1. Homilías Dominicales

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN
(8 de mayo de 2016)
(El sacerdote, ministro de la Misericordia, 5)

“Después los sacó hacia Betania y levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía…” (Lc 24, 50-51), subió al cielo. Así narra San Lucas, al final de su Evangelio, la Ascensión del Señor a los cielos. En su otro libro canónico, el de los Hechos del los Apóstoles, en su primer capítulo, volverá a narrar ese mismo misterio de la Ascensión: “Fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a su vista” (Hch 1, 9). Este misterio de la Ascensión que a primera vista parece el misterio de la distancia, de la lejanía y del desentendimiento, en realidad es justamente lo contrario: es el misterio de la cercanía, de la realeza y del poder de Jesús. Nos dice el Catecismo que “en el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. “De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor. Como “Sumo Sacerdote de los bienes futuros”, es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos” (CCE 662). Ya ven, entonces, como el misterio de la Ascensión no aparta a Jesús de los suyos, sino que le da la posibilidad de estar más cercano a nosotros y más activo en nuestro favor. Esta cercanía y actividad de Jesús se hace realidad eminente en los sacramentos. De uno de los siete sacramentos, del sacramento de la Penitencia, venimos hablando en las homilías de los últimos domingos. En el día de hoy y dando un paso hacia lo concreto y visible de este sacramento, podemos hablar del lugar sacerdotal, del tiempo sacerdotal y de la vestidura sacerdotal.

*** *** ***

Lugar sacerdotal. Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y palabras (cf. CCE 1153); por tanto, el encuentro de gracia entre Dios y cada uno de nosotros se da de hecho en un lugar, es decir, se exterioriza y se hace visible en un espacio determinado, sin quedarse sólo en la esfera de lo meramente interior. Dios ha adoptado el “modo de la Encarnación” para salvarnos y en él se mantiene. El ejercicio sacerdotal de Cristo tiene sus lugares propios. Refiriéndonos ahora al sacramento de la Penitencia, recordemos que el lugar sacerdotal propio en el que Cristo, en la persona del sacerote, celebra este sacramento es en una iglesia u oratorio y que no se deben oir confesiones fuera del confesonario, si no es por justa causa (cf. CIC, c. 964). El lugar para la reconciliación debe responder, por una parte, a la discreción propia de la acción, sin perder, por otra parte, el carácter de lugar visible, iluminado, que corresponde a una acción litúrgica (cf. Orientaciones doctrinales, 75).

Tiempo sacerdotal. Cristo, en la persona del sacerdote, ejerce su cercanía santificadora singularmente en tiempos determinados, ya que así se corresponde mejor con nuestra condición encarnada. Por eso el Ritual de la Penitencia nos dice que “es conveniente que los fieles conozcan el día y la hora en que está disponible el sacerdote para ejercer este ministerio” (Praenotanda 13). En esa misma línea se expresa el Código de Derecho Canónico cuando indica que se dé a los fieles la oportunidad de acercarse a la confesión individual “en días y horas determinados que les resulten asequibles” (CIC, c. 986).

Vestidura sacerdotal. Cristo ejerce su sacerdocio sobre todo en la celebración litúrgica. Puesto que el sacramento de la Penitencia es una celebración litúrgica, en ella, de forma ordinaria, el presbítero ha de celebrar con vestidura litúrgica sacerdotal. Así se expresó en su día el Episcopado Español: “Los ornamentos propios para celebrar la reconciliación individual en la iglesia son el alba y la estola” (Orientaciones doctrinales 75). De esta forma queda completada la trilogía de elementos visibles que componen la celebración del sacramento de la Penitencia: el sacramento de la victoria, el sacramento de la renovación, el sacramento del futuro.

