1. Homilías Dominicales

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(6 de septiembre de 2015)

“Y le piden que le imponga las manos” (Mc 7, 32). La narración del milagro realizado por Jesús a favor del sordomudo, que acabamos de escuchar, viene introducida por el gesto de la imposición de manos. Los que acuden a Jesús no le piden sin más el milagro sino que le piden que realice un gesto previo al milagro, un gesto que llamaríamos oracional. Tal vez ya iban conociendo el modo de proceder del Señor, ya iban conociendo cómo Jesús anteponía a toda su actividad mesiánica la oración prolongada, abundante, generosa y confiada. Primero oraba y después venía la actividad: la llamada a los apóstoles, la resurrección de Lázaro, la curación del ciego… Parece como si antes de decir o de hacer algo tuviera que pedirle permiso al Padre. Y así era. No sólo contaba con el Padre, con la primera persona de la santísima Trinidad, sino también con la tercera, con el Espíritu Santo, al que invocaba continuamente para que le asistiese con su luz y su fuerza. Precisamente el gesto de la imposición de manos, al que alude el evangelista en la narración de hoy, está muy relacionado con el Espíritu Santo, ya que es el gesto de mayor densidad espiritual y de mayor eficacia en el orden de la gracia. De hecho, para que tengamos siempre presente este gesto de Jesús y para que nos demos cuenta de toda su eficacia santificadora, la Iglesia lo ha incorporado a la celebración de los siete sacramentos, que son los acontecimientos eminentes en el orden de la gracia. Por eso hay imposición de manos en los sacramentos de la iniciación cristiana, hay imposición de manos en los sacramentos de curación y hay imposición de manos en los sacramentos al servicio de la comunión y misión.

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Hay imposición de manos en los sacramentos de la iniciación. Tres son los sacramentos que componen la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Pues bien, en la celebración de los tres hay imposición de manos. En el Bautismo, el sacerdote recita una hermosa oración de bendición sobre el agua con las manos extendidas sobre ella, que concluye con estas palabras que dice el celebrante mientras toca el agua con la mano derecha: “Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda sobre el agua de esta fuente para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida” (Ritual del Bautismo, n. 148). En la celebración del sacramento de la Confirmación, el Obispo impone las manos sobre todos los que van a ser confirmados mientras dice: “Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a estos siervos tuyos y los libraste del pecado, escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo Defensor; llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad, y cólmalos del espíritu de tu santo temor”. También el ministro del sacramento impone la mano en el mismo momento de la crismación ya que “el sacramento de la confirmación se confiere mediante la unción del crisma en la frente, que se hace con la imposición de la mano, y mediante las palabras: “Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo” (Constitución “Divinae consortium Naturae”). Hay imposición de manos en el tercer sacramento de la iniciación cristiana, con la que ésta se completa; nos referimos a la Eucaristía. Dice el sacerdote, poco antes de la consagración, mientras impone las manos sobre el cáliz con el vino y la patena con el pan: “Por eso, Señor, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios” (Plegaria Eucarística III).

Hay imposición de manos en los sacramentos de curación. Dos son los sacramentos de curación: el sacramento de la Penitencia y el de la Unción de los enfermos. Pues bien, en la celebración de ambos hay imposición de manos. En el sacramento de la Penitencia, al momento de dar la absolución, el sacerdote extiende ambas manos o, al menos, la mano derecha sobre la cabeza del penitente y dice: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Ritual, n. 102). Igualmente, en la celebración de la Unción de los enfermos hay imposición de las manos del sacerdote, en silencio, sobre la cabeza del enfermo, inmediatamente antes de la oración sobre el óleo y de la misma unción (cf. Ritual de la Unción de los enfermos, n. 139).

Hay imposición de manos en los sacramentos al servicio de la comunión y misión. Dos son los sacramentos al servicio de la comunión y misión: el sacramento del Orden sacerdotal y el sacramento del Matrimonio. Pues bien, en ambos hay imposición de manos. En la celebración del sacramento del Orden sacerdotal, el Obispo ordenante impone en silencio las manos sobre la cabeza de los elegidos. Después de la imposición de manos del Obispo, todos los presbíteros presentes en la ordenación, vestidos de estola, imponen igualmente en silencio las manos sobre cada uno de los elegidos, antes de que el Obispo recite la gran plegaria de Ordenación (cf. Pontifical romano, n. 130). Y en la celebración del sacramento del Matrimonio, en la preciosa oración de la bendición nupcial sobre los nuevos esposos, dice el sacerdote con las manos extendidas sobre los esposos: “Envía sobre ellos la gracia del Espíritu Santo, para que tu amor, derramado en sus corazones, los haga permanecer fieles en la alianza conyugal” (Ritual del Matrimonio, n. 82).

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Terminamos ya, queridos hermanos. Tratemos todos, presbíteros y fieles, de vivir este momento de la imposición de manos con especial recogimiento espiritual. Habremos de tratar los sacerdotes de realizar el gesto de la imposición de manos en los distintos sacramentos con gran esmero, convicción y piedad. Contemplen ustedes también con particular atención, admiración y asombro este gesto de la imposición de manos porque es Cristo mismo, en la persona del sacerdote, quien lo realiza. Y en general, tratemos todos de que la oración preceda siempre, como en el caso del Señor, a nuestra actividad. Tanto si se trata de actividades extraordinarias como si se trata de actividades ordinarias, comunes y cotidianas, vayan todas precedidas por la humilde y confiada oración. En todo y para todo contemos, lo primero, con la gracia de Dios y que todo sea para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(30 de agosto de 2015)

“Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres” (Mc 7, 8). Esta advertencia que hace el Señor a los fariseos es, en realidad, advertencia para todos, también para nosotros. El Señor busca siempre nuestro mayor bien, que es la santidad, la participación en su vida divina. Nos ha creado para eso. El Compendio del Catecismo, en su primer número, resume la intención de Dios al crearnos con estas palabras: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada” (Compendio, 1). Todo lo que hace es con ese fin. Nos da su ley con ese fin. Sus mandatos y decretos no están pensados para amargarnos la vida sino para facilitar nuestro avance hacia la santidad. Pero en los mandamientos de Dios no están detallados, como es lógico, todos los posibles casos concretos que se nos pueden presentar en la vida sino sólo los grandes principios. Hay, por eso, que aplicar esos principios con sabiduría y prudencia y, en muchos casos particulares, hay que recurrir a ese complemento de la ley que son las tradiciones y costumbres humanas como última ayuda para llevar una vida moral ordenada. Si las costumbres son buenas son una gran ayuda práctica para nuestra vida moral. Son buenas las tradiciones y costumbres cuando están en consonancia con la ley, cuando adaptan la ley a las situaciones particulares y cuando completan los vacíos de la ley. En cambio, en otros supuestos, pueden ser un grave impedimento para nuestro progreso espiritual. Por aquí iría la enseñanza del Señor en este domingo. Es como si nos advirtiese: “No dejéis que las tradiciones y las costumbres humanas impidan vuestro avance hacia la santidad”. ¿Y cuándo ocurre esto? ¿Cuándo las costumbres se convierten en impedimento para nuestro avance hacia la santidad? En tres supuestos: cuando las tradiciones son contrarias a la ley, cuando las tradiciones son malas en su origen y cuando las tradiciones son una justificación de la mediocridad.

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Primer supuesto: las tradiciones y costumbres nos perjudican cuando son contrarias a la ley. Aquí nos referimos a la ley de Dios y a las leyes y normas de la Iglesia. En las leyes y normas de la Iglesia hay una gran riqueza doctrinal, que es expresión de la sabiduría divina y de la providencia paternal de Dios. Pues bien, a pesar de toda esa riqueza, sin embargo hay ignorancia e inobservancia de las mismas. En muchos casos se mantienen costumbres (litúrgicas, administrativas…), que son contrarias a leyes eclesiásticas; basta observar, por ejemplo, el desarrollo de algunas novenas o el funcionamiento de algunas cofradías. Ocurre a veces que cuando algún sacerdote, conocedor de la normativa eclesiástica y deseoso de su observancia, trata de ordenar bien las cosas, se encuentra con muchas trabas y obstáculos por parte de personas allegadas a la Iglesia en nombre de costumbres y tradiciones que la propia ley superior de la Iglesia ha derogado. Esta actitud es una de las variantes del pecado contra el Espíritu Santo. También a estos casos podemos aplicarles la dura expresión de Jesús de que se dejan de lado los mandamientos superiores (de Dios, de la Iglesia) para aferrarse a costumbres humanas.

