1. Homilías Dominicales

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(1 de febrero de 2015)

MONICIÓN INTRODUCTORIA —————-

Jesucristo, el Redentor del Hombre, “el único mediador entre Dios y los hombres” (1Tm 2, 5) celebra por deseo de Dios Padre y para su gloria y nuestra salvación, su Misterio Pascual, el gran misterio de amor de su muerte redentora, de su sepultura fecunda y de su resurrección gloriosa.

Lo celebra Él y nos invita a asociarnos a Él como miembros vivos de su Cuerpo, como también se unen misteriosamente la santísima Virgen, los ángeles y los santos. Lo celebra Jesucristo en este lugar sagrado y en este día sagrado, en este Domingo cuarto del Tiempo ordinario, primer domingo del mes de febrero, en que la naturaleza parece que está todavía sumida en el letargo invernal. Nuestras almas, en cambio, estén cada vez más vivas en la presencia del Señor, el viviente y el vivificador.

Seamos conscientes de nuestra dignidad y de nuestra responsabilidad al participar en la celebración eucarística. Iniciemos nuestra celebración poniendo en acto la virtud de la penitencia: reconociendo con humildad nuestras faltas y pidiendo perdón al Señor con un corazón verdaderamente arrepentido.

HOMILÍA —————–

“Se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad” (Mc 1, 22). Domingo a domingo seguimos a Jesús, estamos atentos a lo que hace y a lo que dice. Para nosotros, Jesús no es sólo un personaje del pasado, más o menos relevante, sino que a día es nuestro Redentor y Señor, es nuestro Maestro hoy, nuestro único Maestro hoy, es la razón de nuestra vida ahora, más aún, es la vida de nuestra vida aquí. En una famosa homilía pronunciada en Manila en 1970, decía el Beato Pablo VI hablando de Jesucristo: “El es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano” (Pablo VI, Homilía en Manila el 29 de noviembre de 1970). Si es todo esto, tratemos de conocerle cada día un poco más, para amarle cada día un poco más e imitarle y parecernos a él cada día un poco más. Nos va a ayudar a ese fin hoy la escena evangélica cuya narración acabamos de escuchar, acaecida en Cafarnaún, al principio de la vida pública del Señor, en la que tras una enseñanza que despierta el asombro de sus oyentes porque enseña “con autoridad”, los mismos oyentes son testigos de uno de sus milagros que les lleva de nuevo al estupor hasta volver a repetir la misma frase: “Este enseñar con autoridad es nuevo” (Mc 1, 27). Jesús enseña con autoridad y vive con autoridad. Palabras y obras van a la par. Al fin, nuestra mejor enseñanza es nuestra propia vida. Decía San Francisco: “Hay que predicar siempre; algunas veces también con las palabras”. ¿Pero qué es enseñar con autoridad? Podemos decir que enseñar con autoridad es enseñar con verdad, es enseñar con caridad, es enseñar con humildad.

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Enseñar con autoridad es enseñar con verdad. Nada tiene que ver con la autoridad el poder ejercido de forma caprichosa, abusiva, arbitraria, cruel e inmoral, a lo que nos han tenido acostumbrados tantas veces los poderes humanos a lo largo de la historia. La autoridad no es eso. Debido a esta confusión, a confundir autoridad con abuso de poder, hay muchas personas que rechazan de entrada toda autoridad. El abuso de poder es un mal. Pero la autoridad es otra cosa, la autoridad es un bien. Autor es el que da el ser y acompaña al ser en su camino progresivo hasta alcanzar la meta de la perfección. En esa dirección nos pone el Catecismo para entender la autoridad de Dios sobre nosotros. Dice en uno de sus números: “Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza” (CCE 301). Cristo enseña con autoridad porque nos señala el buen camino y lo va recorriendo con nosotros hasta el final. Toda persona que participe de algún modo en la autoridad de Dios ha de velar por el bien del que se le ha confiado, ha de indicarle de forma clara y verdadera, sin disimulos ni deformaciones, el camino del bien y ha de recorrerlo con él en serena y ejemplar cercanía. Eso es autoridad.

