de Adviento nos da la entrada para la tercera semana de Adviento. Y si el tercer Domingo es conocido como el Domingo “Gaudete” o Domingo de la alegría, también la semana entera ha de estar marcada por la alegría sobrenatural. Al Motivo general de la alegría que es la venida del Señor, añadimos en esta semana tres motivos particulares:

El primer motivo particular de alegría es la gracia que está trayendo consigo la celebración del Año Teresiano en forma de Indulgencia plenaria, que tantos fieles están recibiendo.

El segundo motivo particular de alegría es la celebración del Año de la Vida Consagrada, que está sirviendo para un mayor conocimiento y estima de todos los miembros de la Vida Consagrada en nuestra diócesis, religiosos y religiosas, distribuidos en 51 comunidades.

El tercer motivo particular de alegría es nuestro Seminario Diocesano y las distintas actividades que están organizando sus formadores para tratar de que sea sentido por todos los fieles como el corazón de la diócesis.

Sea para todos nosotros esta semana, la tercera semana de Adviento, la semana del Domingo “Gaudete”, una semana llena de gozo, de gracia y de paz.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 DOMINGO II DE ADVIENTO

(7 de diciembre de 2014)

MONICIÓN INICIAL —————-

 Jesucristo, “el Retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba” (Ap 22, 16), celebra, por el Espíritu Santo, su Misterio Pascual, aquí y ahora, para gloria del Padre y salvación de las almas.

 Lo celebra Él, aquí y ahora, en este segundo Domingo de Adviento, en estos primeros días del mes de diciembre, cuando ya se empiezan a sentir los primeros fríos del cercano invierno. Pero si desciende la temperatura exterior, suba, en cambio, la temperatura interior de nuestro corazón al calor de otra cercanía, la del Señor.

 Y junto a la temperatura interior, cuidemos la pureza de corazón para “ver” así, con los ojos de la fe, a Dios sacramentalmente presente en medio de nosotros. Por eso, con este deseo de pureza interior, reconocemos al inicio de la celebración con humildad nuestros pecados e invocamos con confianza filial la misericordia divina.

 HOMILÍA —————-

“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1, 1). En los primeros compases del nuevo año litúrgico hemos escuchado las  palabras con las que San Marcos abre su relato evangélico. Son palabras que saben a nuevo: “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1, 1). La palabra Evangelio significa “Buena Nueva”. Con Cristo comienza lo nuevo y quien recibe a Cristo en su corazón va experimentando una continua renovación de vida. La presencia de Cristo en la historia hará que al final, como dice San Juan en el Apocalipsis, todo se renueve. “Ahora hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5), escribirá el vidente de Patmos. Pues bien, aquella novedad que veremos al final de la historia,  ha comenzado ya con la Encarnación del Verbo, es decir, con Jesucristo, cuyo Evangelio iremos contemplando a lo largo del año. Tiempos nuevos, novedad… Son expresiones gratas de oír, pero expresiones que nos obligan a pensar. A la luz de la Palabra de Dios tratemos de responder a estas tres preguntas: ¿En qué consiste lo nuevo? ¿En qué consiste lo viejo? ¿Cómo pasar de lo viejo a lo nuevo?

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¿En qué consiste lo nuevo? Nuestra primera pregunta. En su sentido material, lo nuevo es lo que comienza a existir y a partir de ahí se va desgastando. Pero en su sentido moral, lo nuevo es lo que comienza a existir y a partir de ahí se va mejorando. Pues bien,  lo verdaderamente nuevo, aquello a partir de lo cual todo va mejorando, consiste en la presencia de Jesucristo, el Verbo encarnado, en la historia humana. La presencia de Cristo hace que los corazones vayan pasando de una situación de vejez y decrepitud, como es la situación de pecado, a una situación de novedad, como es la vida de gracia y de una vida de gracia de mínimo nivel a una vida de fervor y de amor perfecto. Cuando Cristo se hace presente en el corazón de una persona, su vida entra en un proceso de continuo progreso moral, de continua renovación espiritual. La novedad, por tanto, consiste en nuestra transformación en Cristo. Esto, la transformación en Cristo, es lo que deseamos para todos pero muy fervientemente para las almas consagradas en este año.