Segundo supuesto: las tradiciones y costumbres nos perjudican cuando son malas en su origen. Las expresiones como “siempre se ha hecho así” o “nunca se ha visto eso” son, por exageradas, muy sospechosas. En primer lugar porque por muy mayor que sea una persona, su vida abarca unas pocas décadas y no se debe apropiar del “siempre”; además, por mucha experiencia de vida que tenga, es una experiencia muy limitada en cuanto a su espacio natural y no se debe apropiar del “nunca” porque a pocos kilómetros de donde él vive se puede ver lo que él se empeña en no ver. Además, esas expresiones tratan de justificar costumbres que son malas en su origen porque han nacido por calculado interés, no raramente económico. En el caso, por ejemplo, de las recriminaciones de Jesús a los fariseos, las preferencias de éstos por determinadas tradiciones humanas (el corbán) frente al mandamiento de honrar padre y madre, era porque el corbán les reportaba sustanciosos beneficios económicos. Muchas costumbres y tradiciones han sido pensadas por personas ambiciosas para tomar determinadas cotas de poder directivo, administrativo o económico; son tradiciones que llevan consigo un pecado original y han de ser redimidas. “¡Cuántas fiestas, Dios mío, os hacen los hijos de los hombres en que se lleva más el demonio que Vos!” (San Juan de la Cruz, 3S 38, 3).Cuando a veces nos preguntan por alguna fiesta, podríamos responder: “Ha sido una fiesta en la que el maligno ha sacado una buena tajada”.

Tercer supuesto: las tradiciones y costumbres nos perjudican cuando son una justificación de la mediocridad. Los hijos de Dios que le aman verdaderamente buscan agradarle cada vez más, mejorar lo más posible su entrega y servicio filial, esmerarse en atender con gran generosidad las cosas sagradas. Cuando hay amor de por medio, la superación es continua; en cambio, cuando no es el amor a Dios el motivo principal, entonces lo que se busca es quitarse las cosas de encima cuanto antes y de cualquier manera, escatimando tiempo, dedicación y medios. A quien ama, todo le parece poco. Me contaba tiempo atrás uno de los miembros de una Congregación religiosa que el santo cura de Ars tenía muchas atenciones con su fundador y que le regalaba bastantes objetos de culto: custodias, cálices, casullas… Pero la razón era porque el santo cura de Ars compraba otros mejores para su parroquia. Aquel sacerdote ejemplar estaba continuamente mejorando las cosas destinadas al culto divino. Esta anécdota me trajo a la memoria una conversación que mantuve hace años en la ciudad de Colonia con una religiosa alemana. Me contaba que al acabar la segunda guerra mundial, los rusos habían desmantelado sus fábricas y se habían llevado toda la maquinaria. Y aquella religiosa, en lugar de lamentarse, me dijo: “De lo cual nos alegramos, porque así nos vimos obligados a inventar otras máquinas mejores”. El objetivo del que ama es siempre mejorar. Y sin embargo, hay muchas tradiciones y costumbres humanas que se han introducido en festividades religiosas que son un obstáculo e impedimento para la mejora del culto a Dios, pues al tiempo que se gastan los dineros en cosas profanas, se ponen mil trabas para atender a las cosas de Dios o a los ministros de Dios. Esto, además, puede ocurrir tanto a nivel comunitario como a nivel personal. No es raro ver cómo se cambia fácilmente de pantalla de televisión y se adquiere la de más alta definición y, al mismo tiempo, se ponen pegas para renovar libros litúrgicos o de oraciones desvencijados. Uno de los criterios para ver si se ama al Señor es comprobar la generosidad que se tiene con todo lo relacionado con el culto divino. Es decir, lo mejor para el Señor, sin que haya tradiciones humanas o miras humanas o cálculos humanos que nos puedan detener en darle al Señor lo mejor y lo que es justo.

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Terminamos ya, queridos hermanos. El Señor nos dé su Espíritu de ciencia y consejo, de inteligencia y sabiduría, de fortaleza, piedad y santo temor para que, dejadas de lado aquellas costumbres y tradiciones humanas que frenen nuestro progreso espiritual, le sirvamos en santidad y justicia y verdad y amor todos los días de nuestra vida. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(23 de agosto de 2015)

“Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69). Llegamos hoy al final del discurso del pan de vida, llegamos al final de nuestras vacaciones en Cafarnaún. Podemos decir que durante cinco domingos no nos hemos movido de allí, de su sinagoga, escuchando al Maestro y disponiendo el corazón para responder con verdad a la pregunta que sabíamos que nos iba a hacer. Este es el domingo en el que vemos las distintas reacciones que produjo aquel trascendental discurso. En realidad, las reacciones a aquel discurso fueron un presagio de la Pasión. Ya decíamos el pasado domingo que el centro del discurso es el sacrificio de la Cruz, con el cuerpo entregado y la sangre derramada para la vida del mundo. Si las palabras centrales anticipaban la Pasión, las reacciones que siguen son también un anticipo de los sufrimientos de Cristo en su Pasión. Nos vamos a fijar en tres reacciones: la de Simón Pedro, la de muchos discípulos y la de Dios Padre.

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La reacción de Simón Pedro. El apóstol Pedro hace aquí una confesión de fe similar a la que había hecho en Cesarea de Filipo. Podemos decir que la de hoy es la versión joánica de la misma confesión que relata San Mateo como conclusión del episodio de Cesarea. Y ambas son un preludio de la gran confesión de fe y amor que hará Pedro tras el drama de la Pasión y el bochorno de las negaciones, cuando Jesús se le aparezca en la orilla de este mismo lago, aquí, junto a Cafarnaún. Entonces la confesión de fe será también confesión de amor: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17). Pedro se pone así a la cabeza de los que creen en Jesús y aman a Jesús. Por eso le encargará el Señor que, ya que él es capaz de dar, con la ayuda de la gracia, una respuesta de fe tan rotunda, confirme en la fe a sus hermanos. Así lo hizo él en vida terrena y así lo van haciendo sus sucesores.

La reacción de muchos de sus discípulos. “Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él” (Jn 6, 66). También esto es presagio de la pasión, la soledad de Cristo abandonado de los suyos en el momento difícil del prendimiento en Getsemaní. El evangelista San Marcos lo resume en un solo verso con media docena de palabras: “Y todos lo abandonaron y huyeron” (Mc 14, 50). Hay, pues, un gran paralelismo entre el discurso sacrificial del pan de vida en Cafarnaún y el sacrificio real de su Pasión. De hecho Jesús pronunció al final del discurso del pan de vida en Cafarnaún la misma frase que pronunció en su proceso ante el sumo sacerdote, una frase alusiva a la venida en gloria del Hijo del Hombre: “¿Y cuándo veáis al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes?” (Jn 6, 62). El abandono de muchos discípulos en Cafarnaún causó a Jesús un gran sufrimiento. Dolor repetido tantas veces por actitudes parecidas a las de entonces. Jesús busca corazones que crean en él de verdad y le amen de verdad, y encuentra con demasiada frecuencia corazones egoístas. El corazón de Cristo sufre, no es insensible a nuestras respuestas deficientes.

La reacción de Dios Padre. También aquí vemos un presagio de la Pasión. En la cruz y como precio tremendo de nuestra redención, Jesús llegó a sentir el terrible sufrimiento del desamparo del Padre. Pues bien, ya hay aquí, en el final del discurso de Cafarnaún un presagio de aquel sufrimiento y de aquel desamparo. En el mismo discurso y por dos veces Jesús reconoce que para que alguien se dé a él por la fe y el amor hace falta que el Padre le atraiga, le dé su gracia, le mueva hacia Jesús. El Padre, entonces, podía haber impulsado con fuerza a todos los oyentes de Cafarnaún hacia Jesús, coronando así con un seguimiento masivo su gran labor apostólica. Y sin embargo el Padre no forzó las cosas, guardó silencio, dejó que su Hijo experimentara un cierto fracaso. Jesús iba entrando así, desde Cafarnaún, en la hondura de su sobrecogedor misterio: su anonadamiento, su entrega victimal y silenciosa. Se iba adentrando en la experiencia de su gran soledad. Jesús sufrió mucho y no sólo en su Pasión. Jesús sufrió una gran soledad; al fin, era el único de su raza aquí en la tierra y vivió como un exiliado. Su familia adoptiva era innumerable (”estos son mi madre y mis hermanos”, dijo en alguna ocasión señalando a la multitud), pero de su familia real y celestial no había nadie que le sirviera de visible consuelo. Estaba solo, privado de sus semejantes. Ni siquiera la Santísima Virgen pudo llenar ese abismo de su anonadamiento. ¡Cuánto nos ha amado Jesús! ¡Cuánto le ha pedido el Padre que amara y sufriera por nosotros! Nos ha amado hasta el extremo.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Terminamos ya nuestras vacaciones en Cafarnaún. Hemos de salir ya de la sinagoga. Al salir y desde la puerta central de la misma podemos dirigir una última mirada a los alrededores: enfrente la arboleda y las olas del lago que llegan mansas hasta la orilla, a la izquierda los altos del Golán, a la derecha la colina de las Bienaventuranzas y un poco más abajo la llanura siempre verde de las praderas de Ginosar. Hemos de proseguir nuestro camino. Terminamos nuestras vacaciones en Cafarnaún, pero que no termine sino que aumente de día en día nuestra gratitud, nuestra fe y nuestro amor a Jesús. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(16 de agosto de 2015)