Enseñar con autoridad es enseñar con caridad. Se supone que quien enseña sabe más que el que aprende. El maestro sabe más que el discípulo. Pero si ese “saber más” es sólo “sapientia mentis” (más datos en la memoria) y no “sapientia cordis” (más bondad en el corazón), entonces esos datos almacenados se suelen transformar en palabras ofensivas, hirientes, despectivas y burlonas. En mi experiencia en el mundo de la enseñanza, como alumno y como docente, he podido comprobar que lo que no soportan los alumnos son las burlas y los desprecios. De un siniestro personaje histórico, Stalin, se ha dicho que “necesitaba a su lado seres a quienes atormentar”. El juicio se podría extender a tantos otros que parece que necesitan tener siempre personas cerca a quienes molestar y ofender. El saber un poco más no justifica la falta de caridad; al contrario, cuanto más se sabe, más caridad hay que tener con el que sabe menos. Esa es la verdadera autoridad; eso, la caridad, es lo que da autoridad moral al enseñante. Ahí tenemos el ejemplo de Jesús: es la Sabiduría de Dios y, sin embargo, está lleno de caridad con aquellos rudos pescadores: no los humilla, no los desprecia, no se burla de ellos sino que los ama desde lo más profundo de su corazón. Su autoridad está impregnada de caridad.

Enseñar con autoridad es enseñar con humildad. En todos nuestros asuntos hemos de proceder con humildad: sin exagerar nuestros conocimientos ni disimular nuestras ignorancias. Y es que habitualmente vemos cómo la gente trata de disimular sus fracasos o magnificar sus logros, coloreando sus faltas con habilidad o añadiendo méritos a sus obras corrientes. Por eso, cuando uno encuentra a personas humildes que dicen las cosas como son, sin añadidos ni colorantes, da gracias a Dios. Yo he conocido a varias de estas personas verdaderamente humildes y en ellas parece que me ha venido Dios a ver. ¿Qué digo “parece”? Realmente en las personas humildes nos viene Dios a ver. Dios, que es la suma autoridad es a la vez la suma humildad, la suma verdad. Por eso recomienda Santa Teresa: “Será bien que estudiemos siempre mucho de andar en esta verdad. No digo sólo que no digamos mentira…, sino que andemos en verdad delante de Dios y de las gentes” (6M 10, 7). Eso es humildad, eso es lo que hace que la enseñanza sea persuasiva y convincente. Al humilde se le hace caso, al humilde se le obedece, al humilde se le ama, el humilde convence, el humilde atrae, el humilde nos acerca a Dios.
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Terminamos ya, queridos hermanos. La gracia vaya haciendo de todos nosotros hombres y mujeres cada vez más parecidos a Jesús. Hombres y mujeres que, como Jesús, vivamos y hablemos con verdad, con caridad y con humildad para que así nuestra vida sea, como la suya, convincente, respetable y persuasiva. Hombres y mujeres que vivan cada vez más santamente, porque una vida santa es lo que realmente da autoridad moral a las palabras. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

PETICIONES ——————

Esta tarde recibe el orden sagrado del diaconado en Guadalajara un seminarista de nuestra diócesis, Moisés. Pedimos por él y por las vocaciones al ministerio ordenado en nuestra diócesis, por nuestros seminarios diocesanos y sus formadores. Roguemos al Señor.

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por las Benedictinas de Valfermoso, por las Carmelitas Descalzas de Guadalajara e Iriépal, por las Cistercienses de Brihuega y Buenafuente, por las Clarisas Capuchinas y Franciscanas de Cifuentes, Molina y Sigüenza, por las Concepcionistas Franciscanas de Guadalajara y Pastrana, por las Jerónimas de Yunquera y por las Ursulinas de Sigüenza. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES —————–

La semana cristiana que hoy comienza, cuarta del Tiempo Ordinario, trae en sus días algunas celebraciones destacadas que vamos a anticipar:

Mañana, lunes, día 2, celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor. Cuarenta días después de Navidad, Jesús fue llevado al Templo por María y José y se manifestó así como luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo, Israel.