 ¿En qué consiste lo viejo? Nuestra segunda pregunta. Lo viejo, ciertamente, es el pecado. Lo más caduco de todo es el pecado mortal. No hay mayor caducidad que la muerte y el pecado mortal mata la vida divina en el alma; por tanto, lo más viejo y caduco es el pecado mortal. No obstante hay que añadir, por emplear un lenguaje comprensible, que no todo lo que hay a partir de la raya del pecado mortal hacia acá puede ser calificado, sin más, como nuevo.  Habremos de examinar con honestidad delante de Dios los modos que tenemos de realizar las obras buenas para caer en la cuenta de cómo son muchas veces modos impuros y mundanos. Examinemos nuestros modos de hacer. ¡Cuántas veces desatendemos la pureza de corazón y olvidamos los modos limpios al actuar y lo basamos todo en la habilidad y en la viveza para conseguir las metas, objetivamente buenas sin duda, que nos hemos fijado! La habilidad y la viveza están muchas veces más cerca de la trampa y del cinismo que de la gloria de Dios. La debilidad espiritual o la rutina y bajo tono que observamos con frecuencia en nosotros mismos radica en que muchas veces no hacemos las cosas como Dios quiere, aunque hagamos cosas objetivamente buenas. Miremos no sólo los fines, sino también los modos de conseguirlos. Los modos impuros denotan un estado espiritual viejo y decrépito. Mientras no nos decidamos por los modos puros al practicar el bien, seguiremos, en cierta medida, anclados en lo viejo.

 ¿Cómo hacer que en mi vida vaya creciendo la novedad? Nuestra tercera pregunta. Si Jesús es la novedad, nuestra vida irá creciendo en novedad a medida que vivamos más íntimamente unidos a Jesús. Y donde más íntimamente se une Jesús con nuestra alma es en los sacramentos y en la oración. En el tiempo de Adviento procuremos la práctica devota del sacramento de la Penitencia y participemos devotamente en la Eucaristía. En el tiempo de Adviento, además, vayamos dando pasos decisivos para llevar una vida habitual de oración. Escribe nuestro obispo en el Plan Pastoral Diocesano citando al Papa Francisco: “Hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades y el fervor se apaga” (Plan Pastoral Dioc., 20a; Evang. Gaud., 262). Cultivemos, pues, con esmerado celo nuestro propio espacio interior y así, sin ruido, en la normalidad serena de nuestra existencia, nuestra vida irá creciendo de gracia en gracia, de novedad en novedad.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Bendito sea el Señor, “quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación”. Quiera el Señor que “cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar” (Prefacio I de Adviento).

 PETICIÓN ————————

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana  oramos por las Ursulinas de Sigüenza, las Adoratrices de Guadalajara, las Carmelitas del Sagrado Corazón de Guadalajara y Humanes, las Religiosas de Santo Domingo de Azuqueca, las Hermanas Maestras de Santa Dorotea de Alovera, Azuqueca, Guadalajara y Sigüenza, las Hermanas de la Caridad de Santa Ana en Guadalajara y Molina y las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Guadalajara y Sigüenza. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

 AVISOS FINALES ———————–

El Domingo es el primer día de una nueva semana cristiana, en este caso, la segunda semana de Adviento, que trae consigo algunas celebraciones destacadas que vamos a adelantar:

 Mañana, día 8, celebraremos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, patrona de España. Aquí, en la catedral diocesana, presidirá la celebración el Sr. obispo, a las doce del mediodía, y nos impartirá al final la bendición apostólica que, recibida con las debidas disposiciones, nos enriquecerá con la gracia de la Indulgencia plenaria.

 A lo largo de la semana tendremos muy presentes a nuestros hermanos de Méjico, en esta semana a la que podríamos calificar como su “semana grande” del Año, ya que celebrarán el día 9 a san Juan Diego y el día 12 a la Virgen de Guadalupe. Nos uniremos en espíritu a los miles de peregrinos que llegarán hasta la gran basílica para decirle otra vez a la Virgen cantando: “Por patria nos diste este lindo suelo/ y lo bendijiste pues era tu anhelo/ tener un santuario cerquita del cielo… ¡Que viva la Reina de los mejicanos/ la que con sus manos sembró rosas bellas/ y puso en el cielo millares de estrellas!”

 El sábado, día 13, celebraremos la memoria de santa Lucía, de quien el Martirologio Romano hace el siguiente elogio: “Memoria de santa Lucía, virgen y mártir, la cual, mientras vivió, conservó encendida la lámpara esperando al Esposo, y llevada al martirio en Siracusa, ciudad de Sicilia, en Italia, mereció entrar con Él a las bodas y poseer la luz indefectible”.