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). Seguimos en Cafarnaún. Seguimos escuchando el trascendental discurso que Jesús pronunció en su sinagoga. Hemos llegado al centro del mismo. Hoy ya no nos detenemos a añadir algún dato geográfico o arquitectónico de Cafarnaún o de la sinagoga, sino que nuestra atención se ha de centrar sólo en Jesús. Si al principio del discurso Jesús nos invitaba vivir una Pascua, la de pasar de sus beneficios a su persona, hoy nos invita a vivir otra Pascua aún mayor y es la de pasar del conjunto de su persona al centro mismo de su persona, al centro mismo de su misterio, al misterio de su muerte redentora. Las expresiones que aparecen en el Evangelio de hoy son ya expresiones sacrificiales: “comer la carne” y “beber la sangre”; estas expresiones son las que se empleaban cuando se realizaban los sacrificios de comunión. La apropiación sacrificial que hace Jesús, refiriéndose a sí mismo, de “beber su sangre” sin duda que haría removerse a muchos de sus oyentes en los bancos de piedra de la sinagoga. En los sacrificios de comunión, tal y como nos relata con detalle el libro del Levítico, primero se sacrificaba la ofrenda victimal y sólo después se podía comer de esa carne sacrificada. Es decir, Jesús está aquí hablando de su futuro sacrificio, está hablando de la Cruz como único camino para la redención, para la vida eterna y la resurrección, es decir, para nuestra divinización. Jesús nos hace en el día de hoy tres confidencias. Jesús nos dice: “Mi vida es sacrificio. Mi sacrificio es un sacrificio de comunión. Mi sacrificio de comunión se va a perpetuar para que todo el que quiera pueda participar en él”.

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Primera confidencia: “Mi vida es sacrificio”. La palabra sacrificio deriva del latín “sacrum facere”, hacer algo sagrado, consagrar. A veces identificamos la palabra sacrificio con destrucción, pero la palabra “destrucción” tiene un matiz degenerativo. Si un edificio se destruye ya no sirve para nada. En cambio, la palabra consagrar y, por tanto, la palabra sacrificio, tiene un sentido de elevación y mejora. Cuando se consagra algo, se sustrae del uso profano para que entre ya en el ámbito de lo divino. Sacrificar es divinizar, es entrar en un nivel mayor de ser. Cuando Jesús, refiriéndose a su Humanidad, dice que va a ser sacrificado nos está indicando que su vida va a ser para Dios. Su vida no se va a reducir a proporcionar directamente beneficios humanos sino que se va a ofrecer a Dios, que es el sentido más elevado que se le puede dar a todo lo creado.

Segunda confidencia: “Mi sacrificio es un sacrificio de comunión”. En los sacrificios de comunión, el oferente no perdía sino que ganaba, ya que esa ofrenda le permitía, como si dijéramos, compartir mesa y mantel con la divinidad, es decir, convivir con la divinidad, divinizarse. Cuando Cristo nos dice que su vida es sacrificio y que va a ser para Dios, esto no significa que entonces se van a acabar para nosotros las ventajas de sus beneficios, sino que, gracias a ese sacrificio, vamos a poder compartir mesa y mantel con Dios, vamos a convivir con Dios, nos vamos a divinizar (que es el mayor beneficio de todos) porque su sacrificio es un sacrificio de comunión.

Tercera confidencia: “Mi sacrificio de comunión se va a perpetuar para que todo el que quiera pueda participar en él”. Jesús emplea en los versos de hoy hasta tres veces la fórmula genérica e intemporal de “el que come mi carne”, es decir, cualquiera que coma debidamente mi carne. Con ello está abriendo la posibilidad de que todos pueden comer su carne. La posibilidad, pues, no queda limitada a un tiempo determinado o a un lugar determinado. Pueden comer su carne en el siglo primero y en el veintiuno, lo pueden hacer en Europa o en Oceanía. Pero esto sólo es posible si el sacrificio de Jesús se hace presente en todo tiempo y lugar por medio de la celebración litúrgica. Nuestra celebración, ahora, está haciendo posible que hoy y aquí, en Sigüenza en el año 2015, podamos participar en el sacrificio de comunión de Cristo. En su fondo más rico y profundo la Misa es un sacrificio de comunión. Es verdad que en su estructura visible celebrativa nosotros distinguimos una sucesión de cuatro partes: ritos iniciales, liturgia de la Palabra, liturgia eucarística y ritos finales. Pero el contenido de todos estos ritos es un “sacrificio de comunión”. La consagración es el momento sacrificial. En ese momento nosotros perdemos la propiedad de nuestras ofrendas y pasan a ser propiedad de Dios, son consagradas, hechas sagradas, sacrificadas, no nos pertenecen, le pertenecen a Dios, han entrado en la esfera de lo divino. Esas ofrendas divinizadas las volveremos a encontrar, porque Dios nos las da, en el momento de la sagrada comunión. Pero entonces, por recibir lo que está divinizado, somos nosotros mismos divinizados. En la Misa, pues, celebramos un sacrificio de comunión. No puede haber comunión con la divinidad si previamente no hay sacrificio. Habremos de destacar esto mucho porque a día de hoy se olvida con demasiada frecuencia que la santa Misa es un sacrificio de comunión. Sólo si hay sacrificio puede haber comunión.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Ya ven hasta dónde nos ha querido llevar Jesús en su discurso en la sinagoga de Cafarnaún. Al amor de Dios no hay quien lo detenga a la hora de hacer bien las cosas, a la hora de hacer grandes cosas. Por el sacrificio de Cristo entramos en comunión con Dios. La muerte sacrificial de Cristo nos da acceso a la divinidad. ¡Con qué espíritu de fe y con qué unción religiosa hemos de celebrar la Santa Misa, sabiendo que se hace presente para nosotros el “sacrificio de la comunión con Dios”! Tiempo atrás le decía yo a un sacerdote que celebrar la Misa aquí, donde yo celebro a diario, es un disfrute. Es verdaderamente un disfrute espiritual por la atención, el recogimiento y la piedad. El Señor nos mantenga en esa actitud y que cada vez que celebramos la Eucaristía se entreabran para nosotros las puertas de la eternidad, se anticipe ya nuestra resurrección. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(9 de agosto de 2015)

“Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no le trae” (Jn 6, 43). Vamos a pasar nuestra tercera jornada de vacaciones en Cafarnaún, en su sinagoga. La sinagoga de Cafarnaún, recuerden, era de planta rectangular con tres naves y tres puertas abiertas hacia el sur, hacia Jerusalén. La separación de las naves venía dada por filas de columnas y las tres puertas, una central y dos laterales, orientadas a Jerusalén, lo estaban también hacia el lago cercano, de donde llegaba la brisa marina y también la brisa de los árboles que crecían en sus orillas. Pero sigamos escuchando el discurso del Maestro, un discurso pronunciado para los oyentes de todas las épocas y, por tanto, pronunciado para nosotros. Jesús, por medio de tres pasos razonados o tres invitaciones, había llevada a sus oyentes hasta las puertas mismas de la fe. El tercer paso de su razonamiento había sido precisamente éste: “Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6, 29). Creer en el que el Padre había enviado. Y les había dado motivos de credibilidad. ¿Serían capaces de dar el paso? ¿Seremos capaces nosotros de dar el paso a una fe seria y madura? Dar el paso a la fe, a una fe consecuente, amante y transformante, a una fe viva y unitiva, a una fe contemplativa, no es pequeña cosa, sino que es la decisión más importante de toda una vida. Oída, pues, la invitación de Jesús a creer en él, a los oyentes les surgen enseguida tres dificultades: La dificultad de los aspectos humanos de Jesús, la dificultad de la necesidad de la gracia para dar el paso a la fe y la dificultad del horizonte de Cruz que empieza a perfilarse en las palabras de Jesús.

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La dificultad de los aspectos humanos de Jesús. A los oyentes de la sinagoga de Cafarnaún les viene enseguida a la memoria los aspectos humanos de Jesús: el ambiente ordinario y común donde había vivido y crecido, el ser hijo legal de José, el carpintero, el conocer a su padre y su madre… Todo esto se les presenta como un obstáculo para aceptar a Jesús como venido del cielo. Es la misma dificultad que se les presenta a todos los creyentes de todos los tiempos y lugares. El Señor ha seguido y seguirá siempre con su mismo modo y estilo de hacerse presente entre nosotros: el modo y estilo de la Encarnación, de una presencia real pero sacramental, en mediaciones visibles y tangibles, sencillas y humanas. Eso es la Iglesia: lo visible del amor de Dios, lo tangible del que ha venido del cielo. El rechazo que se hace tantas veces de la Iglesia está en la misma línea de aquella primera dificultad que experimentaron los oyentes de la sinagoga de Cafarnaún. Hoy también hay mucha gente que no soporta el que Jesús siga encarnado y visible en esta pobre y humilde Iglesia nuestra. Y dentro del misterio de la Iglesia, lo más difícil de aceptar es la presencia real y personal de Cristo en los sacerdotes. Se buscarán razones para este rechazo: los malos ejemplos de algunos sacerdotes, su bajo nivel formativo, humano o moral, la corresponsabilidad del resto de los bautizados en la marcha de la Iglesia… Mil razones. Sin embargo, la verdadera razón es otra, es la falta de fe en la presencia real y personal de Cristo, del Hijo de Dios, del Verbo encarnado en la persona de los sacerdotes. En general (digo en general porque hay excepciones ejemplares de las que yo soy testigo), en general y en nuestra diócesis debe crecer sobre todo el respeto, la estima, la reverencia hacia la persona de los sacerdotes y se ha de evitar poner obstáculos para que ejerzan la autoridad espiritual que el Señor les ha confiado. Este es, a mi juicio, el primer punto a atender si queremos que nuestra diócesis mejore su nivel espiritual: la fe en los sacerdotes, la reverencia a los sacerdotes, el respeto a su autoridad espiritual. Todo esto forma parte de los aspectos humanos actuales de Jesús. ¡Cómo han vivido esto los santos! Me van a permitir que les lea un trozo del Testamento de San Francisco: “Después el Señor me dio, y me sigue dando tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por su ordenación, que si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrara con los pobrecillos sacerdotes de este mundo, no quiero predicar en las parroquias en que habitan si no es conforme a su voluntad. Y a éstos y todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero tomar en consideración su pecado, porque veo en ellos al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por esto: porque en este mundo nada veo corporalmente del mismo Altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a los demás” (Testamento, 6-10). Si me permiten un consejo espiritual les digo, sirviéndome de las palabras del salmo 136, que pidan al Señor la gracia de que se les pegue la lengua al paladar antes que hablar mal de un sacerdote, que se les paralice la mano derecha, antes que alzarla, metafóricamente hablando, contra los ungidos del Señor.