El martes, día 3, se celebra la memoria de san Blas, santo muy popular en bastantes parroquias de nuestra diócesis. San Blas, obispo y mártir, sufrió persecución en tiempos del emperador Licinio, a comienzos del siglo cuarto y recibió el martirio en la ciudad de Sebaste, en la antigua Armenia, hoy Turquía.

El jueves, día 5, se celebra la memoria de Santa Águeda, otra santa también muy popular en bastantes parroquias de nuestra diócesis. Santa Águeda, virgen y mártir, sufrió persecución en Catania, ciudad de Sicilia, en Italia, a mitad del siglo tercero. Siendo aún joven, en medio de la persecución mantuvo su cuerpo incontaminado y su fe íntegra en el martirio, dando testimonio a favor de Cristo Señor. Su nombre se incorporó al Canon Romano de la Misa.

Sea para todos nosotros esta nueva semana, una semana de progreso cristiano siguiendo la estela de los santos y gozando de su intercesión y compañía.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(25 de enero de 2015)

MOICIÓN INTRODUCTORIA —————–

Jesucristo, cuyo alimento es el cumplimiento de la voluntad del Padre, celebra, porque el Padre se lo pide, su Misterio Pascual.

Lo celebra en este tercer Domingo del tiempo litúrgico ordinario y último Domingo cronológico del mes de enero, cuando el frío del invierno se deja sentir con particular crudeza. Y como una cosa se cura con su contraria, frente al frío exterior, el Espíritu Santo avive el fuego de amor en nuestro corazón para responder con amor al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

En este domingo celebra la Iglesia la Jornada de la Infancia misionera. Todos, pequeños y mayores, recibimos el beneficio del don divino. Sepamos acercarnos a este don con un corazón humilde, agradecido y bien dispuesto. Invoquemos sobre nosotros la misericordia divina.

HOMILÍA ——————

“Pasando junto al lago de Galilea” (Mc 1, 16). La frase con la que comienza San Marcos la narración de la vocación de los cuatro primeros discípulos y que hemos escuchado hace unos momentos es una frase histórica. También lo es la que escuchábamos el pasado domingo cuando San Juan, narrando su propia vocación, nos decía que aquel primer encuentro con Cristo había ocurrido a las cuatro de la tarde (cf. Jn 1, 39). En ambos casos, en el del pasado domingo y en el del presente domingo, se trata de frases históricas. Acostumbramos a calificar con esta expresión de “frases históricas” a aquellas expresiones solemnes, extraordinarias y ocurrentes que son prácticamente irrepetibles; sin embargo, cuando decimos de un acontecimiento que es histórico nos estamos refiriendo llana y sencillamente a que ha sido algo que ha ocurrido en un tiempo y un lugar determinado; nada más que eso y nada menos que eso; indicamos con ello que ha acontecido, que ha sido un hecho verdaderamente real. Al decir, por tanto, que eran las cuatro de la tarde y que ocurrió junto al lago de Galilea nos estamos fijando en los dos anclajes de la historia: el tiempo y el espacio. Estamos diciendo que algo ha ocurrido realmente, que no ha sido sólo soñado, imaginado o deseado, sino que se puede constatar de forma fehaciente. Y llevado ya esto a nuestro terreno de la presencia y de la acción de Dios en nuestras vida, podemos con gozo y verdad que nosotros vivimos una historia de gracia, en unos tiempos de gracia y en unos lugares de gracia.

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Vivimos una historia de gracia.Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo” (TMA 9). La gracia tiene vocación intramundana. Cristo va llenando nuestros tiempos, todos los tiempos y todas las horas, desde la prima a la undécima; sobre todo ha llenado con su amor la hora de nona que es cuando dio su vida por nosotros en la cruz. Vivimos en la hora de nona, es decir, en la hora máxima del amor de Dios, amor real, amor actual. En el recibidor de mi casa hay un reloj que está parado a las tres para indicar cómo aquella hora del amor más grande es ya insuperable: de ella vivimos y en ella nos mantenemos. Y ese amor infinito ha ocurrido en la historia humana: en tiempo preciso y lugar conocido. “Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal” (Prefacio II de Navidad”. Dios “halla sus delicias en habitar con los hijos de los hombres” (Prov 8, 31).