*** *** ***

Terminamos ya, queridos hermanos. En la gran solemnidad de la Ascensión del Señor hemos dedicado nuestra homilía a los aspectos más concretos y visibles del sacramento de la Penitencia. Hemos querido con ello presentar este gran misterio de la Ascensión como misterio de cercanía y no de lejanía, como misterio de ejercicio de realeza de Cristo y no como dejación de responsabilidad, como misterio de omnipotencia ejercida y no sólo como omnipotencia honorífica. Por su condición celeste Cristo ejerce con gran eficacia a día de hoy su sacerdocio en la persona de los sacerdotes. ¡Bendito sea Dios en sus dones y santo en todas sus obras! Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

————————

IV DOMINGO DE PASCUA
(17 de abril de 2016)
(El sacerdote, ministro de la Misericordia, 2)

“Yo les doy la vida eterna” (Jn 10, 28). Estamos a mitad del Tiempo Pascual, este tiempo que, en palabras de San Atanasio, ha de ser celebrado “con alegría y exultación como si se tratara de un solo y único día festivo, más aún, como “un gran domingo” (cf. NUAL 22). Las palabras que hemos escuchado en el Evangelio de hoy y las que escuchábamos a Jesús en el domingo de la “Divina Misericordia” (”Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…” (Jn 20, 22), nos han movido a dedicar las homilías de los próximos domingos al tema de “El sacerdote, ministro de la Misericordia”. Estamos en el “Año de la Misericordia” y es tiempo propicio para profundizar en el gran sacramento de la Penitencia, sacramento en el que Cristo, buen Pastor, conoce a sus ovejas, da vida a sus ovejas y da la vida por sus ovejas. La vida eterna, ese don inefable que Cristo nos adquirió con su sangre, fue recibida por nosotros en los sacramentos de la iniciación cristiana. Pero al hallarnos todavía en “nuestra morada terrena” (2Co 5, 1), esta vida nueva de hijos de Dios puede ser debilitada, puede ser incluso perdida por el pecado y debe ser perfeccionada. Cristo mismo en el sacerdote por el sacramento de la Penitencia vuelve a recuperar para nosotros la vida nueva perdida por el pecado, la fortalece en el sacramento de la Penitencia y la lleva a perfección en ese mismo sacramento. He ahí tres efectos del sacramento de la Penitencia: recuperación, fortaleza y perfección de la vida nueva, obra hermosa que hace Cristo en la persona del sacerdote, ya que el sacerdote actúa “in persona Christi Capitis”, en persona de Cristo Cabeza, en la identificación específica, sacramental con el “sumo y eterno sacerdote”. Repasemos los tres efectos de este sacramento: recuperación, fortalecimiento y perfeccionamiento de la vida nueva.

*** *** ***
Jesucristo, actuando en la persona del sacerdote, recupera para el fiel la vida nueva perdida por el pecado grave. Nos dice el Catecismo: “Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia a favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como “la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia” (CCE 1446). Precisamente para subrayar esta conexión de la Penitencia con el Bautismo, en el “iter misericordiae” (camino de la misericordia) que hemos diseñado en nuestra catedral diocesana como catequesis para este Año de la Misericordia, está, frente a la pila del agua bendita, que nos recuerda el Bautismo, el confesonario que se nos presenta como la segunda tabla de la salvación tras el naufragio que es la pérdida de la gracia.

Jesucristo, actuando en la persona del sacerdote, fortalece en el fiel la vida nueva debilitada por el pecado venial. He aquí el segundo efecto del sacramento de la Penitencia que hemos de tener cada vez más presente. Puede haber fieles que, gracias a Dios y a su colaboración con la gracia, han visto cómo el pecado grave ya ha desparecido del horizonte de su vida cristiana. Pero ello no significa que no se haya de acudir con regularidad al sacramento de la Penitencia. Esa vida nueva ha de ser fortalecida. Renovando el arrepentimiento y recibiendo la gracia del sacramento, Cristo comunica fortaleza al corazón. Se lamentaba Santa Teresa de la poca importancia se le prestaba a la lucha contra el pecado venial e invitaba a trabajar en serio por el fortalecimiento de la vida cristiana. Escribe literalmente: “con todas vuestras fuerzas libraros aun de pecados veniales y seguir lo más perfecto” (Camino de Perfección 5, 3). Acudiendo con regularidad al sacramento de la Penitencia que el sacerdote celebra “in persona Christi” se fortalecerá nuestra vida cristiana.