La segunda dificultad para dar el paso a la fe en los oyentes de Cafarnaún era la necesidad de la gracia. La advertencia de Jesús era muy clara: “Nadie viene a mi si mi Padre no le trae” (Jn 6, 43). Pero ellos pensaban que era sólo cosa suya. Olvidaban que la fe es un don de Dios que hay que pedir con humildad, hay que agradecer con piedad y hay que defender con sabiduría. Cuando se prescinde de la gracia, la puerta de la fe permanece bloqueada. Cuando se prescinde de la gracia, el camino de la santidad permanece cerrado. Cuando se prescinde de la gracia y se fía uno sólo de sus habilidades y determinaciones, ya sabemos qué horizonte nos espera: esterilidad espiritual, vida infructuosa, nihilismo y vacío. Entonces en Cafarnaún y ahora en Sigüenza hemos de recurrir continuamente a la gracia, confiadamente a la gracia, responsablemente a la gracia. Sólo así nuestra vida de fe será viva, pujante y fructuosa.

La tercera dificultad para dar el paso a la fe en los oyentes de Cafarnaún era el horizonte de Cruz que aparecía en las palabras del Maestro. Efectivamente, Jesús empezó a usar unas expresiones que tenían sabor sacrificial, ya que hablar de carne que se había de comer y sangre que se había de beber era traer a la memoria los “sacrificios de comunión” que históricamente se habían realizado en el Templo de Jerusalén. La víctima se sacrificaba y después venía el banquete sacrificial. Lo primero, el sacrificio. Sin sacrificio no hay banquete. Y claro, a los oyentes de Jesús, sobre todo a los emisarios enviados por los fariseos para fiscalizar al Maestro, el pensar en un Mesías que iba a ser aniquilado, sacrificado, destruido y humanamente derrotado no les cuadraba con sus esperanzas triunfales. Su paso a la fe encontraba en este punto un obstáculo humanamente insalvable.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Ya ven. Tres dificultades serias (las mediaciones humanas o los caminos sacramentales, la insuficiencia de las fuerzas humanas o la necesidad de la gracia, el misterio de la cruz o los modos divinos de salvar), tres dificultades permanentes. Pero las dificultades están para ser vencidas. El Señor nos irá ayudando a esclarecer todas las oscuridades y a vivir en la luz de su hermosa y consoladora verdad. Seguiremos acudiendo a Cafarnaún, seguiremos escuchando al Maestro y seguiremos preparándonos para dar una respuesta de fe cuando nos la pida. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(2 de agosto de 2015)

“Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6, 29). Este es nuestro segundo día en Cafarnaún. Ya indicábamos el pasado domingo que este año nuestras vacaciones de verano iban a transcurrir, de nuevo, en Cafarnaún, entre la arboleda de la orilla del lago y no lejos de la casa de San Pedro. Volvíamos a veranear allí porque en su sinagoga Jesús pronunció uno de los más importantes discursos que salieron de su boca y de su corazón, el discurso del pan de vida, que es como el eje de su vida pública, un discurso que nosotros iremos repasando a lo largo de cinco semanas. Podemos decir que hay un antes y un después de aquel discurso. Las cosas para Jesús ya no fueron lo mismo después de aquella intervención; no fueron lo mismo ni para él ni para sus discípulos. Así que vamos nosotros de nuevo a la sinagoga de Cafarnaún, una de las sinagogas más bellas de todo el antiguo Israel, como ya recordábamos el domingo pasado. La sinagoga tenía planta rectangular y estaba dividida en tres naves: una nave central y dos laterales comunicadas en su costado norte por medio de un deambulatorio. Apoyados en los muros laterales, tanto oriental como occidental, había, construidos en piedra, dos niveles de asientos corridos. Así que entremos y tomemos asiento. Y oigamos al Maestro en un discurso que tiene la misma vigencia y el mismo valor hoy que entonces. Centrémonos hoy en el comienzo del discurso, un comienzo que supone un reconocimiento y una invitación: el reconocimiento que hace el Señor de que sus oyentes son trabajadores y la invitación que hace el Señor a sus oyentes para que den tres pasos. El primero: “Ya que sois trabajadores, trabajad en la buena dirección”. El segundo: “Ya que sois trabajadores, en vuestros trabajos buscad garantías y practicad el discernimiento”. El tercer gran paso: “Ya que sois trabajadores, haced el gran trabajo de vuestra vida, creed en mí”.

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Primero: “Ya que sois trabajadores, trabajad en la buena dirección”. Los galileos, efectivamente, eran muy trabajadores. Incluso podemos decir que trabajaban más que los demás y que trabajaban para los demás. Además de trabajar duro para conseguir el pan de cada día, tenían que pagar numerosos impuestos: al Templo, a la corte y a los dominadores romanos. Hechos al trabajo y a las renuncias que lleva consigo, eran capaces, por eso, de seguir al Señor en sus caminatas y aguantar sin comer lo que hiciera falta. Nada les detenía. Por eso, al comienzo del discurso Jesús comienza con una alabanza a su laboriosidad pero con una advertencia, como si les dijese: “Trabajad pero trabajad bien, trabajad en la buena dirección, trabajad como Dios quiere y en lo que Dios quiere porque de lo contrario os podéis estar fatigando en vano, os podéis estar agotando para nada o para cosas que valen realmente poco y que duran poco”. La invitación nos sirven a nosotros como examen de nuestra vida y de nuestra actividad: ¿En qué me afano? ¿En cosas fugaces o en cosas duraderas? ¿En qué trabajo, en lo que Dios quiere como misión para mi o en caprichos y antojos que se me ocurren? ¿Soy trabajador como Dios quiere y en lo que Dios quiere?

Segundo paso: “En vuestros trabajos buscad garantías y practicad el discernimiento”. Jesús les hace ver que cuando se trabaja en lo que Dios quiere y como Dios quiere, suele Dios acompañar nuestro afán con garantías y comprobaciones. Dios no nos deja en vacío y desamparo, sino que da señales de aprobación y marca la dirección a seguir. Ellos, los galileos, tenían de esto mucha experiencia: como trabajadores humanos sabían con qué prudencia habían de proceder en el negociado de sus recursos, sin actuar a la ligera con nadie y sin fiarse sin más de extraños, y como hombres piadosos conocían por su pertenencia al pueblo elegido que Dios había tejido con intervenciones claras su presencia y su acción entre ellos. Una de aquellas recordadas intervenciones fue el maná. Como escribe San Ambrosio: “Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial” (Sobre los misterios, 43. 47-49). Y lo que hace Jesús a continuación es invitarles al discernimiento, como si les advirtiese: “Por las obras que yo voy realizando entre vosotros y por la elevada doctrina que yo voy pronunciando entre vosotros (doctrina que no es mía sino del Padre que me ha enviado), caed en la cuenta de que en mí os viene Dios a ver con una intensidad y una trascendencia como no lo ha hecho hasta ahora. Todo lo anterior era preparación. Yo soy la presencia definitiva de Dios entre vosotros. Aceptadme como el mejor trabajo que Dios ha hecho para vosotros, como la obra maestra de la omnipotencia, de la sabiduría y del amor de Dios”. Jesús les está invitando así a que le acepten personalmente, le acepten cordialmente, le acepten vitalmente. El riesgo para todos, para ellos y para nosotros, es quedarnos a mitad de camino en tratándose de Jesús. El riesgo para todos es tener la mano abierta para recibir los beneficios de Jesús y tener el corazón cerrado para hacerle un sitio a Jesús, es decir, para que Jesús transforme nuestro corazón. Pero de esa manera (con beneficios en las manos pero sin sitio para Jesús en el corazón) nuestra vida no se transformará, sino que seguirá anclada en la rutina, el tedio, la amargura, la queja y el vacío o, como mucho, en un cúmulo de obras meramente naturales, sin ningún cambio de vida. La vida es otra sólo si Jesús habita en nuestro corazón.