Vivimos tiempos de gracia. Y eso lo ha de pensar cada uno de nosotros. Y conviene concretar. Nuestra vida, dentro de su continuidad en el amor de Dios, ha conocido tiempos particulares de gracias. Les invito a repasar los diez momentos de gracia más intensa recibida a lo largo de su vida. Si tuviera que quedarme con diez grandes momentos de gracia en mi vida, ¿con cuáles me quedaría? Puedo ir repasando mi vida desde la cima de mi edad actual y marcar con sentimientos de alabanza y gratitud aquellas diez intervenciones salvíficas destacadas de Dios en el tiempo de mi vida, en estos treinta o cincuenta o setenta años cumplidos. Pero además he de pensar que esas intervenciones de gracia no son sólo cosa del pasado. ¿Se han fijado con qué frecuencia aparece en los textos bíblicos y litúrgicos el adverbio de tiempo “hoy”? Cristo, que pasó en otro tiempo por las orillas del lago de Galilea, pasa a día de hoy por las orillas del río Gallo, por las orillas del Río de la Plata, por las riberas del océano Pacífico o por las riberas del Mar del Japón; es decir, Cristo pasa por el lugar en el que a día de hoy vivimos cada uno de nosotros. Cristo se hace presente en el hoy de mi vida, en este 25 de enero de 2015, para santificarme.

Vivimos en lugares de gracia. El segundo anclaje de un acontecimiento en la historia humana es el anclaje del lugar. La gracia es Cristo y Cristo está aquí, en nuestra tierra. El evangelista san Marcos da cuenta de aquel lugar en donde Cristo empezó su predicación y que ahora recordamos todos los jueves en el tercer misterio luminoso: aquel lugar único, el lago de Galilea, cuya superficie del agua está a 210 metros bajo el nivel del mar, aquel lugar único, el lago de Galilea, de 21 kilómetros de longitud de Norte a Sur y de una anchura máxima de 11 kilómetros, aquel lugar único, el lago de Galilea, con una superficie de 166 kilómetros cuadrados y una profundidad máxima de 45 metros. Cristo predicó en aquel lugar y predica en todo lugar, también en el lugar de nuestra residencia habitual o en el de nuestra residencia ocasional. Cristo nos ha ido predicando en los diversos lugares por donde hemos pasado o en donde hemos vivido. Les invito a que hagan un repaso de aquellos diez lugares en los que han sentido más intensa y vivamente la presencia de Jesús a lo largo de su vida. Vuelvan a ellos o, mejor, ellos vengan de nuevo hasta ustedes, como un vivo memorial. Con acierto recomienda San Ignacio en los Ejercicios la aplicación de sentidos. ¡Historia de gracia! ¡Tiempos de gracia! ¡Lugares de gracia!

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Terminamos ya, queridos hermanos. Nos dice el orante del salmo 95 que si oímos hoy su voz, no endurezcamos nuestro corazón (cf. Sal 95, 7-8). Y seguro que Cristo pasa hoy por nuestra vida, pasa hoy por nuestro pueblo o villa o ciudad. Estemos atentos a su llamada de amor y démosle nuestra respuesta de amor. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIONES ——————

En el día en que concluye el Octavario de oración por la unidad de los cristianos elevamos nuestra súplica ardiente, confiada, insistente y anhelante por la unidad de la Iglesia, esposa de Cristo y madre nuestra. Roguemos al Señor.

En el domingo de la Infancia Misionera pedimos por los miembros más nuevos de la Iglesia, los niños, para que vivan desde la infancia su compromiso misionero y sean los primeros anunciadores de Jesús en sus ambientes. Roguemos al Señor.