 Sea para todos nosotros esta nueva semana cristiana, la segunda semana de Adviento, una semana llena de esperanza, de gracia, de gozo y de paz.

 Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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DOMINGO I DE ADVIENTO
(30 de noviembre de 2014)

MONICIÓN INTRODUCTORIA ——————

Jesucristo, “Aquel que es, que era y que va a venir” (Ap 1, 8), celebra su Misterio Pascual, aquí y ahora, para gloria del Padre y salvación del mundo.

Lo celebra en este primer domingo de Adviento del nuevo Año Litúrgico y en este día, 30 de noviembre, en que nuestros hermanos de rito oriental honran la memoria del apóstol San Andrés, de quien el Martirologio Romano hace el siguiente elogio: “Fiesta de san Andrés, apóstol, natural de Betsaida, hermano de Pedro y pescador como él. Fue el primero de los discípulos de Juan el Bautista a quien llamó el Señor Jesús junto al Jordán y que le siguió, trayendo consigo a su hermano. La tradición dice que, después de Pentecostés, predicó el Evangelio en la región de Acaya, en Grecia, y que fue crucificado en Patrás. La Iglesia de Constantinopla lo venera como muy insigne patrono”.

Tengamos todos los cristianos, los de rito oriental o griego y los de rito occidental o latino, nuestra mirada vuelta hacia el Señor. En Él hallaremos la anhelada unión, “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14). Sea Cristo ahora la paz de nuestros corazones y nos disponga Él mismo  adecuadamente para celebrar con la dignidad merecida estos sagrados misterios.

HOMILÍA —————–

“Ordenó al portero que velase” (Mc 13, 24). El verbo más repetido en el Evangelio de este primer domingo de Adviento es el verbo velar. De las cuatro veces que aparece, llama la atención esta frase que hemos seleccionado para nuestra homilía: “(El dueño de la casa) ordenó al portero que velase” (Mc 13, 34). El texto evangélico en su conjunto nos sitúa en el ambiente de la última venida, es decir, en un ambiente de la máxima seriedad. No hay asunto de más trascendencia que el de la eternidad. Por eso vale la pena hablar de él con más frecuencia de la que hablamos; parece que hay un pacto de silencio, de intereses y de temores para no hablar del asunto más importante de todos: la eternidad. Y relacionado con la eternidad está el verbo velar, el verbo estrella de este domingo. Pero vayamos por partes y por orden. Para desentrañar la riqueza del verbo y de la frase seleccionada, nos podemos fijar en estos tres puntos: Dios ordena (primer punto), Dios ordena al portero (segundo punto), Dios ordena al portero que vele (tercer punto).

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Dios ordena. Dios da órdenes. Dios se pone en su sitio. La enseñanza de Jesús está referida en este caso al final de la historia; de todas las formas, bueno será recordar que Dios está siempre en su sitio, en su trono, tanto al principio de la historia humana como en medio o como al final de la misma. Dios ejerce, además, de Dios: dispone, decide, manda, ejerce su autoridad. Ocurre, sin embargo, que muchos de nosotros y en muchas ocasiones acostumbramos a tratar con Dios de forma poco adecuada; acostumbramos, incluso, en ocasiones a discutir con Dios, como esos hijos maleducados que ponen pegas a todo lo que sus padres les mandan. Y de esa forma la vida familiar se convierte en un griterío y en un forcejeo y ya se sabe que donde se grita mucho se obedece poco, es decir, se ama poco. Por eso, una de las señales del progreso espiritual es ir creciendo en la calidad de trato con Dios Padre y con Dios Hijo y con Dios Espíritu Santo, un trato comedido, reverente, respetuoso, confiado, silencioso y adorante en tantas ocasiones en que sus disposiciones desbordan al alza nuestras previsiones. En algún momento del camino espiritual Dios llega a pedir al alma que, de pronto y hasta nueva orden, viva como ciega, sorda y muda. Ya se servirá de otros siervos suyos para hacer saber a quien lo haya de saber lo que convenga saber. “La mayor necesidad que tenemos para aprovechar es de callar a este gran Dios con el apetito y con la lengua, cuyo lenguaje que él más oye sólo es el callado amor” (SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor 131)