Tercer gran paso: “Haced el gran trabajo de vuestra vida, creed en mí”. Precisamente la frase que hemos seleccionado para nuestra homilía va en esa dirección. Recuerden la frase de Jesús que destacábamos al comenzar: “Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6, 29). Es decir, en lo que Dios quiere que os ocupéis de verdad es en creer en mí. De esa frase partíamos y a ella queríamos llegar y hemos llegado. Lo que Dios Padre quiere es que creamos en el que Él nos ha enviado. Precisamente en este tiempo de fuerte increencia, el Señor quiere suscitar en su Iglesia hombres y mujeres de fe bíblica, que vivan íntimamente unidos a Él. Esta es en definitiva la fe, la virtud sobrenatural por la que permanecemos en comunión vital y moral con Dios Padre, en Cristo, por la acción del Espíritu Santo. La fe vivida con toda su intensidad y consecuencias hace que todo cristiano sea un contemplativo. Contemplar, esa es la cosa verdaderamente necesaria para todos (cf. Lc 10, 42), es decir, convivir y asimilar y dejarse transformar y dejarse llevar por Dios. Escribe Santa Teresa: “Creedme que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje no le dando de comer (Mt 10, 38-39)” (7M 4, 12). La vida contemplativa, lo mismo que la oración, es rasgo identificativo de todo cristiano; de lo contrario, “todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño” (Cántico Espiritual 29, 3). Sólo así alcanzará la humanidad su más alta dignidad. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Y es la fe la puerta que nos introduce en la vida de comunión con Dios. Tener fe en Cristo es entrar, por Él, en el hogar trinitario. Por eso, nuestro gran trabajo como sacerdotes es encauzarles a ustedes, a sus personas y a sus trabajos, hacia la Comunión Trinitaria.

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En fin, estamos pasando nuestra segunda jornada de vacaciones en Cafarnaún, disfrutando de la presencia de Jesús y de sus palabras. Nuestro corazón se vaya haciendo a su presencia, nuestra vida sea cumplimiento fiel de sus palabras. Vivamos cada día más unidos a Jesús por la fe. Creer en Jesús es ser uno con Jesús. La fe nos une a Jesús, la fe nos hace vivir en Jesús. Sintamos que el Señor nos dice a cada uno de nosotros: “Hacedme un sitio en vuestro corazón, pues todos vosotros tenéis un sitio en el mío”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(26 de julio de 2015)

“Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó entre todos” (Jn 6, 11). Este versito resume bien el milagro de la multiplicación de los panes realizado por Jesús y nos pone en la buena dirección para descubrir el alcance y sentido del mismo. Lo narra San Juan en el capítulo sexto de su Evangelio. Desde este domingo, el décimo séptimo del Tiempo Ordinario, hasta el domingo vigésimo primero, iremos escuchando a trozos, como bebiendo a sorbos, el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. Nada menos que cinco domingos con nuestra atención ocupada en este capítulo central en el que el apóstol y evangelista nos va llevando con mano inspirada y corazón enamorado hasta las cumbres de nuestra fe. Nos va a convenir en el día de hoy dedicar la homilía a situar bien este milagro de Jesús y el discurso que le sigue, un discurso que pronunció en la primavera del año 29, cuando ya había dado signos claros de quién era y a qué había sido enviado. El evangelista nos da dos breves datos, suficientes para enmarcar temporalmente el milagro y el discurso: nos dice que estaba cerca la Pascua (cf. 6, 4) y que había mucha hierba en aquel sitio (cf. 6, 10). Era, pues, primavera. ¿Y dónde fue? En las orillas del lago de Galilea el milagro y en la sinagoga de Cafarnaún el discurso. Así que, vamos a Galilea, vamos a Cafarnaún, vamos a la sinagoga.

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Vamos a Galilea. Galilea es la más nortena y fértil de las tres provincias que componen Tierra Santa. Es, por excelencia, la provincia campesina, ganadera y pescadora; es, además, la más apartada de Jerusalén, la capital donde residían las poderes políticos, culturales y religiosos de la nación. Lejos del poder y las intrigas, los galileos eran gente llana, sencilla, abierta y trabajadora. Favorecida con abundantes lluvias y clima mediterráneo, Galilea sigue causando admiración por su gran verdor. Pues bien, Galilea fue la región elegida por Jesús para comenzar su predicación y sus milagros, para abrir caminos y surcos nuevos para la siembra de su palabra salvadora. Y en el corazón de Galilea, el lago de Genesaret. En tiempos de Jesús, el lago y la región circundante ofrecían una vista muy sugestiva de campos de olivos, viñas y frutales. Lo rodeaban ciudades bien pobladas: Tiberias, Magdala, Cafarnaún, Corazaín, Betsaida, Gergesa, Gamala, Hipos. En ninguna otra parte como en el lago y sus alrededores pronunció el Salvador más discursos, en ninguna otra región manifestó tan abundantemente su omnipotencia, ni dio a conocer tanto a los hombres su entrañable bondad y su inmenso cariño hacia todos. Podemos extraer una primera lección espiritual de este marco geográfico elegido por Jesús y es que el Señor busca corazones sencillos, abiertos, rectos, no complicados para sembrar su palabra y su vida.

Vamos a Cafarnaún. Tras realizar el milagro de la multiplicación de los panes, Jesús se desplazó a Cafarnaún y la gente tras él. Y nosotros también. Jesús había elegido la ciudad de Cafarnaún como su centro de operaciones apostólicas al inicio de la vida pública. Dice el evangelista San Mateo que “dejó Nazaret, y se fue a vivir a Cafarnaún, en la ribera del lago” (Mt 4, 13), de tal manera que le llama “su ciudad” (cf. Mt 9, 1), en la que está “su casa” (cf. Mt 13, 1), la casa de Pedro cedida al Maestro. Cafarnaún estaba situada en la orilla norte del lago y la atravesaba una de las vías de comunicación más importantes de todo Oriente, la Via Maris (el camino del Mar) en dirección a Siria. Esta importancia estratégica hacía que tuviera guarnición militar (Mt 8, 5) y aduana (Mt 9, 9). También de estos datos podemos extraer otra lección espiritual y es que Jesús, dejando Nazaret y yendo a Cafarnaún, va al encuentro del hombre. Ha venido a salvar a todos y acude allí donde están: en sus lugares y en sus afanes. He de estar atento porque Jesús ha venido también para mí y se hace presente en mi vida, en el lugar donde resido, en las ocupaciones que conforman mi existencia.

Vamos a la sinagoga. Los restos de la sinagoga actual, construida sobre la que predicó Jesús, ponen de manifiesto que se trataba de una de las más bellas de las antiguas sinagogas de Israel. Construida con piedra blanca, los materiales hubieron de ser traídos de alguna cantera lejana, ya que este tipo de piedra no se da ni en Cafarnaún ni en sus alrededores. El contraste entre este edificio blanco y las pequeñas casas negras hacía de esta sinagoga un edificio especialmente atractivo. La sinagoga, como lugar de oración, tenía planta rectangular, de veinticinco por diecinueve metros; adosado a la sinagoga o sala de oración propiamente dicha, se encontraba un patio porticado a modo de atrio. La sinagoga estaba orientada hacia Jerusalén, de tal manera que las puertas abriesen en dirección a la Ciudad Santa. Pues bien, en este emplazamiento de la actual sinagoga, como asentándose sobre ella, estuvo la primitiva sinagoga en la que predicó Jesús el trascendental discurso del pan de vida, que nosotros iremos comentando en domingos sucesivos. Extraigamos, de momento, nuestra tercera lección espiritual de hoy y es que hemos de mantenernos con espíritu de discípulos, deseosos de escuchar al Maestro, de asimilar sus enseñanzas, de parecernos a Él.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Lo hacemos expresando un deseo en forma de oración de súplica: “Señor Jesús, Maestro sabio y bueno, permítenos acompañarte a lo largo de estos cinco domingos en la sinagoga de Cafarnaún para seguir de cerca tu explicación y responder con fe a tu invitación. Cada cual elije el lugar donde pasar sus vacaciones. A veces, incluso, se repiten lo lugares de veraneo, cuando ha quedado buen recuerdo. Nosotros queremos pasar de nuevo las vacaciones de verano, de este verano del 2015, en Cafarnaún, junto a Ti, Jesús, nuestro Maestro, nuestro Hermano, nuestro Precio y nuestro Premio. Amén”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(19 de julio de 2015)

“Andaban como ovejas sin pastor” (Mc 6, 34). La escena que nos narra san Marcos y que termina con esta frase casi puede ser dibujada en un plano. Está Jesús con los discípulos que acaban de regresar de su misión por los pueblos de la Galilea occidental, está en la cercanía de Tabga, en el costado de poniente del lago y para que descansasen un poco de las fatigas apostólicas, que por cierto habían sido bastante exitosas, Jesús les invita a atravesar en barca a la orilla oriental del lago de Genesaret. Necesitan descansar. El obrero apostólico merece su salario y su descanso (cf. Lc 10, 7). Pero la gente ha advertido el movimiento y mientras la barca surca mansamente las aguas del lago las gentes van corriendo por la orilla en un número de personas cada vez mayor. Se van añadiendo personas de los distintos asentamientos humanos por donde pasan, de tal manera que, cuando Jesús y los Doce apóstoles llegan a Cafarnaún, en travesía marítima, ya les está esperando allí una multitud que ha llegado en semicircular recorrido terrestre. Es entonces cuando nos dice el evangelista que Jesús “sintió lástima de ellos” (la redacción griega emplea el hermoso verbo “esplajníszike”, se le conmovieron las entrañas) porque andaban como ovejas sin pastor. ¿Y cómo andan las ovejas sin pastor? Las ovejas sin pastor andan indefensas, inseguras y famélicas.