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por la Orden de las Vírgenes, por los Institutos seculares Alianza de Jesús por María y Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote de Guadalajara, Mondéjar y Sigüenza, por la Obra de la Iglesia de Guadalajara, por la Asociación privada de fieles Papa Juan XXIII de Guadalajara, por la Asociación privada Sagrada Familia y Servidoras del Evangelio, por las vocaciones al ministerio ordenado, por nuestros Seminarios diocesanos y por las intenciones del Papa y del Obispo. Por estas comunidades e intenciones nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES ——————

La semana cristiana que hoy comienza, tercera del Tiempo Ordinario puede ser calificada como la semana educativa, ya que nos trae la memoria de tres santos dedicados a la educación y formación:

El martes, día 27, haremos memoria de Santa Ángela de Mérici, quien en el año 1535 fundó en Brescia, Italia, una sociedad de mujeres, bajo la advocación de santa Úrsula, dedicadas a la formación cristiana de niñas pobres.

El miércoles, día 28, haremos memoria de Santa Tomás de Aquino, nacido en 1225, quien tras ingresar en la Orden de Predicadores, escribió muchas obras llenas de erudición y ejerció también el profesorado, contribuyendo en gran manera al incremento de la filosofía y de la teología.

El sábado, día 31, haremos memoria de San Juan Bosco, nacido en 1815 y que, una vez ordenado sacerdote, empleó todas sus energías en la educación de los jóvenes, instituyendo la Congregación salesiana destinada a enseñarles diversos oficios y formarlos en la vida cristiana.

Nuestro recuerdo particular en esta semana para las madres ursulinas, los padres dominicos y los padres salesianos y en general para todos los que se dedican a la digna misión de la enseñanza y la formación. Sea para todos nosotros una semana de progreso y crecimiento espiritual.

 Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(18 de enero de 2015)

MONICIÓN INTRODUCTORIA —————–

Jesucristo, el Primogénito de toda la creación (de la primera, de la nueva y de la última), celebra su Misterio Pascual para gloria del Padre y salvación de la humanidad.

Lo celebra en este Domingo de mitad del mes de enero en el que da comienzo, en toda la Iglesia, el Octavario de oración por la unidad de los cristianos. La Iglesia nos permite emplear en el día de hoy alguno de los tres formularios de la “Misa por la unidad”. Tomaremos el formulario B y su oración colecta nos servirá de base para la homilía. Además y como pequeño gesto de afecto fraternal hacia nuestros hermanos de rito oriental, un servidor pronunciará hoy las palabras de la consagración en lengua griega. ¡Sean cada vez más ardientes nuestros deseos de unidad para la Iglesia! ¡Llévenos en paz el Señor después de haber visto con nuestros ojos la hermosura de una Iglesia unida! También se celebra hoy la Jornada Mundial de las Migraciones. Todos, en un sentido o en otro, vivimos cada día el Éxodo y el Exilio.

Y ahora, al acercarnos a Dios infinitamente santo, real y verdaderamente presente en el misterio de la Eucaristía, pidamos la gracia de un corazón contrito y humilde. Así, con el corazón contrito y humillado, estaremos en disposición de celebrar dignamente este sagrado misterio.

HOMILÍA ————————-

“Señor, Padre nuestro, que unes a los pueblos más diversos en la confesión de tu nombre” (Oración colecta de la Misa por la Unidad de los cristianos, B). Así comienza la oración colecta que hemos recitado en el día de hoy. Está tomada del formulario de la Misa por la Unidad de los cristianos. La Iglesia nos permite celebrar en este Domingo la Misa “Por la unidad de los cristianos”, ya que hoy ha comenzado el Octavario de oración por la unidad; nosotros estamos haciendo uso de esa facultad concedida por la Iglesia. Sea esta intención, la unidad, la más querida para nosotros porque es la más querida para Jesús. En la oración colecta mencionada se reconocen dos hechos: el primero es que Dios une y el segundo es que los pueblos son muy diversos. Uno de los elementos de esta diversidad es la lengua y, sin embargo, cuando está Dios de por medio, la diversidad de lenguas no es obstáculo para la unidad en la confesión de la fe. Vamos a dedicar nuestra homilía precisamente a ese tema, a las diversas lenguas que confiesan una misma fe, lenguas que son vínculo de unión y no elementos de separación. Podemos articular nuestra homilía en estos tres enunciados: Nuestra fe y las lenguas nativas, nuestra fe y la lengua latina, nuestra fe y la lengua griega.