Dios ordena al portero. En realidad da órdenes a todos. El texto evangélico nos dice que el dueño de la casa “puso todo en manos de sus siervos, señalando a cada cual su tarea” (Mc 13, 34). No hay nadie, pues, que no haya recibido algún encargo del Señor, alguna misión en su amada Iglesia. Pero destaca una misión particular, una misión de especial repercusión en el buen cumplimiento por parte del resto de los siervos: “Ordenó al portero que velase” (Mc 13, 34). ¿Y quién es el portero? ¿Y por qué es tan importante su misión? Del portero dependen dos cosas: la seguridad de la casa, ya que impide el paso a los intrusos, y las advertencias oportunas cuando llegan visitas esperadas y deseadas. Sin duda, quienes debemos cumplir esta alta misión en la Iglesia somos principalmente los sacerdotes y las almas consagradas. De forma muy especial en este Año dedicado a la vida religiosa (29 de noviembre de 2014 al 2 de febrero de 2016), hemos de recordar que esta misión de vigilancia compete muy particularmente a los consagrados. En este sentido, hay imágenes y sonidos que valen más que mil palabras: cada día, aquí en la ciudad de Sigüenza, a las seis y media de la mañana, se oye sonar la pequeña campana del monasterio de Hermanas Clarisas. Es hora temprana, hora de religiosa vigilancia. Y al llegar a la iglesia del monasterio se ve que sale luz por los altos ventanales, luz que sale de dentro a fuera. Están las hermanas orando, están las hermanas velando, están cumpliendo su misión.

Dios ordena al portero que vele. ¿Y cómo velamos nosotros, sacerdotes y consagrados, los porteros de la familia de Dios? Velamos por la oración, por la austeridad y por la caridad. Velamos por la oración (una oración cada vez mejor hecha), de día y, si se puede, también de noche. Aquellas comunidades contemplativas que puedan o aquellos sacerdotes con fuerza y amor suficiente, hagan alguna vez oración en la noche. Esa oración de medianoche tiene una hondura, una paz, una intimidad que no se tiene habitualmente en las horas del día, tantas veces alborotadas y agitadas. Velamos también por la austeridad de vida o penitencia. Una vida austera mantiene la atención y vigilancia puesta en el Señor, el gran bien que esperamos, lejos del sopor y el aturdimiento que suele traer consigo el uso excesivo, el afán posesivo o el apego en el uso de las cosas. Velamos finalmente por la caridad fraterna sobrenatural: sobrenatural en cuanto al agente (el Espíritu Santo en nosotros), sobrenatural en cuanto a las motivaciones (por puro amor de Dios) y sobrenatural en cuanto al fin (para gloria y alabanza del Señor).

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Terminamos ya, queridos hermanos. El Señor nos encomienda a todos estar en vela. Cumplamos esa misión de vigilancia moral y espiritual, especialmente nosotros, los presbíteros y los religiosos y las religiosas, en este año en que la Iglesia estará continuamente pensando en nosotros, los consagrados, y en que nos tendrán también muy presentes todos los fieles. Todo sea para gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIÓN —————

En este primer domingo de Adviento y en este día en que nuestros hermanos de rito oriental celebran la fiesta de su patrono San Andrés, pidamos para que todos los cristianos seamos fieles al Evangelio y la Iglesia llegue pronto a la unidad. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES —————

El Domingo nos abre las puertas de una nueva semana, la primera semana del nuevo Año Litúrgico, en la que destacamos algunas fechas y algunas intenciones:

Se está celebrando en estos días la novena de la Inmaculada, con el habitual cariño con que se celebra entre nosotros esta novena. Tratemos de asistir y de disponer nuestra alma para la gran solemnidad de la Inmaculada. El Sr. obispo presidirá la Santa Misa del día de la Inmaculada en nuestra catedral diocesana, celebración que estará enriquecida con la gracia de la Indulgencia plenaria.

El miércoles, día 3, celebraremos la memoria de san Francisco Javier, presbítero de la orden de la Compañía de Jesús, evangelizador de la India, el cual, nacido en Navarra, fue uno de los primeros compañeros de san Ignacio que, movido por el ardor de dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo a innumerables pueblos en Oriente.

Hoy, como ya hemos dicho, ha comenzado el Año de la Vida Consagrada. Les invito a que tengan muy presentes en su oración en esta primera semana y a lo largo de todo el año a los 12 monasterios de nuestra diócesis, a las 22 comunidades de religiosas y a las 9 comunidades de religiosos.

Sea para todos nosotros esta semana, la primera del nuevo Año Litúrgico, una semana llena de esperanza, de gozo, de gracia y de paz.

 Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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