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Las ovejas sin pastor andan indefensas. La vida de la gracia tiene sus enemigos. El alma tiene sus enemigos. Decimos al signarnos: “Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro…”. Y al acabar las decenas del Rosario rezamos: “María, Madre de gracia, madre de piedad y de misericordia, defiéndenos del enemigo…”. Y ya con más extensión formativa nos habla la Iglesia, Madre y Maestra, de los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne. San Juan emplea la expresión “el pecado del mundo” (Jn 1, 29). “Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son frutos de los pecados de los hombres (cf. RP 16)” (CCE 408). ¿Qué hará la pobre oveja, es decir, qué hará la pobre alma amenazada por tan peligrosos enemigos, rodeada de un ambiente tan hostil y abandonada a su propia suerte? Un alma indefensa, sin pastor que la defienda, no tardará en ser presa de unos lobos que ignoran lo que es la compasión. En cambio, en el cayado del buen pastor halla el alma la mejor defensa contra los lobos más feroces. “Tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 22, 4).

Las ovejas sin pastor andan inseguras. Si han observado alguna vez en el campo, cuando el pastor abandona el rebaño, las ovejas no saben por dónde tirar: se desparraman por aquí y por allá, la inseguridad las paraliza, se escuchan balidos que parecen súplicas y lamentos, muchas toman caminos equivocados, entrando en lo vedado o vagando sin rumbo. ¡Pobre rebaño dejado a su suerte! ¡Pobre alma sin guía que la acompañe y oriente! Escribe San Juan de la Cruz en uno de sus Dichos de luz y amor, empleando otro símil campesino, en este caso agrícola: “El que solo se quiere estar, sin arrimo de maestro y guía, será como el árbol que está solo y sin dueño en el campo, que, por más fruta que tenga, los viadores se la cogerán y no llegará a sazón” (D 5). Hay necesidad de ir acompañado por alguien que diga verdad. La verdad genera seguridad. Cristo, que se llamó a sí mismo la Verdad, nos comunica seguridad por medio de la Iglesia. Un medio sencillo de abrir nuestra mente a la verdad y caminar así seguros en temas vitales es recurrir al Catecismo de la Iglesia Católica. Hay cuatro grandes temas vitales, los llamados cuatro principios innegociables: la vida, la familia, la educación y el bien común. Pues bien, para pensar y hablar y obrar sobre seguro, en esos temas vitales, en esos principios innegociables, hemos de acudir al Catecismo. Cristo, con el Catecismo, nos da seguridad.

Las ovejas sin pastor andan famélicas. Abandonadas a su suerte, bien por la negligencia del pastor o bien por propia decisión, las ovejas, es decir, las almas languidecen en una falta de vitalidad espiritual y de vigor moral que da verdadera pena. En cambio, apacentadas por Cristo, viven en plenitud. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Para significar esta abundancia, en los milagros de las multiplicaciones de los panes, siempre quedan cestos de sobra. ¿Cómo no va a tener vida en abundancia quien se alimenta de la misma Vida que es Cristo? “Oveja perdida, ven/ sobre mis hombros que hoy/ no sólo tus pastor soy,/ sino tu pasto también”, reza la Iglesia en uno de sus himnos.

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Terminamos ya, queridos hermanos. La alternativa está ahí, ante nosotros: andar como ovejas sin pastor o andar como ovejas con pastor. Dejémonos apacentar por el Señor y así nuestras almas se sentirán defendidas, seguras y robustas. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(12 de julio de 2015)

“Ellos salieron a predicar la conversión” (Mc 6, 12). Se trata del primer ensayo apostólico de los Doce. Jesús los ha ido preparando no sólo con clases teóricas, sino también con clases prácticas, ya que ellos han sido testigos de numerosos milagros de Jesús. Al enviarlos les hace partícipes de su poder de realizar milagros, uno de los cuales es la liberación de la tiranía que ejerce el maligno sobre algunas personas. Así que la misión encomendada no se reduce sólo a palabras y buena doctrina, sino que se completa con obras de misericordia de todo tipo (expulsión de demonios, unción de enfermos…). Podemos resumir toda esta edificante escena seleccionando dos versos de la narración, los últimos versos, los versos conclusivos: Salieron a predicar la conversión (v. 12), echaban muchos demonios (v. 13 a) y ungían con óleo a muchos enfermos (v. 13 b).

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“Salieron a predicar la conversión”. Es el verso décimo segundo de la narración. Parece que los Doce están llevando adelante la Liturgia de la Palabra de un magna celebración, una celebración que se hace a cielo abierto, por montes y valles, por praderas y caminos, por calles y plazas. ¿Y de qué hablan? De la conversión. La conversión es una nueva orientación del corazón, que tiene como consecuencia un cambio de vida. La conversión supone dar entrada en nuestro entendimiento a la Verdad, que es Cristo y supone dar entrada en nuestro corazón a los sentimientos y al amor de Cristo. La conversión empieza muy adentro. La conversión, en realidad, va de dentro a fuera: el Evangelio, Cristo, llega al corazón y desde ahí, por irradiación, impregna toda nuestra vida: potencias, palabras, sentidos interiores, sentidos exteriores, pulsiones naturales y pasiones naturales. De esa forma, toda la persona, en su ser y en su obrar, está orientada hacia Cristo. Si se sigue hasta el final este proceso de transformación, llega el hombre a decir con verdad las mismas palabras que vivía y escribía San Pablo: “Vivo, mas no yo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

“Echaban muchos demonios”. Es la primera parte del verso décimo tercero. Fruto de la presencia de los Doce y de la eficacia de su Palabra es la expulsión de los demonios de muchos hombres y mujeres en los que se había instalado. Nos dice el Catecismo: “Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre” (CCE 407). De este poder hizo alarde diablo ante el propio Jesús en el episodio de las tentaciones: “Y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregado, y se lo doy a quien quiere” (Lc 4, 6). Este dominio del diablo sobre el mundo es una idea dominante del teólogo san Juan, tanto en su Evangelio como en sus cartas y en el Apocalipsis (cf. Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11; 1Jn 3, 8; Ap 13, 2-4). Añade el Catecismo: “Esta situación dramática del mundo que “todo entero yace en poder del maligno” (cf. 1Jn 5, 19; cf. 1P 5, 8), hace de la vida del hombre un combate” (CCE 409). En ese combate está implicada la Iglesia desde el principio y muy especialmente a día de hoy, en que son cada vez más las diócesis en que se está instituyendo el ministerio de exorcista a tenor del canon 1172. Todo es consecuencia de la caída de los ángeles. Resumiendo esta verdad nos dice el Compendio del Catecismo: “Con la expresión “la caída de los ángeles” se indica que Satanás y los otros demonios, de los que hablan la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, eran inicialmente ángeles creados buenos por Dios, que se transformaron en malvados porque rechazaron a Dios y a su Reino, mediante una libre e irrevocable elección, dando así origen al infierno. Los demonios intentan asociar al hombre a su rebelión contra Dios, pero Dios afirma en Cristo su segura victoria sobre el Maligno” (Compendio 74).

“Ungían con óleo a muchos enfermos”. Es la segunda parte del verso décimo tercero. Es como la Liturgia sacramental de la gran celebración, a cielo abierto, que llevaron a cabo los Doce por mandato de Jesús. Y esta gran celebración de la gracia prosigue en todo el orbe, por el ministerio de los presbíteros y cumpliendo el encargo de Jesús. El sacramento de la Unción de los enfermos revela hasta qué punto el Señor atendió a los enfermos y el esmero que puso al ordenar a sus discípulos que procedieran de la misma manera. Por el sacramento de la Unción la Iglesia cuida de sus hijos enfermos y los encomienda “al Señor doliente y glorioso para que los alivie y los salve (cf. St 5, 14-16), exhortándolo también para que asociándose libremente a la pasión y muerte de Cristo (cf. Rm 8, 17) colaboren al bien del Pueblo de Dios” (Ritual de la Unción, Praenotanda 5). Estas son las palabras que dice el presbítero al ungir al enfermo en la frente y en las manos: “Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad” (Ritual 143).

