1. Homilías Dominicales

XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(25 de septiembre de 2016)

“Hijo, recuerda que recibiste bienes en vida” (Lc 19, 25). Así le responde Abraham a aquel hombre rico en la parábola que nos narra Jesús y que leemos en este domingo, el vigésimo sexto del Tiempo Ordinario. Cuando el rico aquel de la parábola apela a su condición de miembro del pueblo elegido, Abraham lo reconoce como tal; no obstante, en la respuesta que le da el padre de la fe hay como una pregunta implícita: “¿y qué has hecho con tantos bienes como has recibido?”. No basta, pues, con la pertenencia al pueblo de Dios; a nosotros se nos pide que, además de la pertenencia al pueblo de Dios, sepamos tener una correcta actitud ante los bienes recibidos. Podemos decir que la correcta actitud general ante los bienes recibidos incluye estas actitudes particulares: hemos de aprender a distinguir los bienes, hemos de aprender a valorar los bienes y hemos de aprender a agradecer los bienes.

*** *** ***

Hemos de aprender, en primer lugar, a distinguir los bienes. Los grandes maestros del espíritu recomiendan con mucha frecuencia la práctica del discernimiento; recuérdense, por ejemplo, las famosas reglas de discernimiento de san Ignacio. En la vida espiritual hay, por eso, un principio que se repite con frecuencia: “Acostúmbrate a distinguir”. Y bien, lo primero que hay que empezar a distinguir es lo bueno de lo malo. Pero no sólo eso; eso es sólo el primer paso. Hay que aprender a distinguir, dentro de lo bueno, el bien aparente del bien real. ¡Cuántas veces debajo de un bien aparente hay un mal real, sobre todo teniendo en cuenta la acción perversa del maligno que tienta siempre bajo especia de bien! Y hay que aprender, finalmente, a distinguir, dentro del bien real, los bienes perecederos de los bienes duraderos. En definitiva, los hijos de Dios hemos de ser especialistas en distinguir bienes y en especificar la bondad de los mismos. En la primera lectura, si recuerdan, el profeta Amós nos enseña a ver que aquellos lechos de marfil, aquellos carneros y terneras, aquellas arpas cantoras no eran valores permanentes, porque en el horizonte se divisaba ya la amarga experiencia del destierro.

Hemos de aprender, en segundo lugar, a valorar los bienes. No todos los bienes valen igual. Hay una jerarquización de bienes. El criterio para valorar justamente los bienes es mirarlos todos en clave de eternidad. Se han de pasar todos los bienes por el filtro de la eternidad para ver qué aportan de cara a la vida eterna. Los bienes hay que valorarlos según su intrínseco valor y su referencia a la salvación. No se ha de despreciar ninguno, ciertamente, pero se han de ordenar correctamente. En la segunda lectura, si recuerdan, el apóstol san Pablo nos enseña que el Mandamiento del Señor es valor permanente y que, por tanto, vale la pena mantenerse fiel al Mandamiento a pesar de dificultades y persecuciones. El Mandamiento del Señor, conducente a la salvación, es el que nos hace verdaderamente sabios. La piedad popular ha dejado asentada esta gran verdad en unos sencillos versos: “La ciencia más alabada/ es que el hombre bien acabe,/ que al final de la jornada,/ aquel que se salva, sabe/, y el que no, no sabe nada”.

Hemos de aprender, en tercer lugar, a agradecer los dones. En nuestra oración, ha de ir ocupando cada vez más tiempo la alabanza y la acción de gracia. Bien está la intercesión y la súplica; no obstante, si nos quedamos sólo en repasar y lamentar y llorar nuestros pecados, nos convertimos nosotros en el centro de nuestra vida y terminamos triturándonos. Bien está, decimos, el arrepentimiento y los lamentos por las faltas, pero eso ha de hacerse con sencillez, con serenidad, con humildad y con brevedad, porque de esa manera desplazamos enseguida nuestra atención a Dios y a su inmensa santidad, majestad, bondad, sabiduría, omnipotencia, fortaleza, prudencia, paciencia, generosidad, fidelidad… Dios es el centro y no nosotros ni nuestras faltas. Vaya, pues, cobrando cada vez más intensidad en nuestra vida la alabanza y la acción de gracia y más aún al final de nuestra vida. Toda una vida conviviendo con Dios y recibiendo tantos bienes de Dios bien justifican nuestra alabanza y nuestra gratitud. No vivamos en la ignorancia o en la ingratitud por tantos bienes recibidos.

Yo quisiera señalarles tres bienes muy valiosos que nos ha concedido el Señor y que hemos de saber agradecer; son bienes relativos a la otra vida que hemos de agradecer de todo corazón.

El primero es el bien del “domingo”. Al inicio de este tercer milenio nos invitaba el papa San Juan Pablo II a sentir el domingo “como día especial de la fe, día del Señor resucitado y don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana” (NMI 35). Yo les invito a que valoren siempre el domingo y vivan el domingo como un gran bien.

El segundo bien que les quiero señalar se contiene dentro del primero: me refiero a la Eucaristía dominical. El mismo papa en el documento ya citado nos decía que la participación en la Eucaristía ha de ser para cada bautizado el centro del domingo (cf. NMI 36). Habríamos de llegar a decir todos los cristianos como aquellos mártires de Cartago en los primeros siglos del cristianismo: “Sin la Eucaristía no podemos vivir”.

El tercer bien que les quiero señalar se contiene dentro del segundo: es la sagrada comunión. Con alma bien dispuesta, acérquense a recibir al Señor lo más frecuentemente posible. Al recibir al Señor, harán memorial de su pasión, su alma se llenará de gracia y se anticipará en ella la gloria futura.

*** *** ***

Terminamos ya, queridos hermanos. Nos hemos detenido hoy en repasar tres grandes bienes que el Señor nos ha regalado: el Domingo, la Eucaristía y la Sagrada Comunión. Le alabamos por su bondad, damos gracias por tanto bien recibido y le pedimos la gracia de corresponder adecuadamente a todos sus dones. Todo sea para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

—————————