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Nuestra fe y las lenguas nativas. En el primer documento aprobado por el último concilio ecuménico, el dedicado a la Sagrada Liturgia, se reconoce que “muchas veces el uso de la lengua materna puede ser muy útil para el pueblo. Por eso, tanto en la misa como en la administración de los sacramentos y en otras partes de la liturgia, podrá dársele mayor cabida” (SC 36, 2). La lengua materna, llamada también lengua nativa o vernácula, tiene un especial componente afectivo para la relación interpersonal y no olvidemos el gran componente afectivo que tiene la religión, como exponente máximo posible en el campo de la relación. Me decía en cierta ocasión el arzobispo de la ciudad angolana de Huambo que hay que emplear para hablar con Dios el mismo idioma que se emplea para hablar con la propia madre. En mis largos desplazamientos apostólicos por esos mundos de Dios (estoy pensando ahora, por ejemplo, en Korea y en Taiwán) he podido percibir la complacencia de los fieles cuando empleaba su propio idioma en algunos momentos de la celebración: invocación, saludos, bendición… Para mí suponía un gran esfuerzo, pero era un esfuerzo recompensado. Las lenguas nativas o maternas no tienen por qué ser impedimento para la unidad en la confesión de la fe; las lenguas maternas no separan, sino que, antes bien, crean vínculos de afecto con los diversos pueblos; de esto tienen mucha experiencia nuestros misioneros.

Nuestra fe y la lengua latina. La Iglesia, Madre y Maestra, que tiene esta fina percepción de lo que supone para cada pueblo su lengua nativa o materna, recomienda, sin embargo, que “se conserve el uso de la lengua latina” (SC 36, 1). Las dos últimas llamadas han sido con ocasión de la tercera edición del Misal Romano, en cuya Ordenación General se puede leer esta prudente sugerencia: “Y ya que es cada día más frecuente el encuentro de fieles de diversas nacionalidades, conviene que esos mismos fieles sepan cantar todos a una en latín algunas de las partes del Ordinario de la Misa, sobre todo el símbolo de la fe y la Oración dominical en sus melodías más fáciles” (OGMR 41) y, más recientemente aún, en la Exhortación apostólica “Sacramentum caritatis” (SaC 63). La lengua latina es, pues, a día de hoy, en el deseo de la Iglesia, “lingua nostra”, como en otro tiempo las aguas del Mediterráneo fueron “mare nostrum”. Cierto que su uso no será tan común y generalizado socialmente como en tiempos pasados, pero sigue desempeñando un servicio magnífico a la comunión eclesial. A veces se ha querido presentar la lengua latina como un reducto de grupos anquilosados disciplinarmente o atrincherados en el pasado y, sin embargo, es propia de espíritus abiertos, católicos y universales. La lengua latina evitará que los grupos eclesiales se cierren y se replieguen de forma endogámica sobre sí mismos usando con exclusividad sus lenguas nativas. Una sabia y prudente armonización de las lenguas nativas con la lengua latina es muy beneficiosa para la Iglesia y para la formación de mentes y corazones dilatados, ensanchados, abiertos. Ahí están las experiencias universalmente conocidas de Roma, Taizé, Lourdes o Fátima y las experiencias no menos universales de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Cuando las lenguas no se emplean como armas arrojadizas de unas contra otras, entonces prestan un magnífico servicio a la causa de la comunión humana y eclesial. La gente sencilla, por otra parte, no tiene tantos prejuicios como a veces pensamos para esa armonización integradora; la gente sencilla suele ser abierta de mente y de corazón. Puedo decir como experiencia personal que en la comunidad donde habitualmente celebro la Eucaristía, aparte de conservar un aceptable elenco de cantos latinos en gregoriano, hay un día al mes, el primer jueves, en el que se emplea el latín para la celebración. Y todo dentro de la más completa naturalidad.