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Terminamos ya, queridos hermanos. Demos gracias al Señor que, por su Iglesia, sigue predicando la conversión y sigue luchando contra el mal y comunicando gracia a las almas por medio de los sacramentos. Toda esta gran obra de gracia sea para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(5 de julio de 2015)

“Y se extrañó de su falta de fe” (Mc 6, 6). Así termina el evangelista San Marcos la narración de la breve visita que Jesús hizo a su pueblo de Nazaret, en los comienzos de su ministerio público. El caso es que ya había dado muestras en lugares vecinos de su gran poder por los milagros y de su gran doctrina por la predicación. Y volvió a su pueblo. Iba con el deseo de ofrecer algún signo para que de esa forma pudieran hacer un acto de fe en él, en su condición de Mesías, de Ungido del Señor, de Enviado por el Padre. Nada. No vio Jesús el menor atisbo de fe en ellos. Y sin fe el milagro carece de sentido. Fue un viaje en el que los paisanos de Jesús, los nazaretanos, se quedaron como estaban, es decir, vacíos y Cristo también se volvió prácticamente de vacío, sin ningún corazón tras de sí. Sin fe el milagro carece de sentido. La fe es a la vez disposición para la recepción del don divino y respuesta al don divino. Vamos a dedicar nuestra homilía a la virtud de la fe para que de esa forma sepamos agradecer cada día a Dios este magnífico don que nos ha otorgado y para que sepamos vivir en consecuencia. ¿Qué es la virtud de la fe? Es la capacidad sobrenatural para reconocer a Dios presente, es la disposición necesaria para que Dios pueda obrar en nosotros y es la respuesta cordial por parte nuestra a Dios que ha obrado en nosotros.

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La fe es la capacidad sobrenatural para reconocer a Dios presente. Nosotros nacemos sin fe y en un momento determinado, en el Bautismo, se nos infunde. Intervienen, ciertamente, los padres u otros creyentes en la transmisión de la fe (enseñando, disponiendo, aconsejando), pero la virtud de la fe es de orden y entidad sobrenatural. Gracias a esa nueva capacidad recibida, ya podemos reconocer a Dios presente en medio de nosotros y establecer con él una relación personal fluida, fructífera y duradera. La fe dista mucho de ser una sugestión natural o una imaginación natural o una cabezonería natural; en tal caso sería una obra nuestra, una frágil obra nuestra. La fe es sobrenatural, regalo sobrenatural: una nueva mirada, unos nuevos ojos, un oído especialmente sensible, un nuevo lenguaje, un nuevo pensamiento, un nuevo sentimiento. La fe es el modo divino de ver y de sentir, como si Dios nos prestase sus ojos y su corazón. La fe nos hace hombres nuevos. La fe nos hace compatibles con Dios. No es que la fe sea la creadora de las realidades sobrenaturales, sino que gracias a la fe, esas realidades sobrenaturales y más concretamente Dios ya pueden ser detectadas y reconocidas por nosotros.

La fe es, además, la disposición necesaria para que Dios pueda obrar en nosotros. La acción de Dios en las almas ha de contar siempre con la aquiescencia del alma, es decir, con la consciente libertad del hombre. Dios no pasa la raya de la libertad humana si el hombre no se lo permite. Dios no actúa ni con coacción ni con violencia ni a la fuerza. Dios siempre llama, Dios pide permiso, Dios espera siempre nuestra respuesta, nuestro “sí”, como en el caso de la santísima Virgen. El hombre de fe es aquel que está dispuesto a que Dios entre en su vida, a que Dios actúe en su vida. ¿Han observado que cuando alguien, en el Evangelio, se acerca a Jesús para pedirle un milagro, escucha de Jesús una pregunta: la pregunta de si tiene fe? Es como si le dijera: ¿Me das permiso? ¿Confías en mí? ¿Me reconoces con poder divino para mostrar a través de mi actuación la omnipotencia y la bondad de Dios? La fe viene a ser como el marco de los milagros.

La fe, finalmente, es la respuesta cordial por parte nuestra a Dios que ha obrado en nosotros. Nos dice el Compendio del Catecismo que “el hombre, sostenido por la gracia divina, responde a la Revelación de Dios con la obediencia de la fe” (Compendio 25). Y el Catecismo nos dice: “Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5)” (CCE 143). Ante Dios que se comunica y se da al hombre por la fe, el hombre responde dándose a Dios también por la fe. Viene a ser así la fe como el lugar del intercambio de dones mutuos. A Dios que se nos da ha de responder el hombre diciendo a Dios, con palabras de San Ignacio: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta” (Contemplación para alcanzar amor, EE 234).

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Terminamos ya, queridos hermanos. ¡Qué hermoso es tener fe! Decía Jesús en cierta ocasión: “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron” (Lc 10, 23-24). ¡Demos gracias a Dios cada día por el don de la fe! Todo sea para su gloria, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(28 de junio de 2015)

“En aquel tiempo, Jesús…” (Mc 5, 21). Así comienza el pasaje del Evangelio de hoy y así suelen comenzar todos los pasajes del Evangelio. “En aquel tiempo, Jesús decía; en aquel tiempo Jesús marchó; en aquel tiempo Jesús…”. Con esta forma de comenzar las narraciones, tanto si se trata de milagros como si se trata de discursos, nos están diciendo los evangelistas que el personaje más importante de todas sus narraciones en todos los casos, tanto de hechos como de dichos, es siempre Jesús. Hemos de añadir, además, que Jesús es el Señor de todo tiempo; así lo proclama solemnemente la Iglesia en la noche santa de la Vigilia Pascual: “Suyo es el tiempo” (Bendición del fuego y del cirio). Por consiguiente, lo mismo que se afirma “en aquel tiempo, dijo Jesús”, se puede afirmar “en este tiempo, dice Jesús” o “en el tiempo futuro, dirá Jesús”. Sus palabras permanecen en todo tiempo; las nuestras, más pronto o más tarde se borran, como ocurre con las palabras que escribimos sobre el papel; al final todas terminan borrándose, antes o después, según la calidad de la tinta del bolígrafo que usemos. Las palabras de Jesús, en cambio, permanecen porque Él mismo es Palabra, la Palabra eterna de Dios que se hace presente, viva y eficaz en todo tiempo. El Evangelio es el mismo en el pasado, en el presente y en el futuro porque “Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre” (Hb13, 8). Nosotros, los que predicamos a Cristo, desapareceremos, pero Cristo permanecerá; por tanto, los oyentes han de relacionarse y adherirse y entrar en comunión con Jesucristo. A la luz de los dos milagros realizados por Jesús de los que nos ha dado cuenta el evangelista en el día de hoy podemos articular nuestra homilía en estos tres puntos: Todos necesitamos de Jesús, todos recibimos de Jesús y todos damos gracias a Jesús.

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Todos necesitamos de Jesús. Lo mismo da ser joven que ser viejo; lo mismo da ser de una familia de conocido y reconocido árbol genealógico que ser una persona con poco relieve social. Ahí está el ejemplo de los dos milagros realizados por Jesús que hemos escuchado: en un caso, una niña; en otro caso, una anciana; en un caso, hija de un conocido y renombrado jefe sinagogal; en otro caso, totalmente anónima; en un caso, amenazada por una enfermedad mortal; en otro caso, apenada y dolida por la molestia de una hemorragia crónica. Todos necesitan de Jesús; mejor, todos necesitamos de Jesús. Podríamos poner cada uno al lado de esas dolencias de la anciana y de la niña del Evangelio, las nuestras propias, las que a día de hoy nos apenan, molestan o agobian. Todos necesitamos de Jesús.

Todos recibimos de Jesús. Es nuestro segundo punto. Todos recibimos de Jesús; además, todos recibimos de Jesús lo que más nos conviene en cada caso. La niña recibió el regalo de volver a vivir; la anciana recibió el regalo de la curación de su hemorragia. Y todos nosotros, los que estamos aquí reunidos en asamblea litúrgica, estamos continuamente recibiendo de Jesús; es posible que en algún caso no recibamos exactamente lo que le pedimos y recibamos otra gracia que no habíamos pedido; si es así, sin duda es debido a que nos convenía más lo que él nos ha dado que lo que nosotros le pedíamos; por eso, al formular nuestras peticiones, añadamos siempre íntimamente: “si es para tu gloria, si es tu voluntad, si es para bien” o alguna otra expresión parecida. De la relación filial con Dios nunca se sale de vacío; de estar con Jesús siempre se sale mejorado.