Nuestra fe y la lengua griega. En el inicio del Octavario de oración por la unidad de los cristianos es lógico que dirijamos la mirada hacia oriente, hacia nuestros hermanos de rito oriental; son hermanos que han tenido y tienen en la lengua griega el referente estable de su liturgia, aunque también tengan cabida allí las lenguas maternas. Hemos de ser muy comprensivos y respetuosos con nuestros hermanos de rito oriental, que alaban a Dios en la bien sonante lengua griega. Han de contar con nuestro aprecio y nuestro afecto, pues uno recibe lecciones de profunda religiosidad cuando recorre aquellas tierras. Recuerdo, por ejemplo, de una de mis estancias en Santorini que me tropecé un día de la Semana de Pascua con un albañil que subía calle arriba cargado con un saco de yeso y el saludo que me dirigió fue: “Jristós anesti” (Cristo ha resucitado). Un poco más adelante me crucé con una señora que iba a depositar su bolsa de basura al contenedor y cuando la saludé con la frase de rigor, ella me respondió: “Alizinós o Kirios” (el verdadero Señor). Como detalle de afecto fraternal con nuestros hermanos de rito oriental, un servidor pronuncia las palabras de la consagración en griego tres veces al año: el día de San Andrés, el domingo dentro del Octavario de oración por la unidad y el día en que ellos celebran la Pascua de resurrección.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Parece que hemos dedicado nuestra homilía a las lenguas, pero en realidad la hemos dedicado a la caridad. Nos viene además muy a propósito en este día en que la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de las Migraciones. Cuando en el uso de las lenguas se hace presente la caridad, entonces las lenguas unen. Pongamos nosotros caridad en todo: en el uso de nuestra lengua nativa, en el uso de la lengua latina o en el uso de la lengua griega. “In ómnibus cháritas”, decía San Agustín. En todo caridad y que todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

PETICIONES ———————

En este día en que la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Migraciones, tengamos un recuerdo especial y una oración fraternal por todos los desplazados y trashumantes. Mantengan todos en su camino la luz encendida de la esperanza y encuentren todos al final el descanso razonable de su búsqueda. Roguemos al Señor.

En este Año de la Vida Consagrada tenemos muy presentes a todos los consagrados de nuestra diócesis. De forma muy particular en esta semana oramos por los Padres Franciscanos de Guadalajara, por los Padres Josefinos de Azuqueca y Sigüenza, por los Padres Salesianos de Guadalajara, por los Hermanos Maristas de Guadalajara, por los Hermanos de la Sagrada Familia de Sigüenza, por las Hijas de la Caridad de Guadalajara y por la Comunidad de Betania de Brihuega. Por estas comunidades nos pide la diócesis que oremos en esta semana y lo hacemos con gusto. Roguemos al Señor.

AVISOS FINALES ———————–

La semana cristiana que hoy comienza nos trae algunas fechas destacadas que vamos a adelantar.

El miércoles, día 21, celebra la Iglesia la memoria de santa Inés, virgen y mártir, que, siendo aún adolescente, ofreció en Roma, a comienzos del siglo IV, el supremo testimonio de la fe y consagró con el martirio el título de la castidad.

El jueves, día 22, celebra la Iglesia la memoria de San Vicente, diácono de Zaragoza y mártir, que durante la persecución bajo el emperador Diocleciano, a comienzos del siglo IV, sufrió cárcel, hambre, potro y hierros candentes, hasta que en Valencia voló al cielo a recoger el premio del martirio.

El viernes, día 23, celebra la Iglesia la memoria de Sal Ildefonso, quien en la ciudad de Toledo, en el siglo VII, fue monge y rector de su cenobio, y después elegido obispo. Autor fecundo de libros y de textos litúrgicos, se distinguió por su gran devoción hacia la santísima Virgen María, Madre de Dios.

Sea para todos nosotros esta nueva semana, la segunda del Tiempo Ordinario, una semana llena de gracia y de paz.

 Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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