Todos damos gracias a Jesús. Es nuestro tercer punto. Como conclusión del beneficio recibido por la anciana, nos dice el evangelista que “se postró ante él” (Mc 5, 33), que es una manera bien elocuente de mostrar su gratitud; como conclusión del beneficio recibido por la niña, nos dice el evangelista que todos quedaron “llenos de estupor” (Mc 5, 42), que es otra manera de mostrar admiración y gratitud. ¿En el fondo qué estamos haciendo nosotros ahora, al celebrar la Eucaristía, sino “dar gracias”? En nuestro examen de conciencia de cada día hemos de dar entrada a la acción de gracias. Examinar la conciencia al final del día es, antes que nada, repasar los beneficios recibidos de Dios en esa jornada; habrá que mirar otras cosas, ciertamente, pero lo primero, mirar a Dios y a los dones con que nos ha enriquecido en ese día, repaso que nos moverá a la gratitud, a la confianza y a la generosidad.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Seamos cada vez más conscientes de que todos necesitamos de Jesús; seamos cada vez más conscientes de que todos recibimos mucho de Jesús; seamos cada vez más conscientes de que le hemos de dar continuamente gracias a Jesús. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(21 de junio de 2015)

“¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41). Así terminan preguntándose, llenos de asombro, los discípulos, tras haber sido testigos de uno de los milagros de Jesús. Iban en barca hacia la otra orilla del lago de Galilea por orden suya, por orden del Maestro (”pasemos a la otra orilla”, les dijo). Jesús, fatigado, dormía en la parte posterior de la embarcación y cuando le despiertan, asustados por la fuerza de los vientos de una fuerte borrasca, Jesús se impone sobre la furia de los elementos y sobreviene una gran bonanza. ¿Cómo no iban a sentir asombro y estupor los discípulos siendo testigos de esa actuación soberana de Jesús? Compartimos con ellos nuestro asombro porque Jesús sigue subido en nuestra barca, en la barca de la vida de cada uno de nosotros y también nosotros somos testigos de lo que es y de lo que hace. Nuestro asombro ante Jesús se debe a un triple motivo: su presencia, su presencia en todo acontecimiento y su presencia también en lo que nos da miedo.

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Su presencia. He ahí nuestro primer motivo de admiración. Jesús no sólo nos encarga tareas y nos confía misiones, sino que las comparte con nosotros. No nos embarca y se queda en la orilla, sino que se sube a la barca de nuestras obligaciones y deberes. No nos han de importar las órdenes que nos dé, aunque sorprendan a veces y signifiquen renuncias, pues con alguna frecuencia nos manda dejar orillas conocidas y avanzar hacia lo desconocido. Son órdenes suyas y las órdenes de Jesús no se discuten, sino que se aceptan y se cumplen lo mejor que uno sabe y puede. Él viene con nosotros; a veces guardará silencio, pero viene. Habremos de comprender, incluso, sus cansancios y fatigas. Él “compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado” (Plegaria Eucarística IV). Él sabe, pues, lo que nos pasa porque su humanidad es humanidad hasta las lágrimas. “Él nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano” (Plegaria Eucarística V/c), dice la Iglesia en una de sus plegarias eucarísticas.

Su presencia en todo acontecimiento. He ahí nuestro segundo motivo de admiración. Claro que si Jesús está presente en todo acontecimiento, entonces todo acontecimiento es como un sacramento. Escribía la beata Isabel de la Trinidad: “El alma debe dejarse inmolar siguiendo los designios de la voluntad del Padre a ejemplo de su Cristo adorado. Cada acontecimiento y suceso de la vida, cada dolor y gozo es un sacramento por el que Dios se comunica al alma” (Beata Isabel de la Trinidad, El cielo en la tierra, Día Tercero). Los teólogos distinguen como dos niveles en los sacramentos: “res et sacramentum”, es decir, lo que se ve y aparece en su materialidad y el misterio del Dios vivo, invisible a los ojos corporales pero visible a la mirada de la fe, misterio presente en la intimidad del acontecimiento, misterio santificador. La presencia de Dios es lo que convierte a todo acontecimiento en sacramento.

Su presencia también en lo que nos da miedo. He ahí nuestro tercer motivo de admiración. El miedo nos acompaña. Nuestro ánimo muchas veces se ve sacudido angustiosamente por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo se siente, pero el miedo “se pasa”. El reproche que les hace Jesús a los discípulos no es tanto porque han sentido miedo, sino porque el miedo está a punto de paralizarles y de impedir que culminen su travesía. No decimos que no se sienta miedo, sino que el miedo paralice. La persona miedosa es aquella que no es capaz de “pasar” el miedo, sino que el miedo le frena y detiene. Es lógico, siendo como somos de condición creada, que tengamos miedo: miedo ante las dificultades, ante la práctica del bien, ante el cumplimiento de las obligaciones o ante el posible fracaso; no obstante, el miedo “se pasa”, es decir, se atraviesa y se traspasa en la compañía de Jesús. Si el miedo paraliza a la hora de cumplir la voluntad de Dios y de practicar el bien es porque se mira sólo a las criaturas (entorno, prestigio, fama…). Cuando se mira a Jesús, el miedo se siente pero se pasa, el miedo se siente pero se vence. Con Cristo se vence todo. El miedo nos acompaña, pero Cristo también. Cristo es más que el miedo.

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Terminamos ya, queridos hermanos. Demos gracias a Jesús por su presencia continua en nuestra vida. Su presencia es lo más importante de todo lo que nos pasa. Confiemos en Él y acudamos a Él. En este mes de junio repitamos a menudo y en cualquier circunstancia: “Jesús, confío en ti”. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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 XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(14 de junio de 2015)

“El grano brota y crece, sin que él sepa cómo… la tierra da el fruto por sí misma… y cuando el fruto lo admite, se le mete la hoz porque ha llegado la siega” (Mc 4, 26-29). Tras las impresionantes solemnidades de las últimas semanas (Pentecostés, Trinidad y Corpus), reanudamos hoy la andadura ordinaria de nuestro camino cristiano anual, que nos llevará, domingo a domingo, hasta el final del año litúrgico que ocurrirá en el mes de noviembre, concretamente el día 22 en que celebraremos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Y en la reanudación de nuestro camino ordinario nos encontramos con esta pequeña parábola de la semilla que crece por sí misma. Es una parábola tan pequeña, tan humilde, tan breve (tiene tan sólo cuatro versos) que la Iglesia le ha añadido también la del grano de mostaza para darle así un poco más de duración al Evangelio de este domingo. Nosotros nos vamos a quedar sólo, para nuestra homilía, con la primera de las dos, la de la semilla que crece por sí misma. Es la parábola de lo pequeño, de la vida callada y silenciosa, de la vida útil. Podemos escalonar nuestro comentario en estos tres pasos: lo pequeño, germina; lo pequeño, crece; lo pequeño, llega a la madurez.

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Lo pequeño, germina. La buena semilla viene de fuera, viene de Dios. Por venir de Dios es una semilla de la máxima calidad, pues lleva vida en sí misma, la vida de Dios. Al fin, la gracia es Dios mismo que se nos da en Cristo con toda la riqueza de su vida intratrinitaria. Es Dios mismo el que se siembra en nosotros. ¿Por qué extrañarnos de que vaya germinando, si, como dice San Juan en su Evangelio, en el Verbo estaba la vida (cf. 1, 4)? ¿Por qué extrañarnos de que vaya germinando si, como les decía Jesús a los discípulos ya en su despedida, Él es el camino y la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6). Dios se hace pequeño y humilde por la gracia para poder llegar así hasta los últimos, hasta los más pequeños. Dios necesita de los últimos para poder llegar hasta el último lugar y para que de esa manera nadie se quede sin la esperanza de la santidad. Esta es la parábola del consuelo de los últimos. Entendamos las llamadas del Señor que nos dice: ¿me dejas tomar posesión de tu corazón para así poder ser el último y salvar a los últimos?

Lo pequeño, crece. Es nuestro segundo paso en el comentario de esta parábola, mínima en extensión pero amplísima en sus aplicaciones. Lo pequeño, crece. El reino de Dios, la gracia, lleva en sí mismo un principio de desarrollo, una fuerza oculta y secreta que le va llevando hasta su total desarrollo perfectivo. Por tanto, no hemos de atribuirnos nosotros todos los méritos en el desarrollo de la vida cristiana. Es cierto que junto a la gracia divina esta la determinación humana, pero el mayor mérito es de Dios; no hemos de atribuirnos méritos que no nos corresponden. Y esto tanto a nivel personal como a nivel apostólico. La acción pastoral es un servicio que Dios nos pide realizar, pero la fuerza y el crecimiento, la fructificación y la maduración son suyas. El crecimiento cristiano se explica, sobre todo, por la acción de la gracia en las almas.

Lo pequeño, llega a la madurez. Es nuestro tercer paso. Y para llegar a la madurez se necesita tiempo. Todo tiene que llegar a su sazón y hay que respetar los tiempos de Dios como Dios respeta los tiempos del alma. Todo necesita su número y tiempo para llegar a estar en sazón. Si queremos tirar de una planta para que crezca pronto, la rompemos. Hay que dejar que crezca con paciencia y silencio y atención amorosa. No se trata de que la planta se quede a medio hacer, pues entonces no sirve para nada. Se ha de acabar de hacer, pero a su paso. La planta de trigo ha de llegar a la madurez, porque hay que dar de comer. La gracia ha de llegar a la madurez porque hay que amar. “Obras quiere el Señor” (5M 3, 11)

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Terminamos ya, queridos hermanos. Dejemos que la vida divina vaya creciendo en todos nosotros. Dios que comenzó en nosotros la obra buena, Él mismo la llevará a término. Dios mismo que sembró su vida en nosotros, la va cuidando con su Palabra, con los sacramentos, con las gracias actuales. Encuentre siempre la gracia en nosotros una adecuada cooperación. Todo sea para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

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