Jesucristo, actuando en la persona del sacerdote, perfecciona en el fiel la vida nueva de la gracia. He aquí el tercer efecto del sacramento de la Penitencia que hemos de tener muy presente. El objetivo en nuestra vida cristiana no es sólo realizar obras buenas sino realizarlas con pureza de amor. ¿Pero quién nos librará de los modos bajos de hacer el bien? Escribía hace ya varios siglos un gran doctor de la Iglesia: “¿Quién se podrá librar de los modos y términos bajos si no le levantas tú a ti en pureza de amor, Dios mío? ¿Cómo se levantará a ti el hombre engendrado y criado en bajezas, si no le levantas tú, Señor, con la mano que le hiciste?” (San Juan de la Cruz, Oración del alma enamorada). La perfección del amor es “obra creadora” de Dios. Hemos de tender a la perfección, a los modos divinos de hacer el bien. Santa Teresa, a la que citábamos más arriba, escribía: “Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con perfección es todo nuestro bien” (Camino de perfección 5, 4). Y al iniciar sus trabajos de reforma nos dice que su determinación fue “seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese” (Camino de perfección 1, 2). ¿Ven en qué términos piensan los santos? ¿Ven en qué términos hemos de pensar nosotros porque es en esos términos en los que piensa el Señor: perfección de amor, pureza de amor, modos divinos de hacer las obras buenas. Y bien: acudiendo con regularidad al sacramento de la Penitencia que el sacerdote celebra “in persona Christi” se irá perfeccionando nuestro amor, se irá purificando nuestro amor, serviremos al Señor con más pureza de amor cada día.

*** *** ***
Terminamos ya, queridos hermanos. Demos gracias al Señor, el buen Pastor, que nos da la vida eterna y cuida de que esta vida eterna, que ya se da aquí en este mundo, se vaya perfeccionando cada vez más en nosotros. La perfecciona Él, ciertamente, en la persona del sacerdote, ministro de la Misericordia. Todo sea para la gloria de Dios, extendida y difundida, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

———————

TERCER DOMINGO DE PASCUA
(10 de abril de 2016)
(El sacerdote, ministro de la Misericordia, 1)

“Es el Señor” (Jn 21, 7). Con estas tres palabras identifica San Juan a Jesucristo que les está esperando en la orilla del lago para compartir con ellos algo de la pesca capturada a última hora. “Es el Señor” (Jn 21, 7). La mirada limpia de San Juan supera los cien metros de distancia que les separaban de Jesús y lo reconoce. “Es el Señor” (Jn 21, 7). La dificultad inicial de reconocimiento, no obstante, no era sólo cuestión de distancia física sino también, y sobre todo, de estado de ánimo (luz de la fe) y de estado del corazón (lumbre del amor). Cuando la fe está esclarecida y la caridad es crepitante, entonces se suprimen prontamente las distancias y se trascienden gozosamente las mediaciones. “Es el Señor” (Jn 21. 7). Estas palabras de San Juan y las que escuchábamos el pasado domingo a Jesús (”Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…” (Jn 20, 22), nos han movido a dedicar algunas homilías en los próximos domingos al tema de “El sacerdote, ministro de la Misericordia”. Pongamos al inicio de estas homilías estas tres verdades: Cristo comunica los frutos de su misterio pascual en la celebración de la liturgia sacramental de la Iglesia, Cristo mismo actúa en los sacramentos y el sacerdote actúa “en persona de Cristo Cabeza”.

*** *** ***
Cristo comunica los frutos de su misterio pascual en la celebración de la liturgia sacramental de la Iglesia. Cristo vive y actúa en su Iglesia ahora de una manera nueva, propia de los tiempos nuevos que sucedieron a su resurrección. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición, tanto oriental como occidental, llama “economía sacramental”, es decir, el modo elegido por el Señor para comunicarnos su vida. El término “economía”, aunque ahora su significado se ha reducido a una significación meramente monetarista, sin embargo tiene en su origen un significado mucho más amplio: ese término abarcaba todas aquellas actuaciones, de todo tipo, que el responsable de una familia iba realizando para sacar a su familia adelante, es decir, se trataba del buen gobierno de una casa. Pues bien, nosotros somos la familia de Dios, la casa de Dios en la que Jesucristo, por encargo del Padre y por la unción del Espíritu Santo, nos va sacando adelante. Así que, “sentado a la derecha del Padre” y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, es decir, gobernando muy bien su casa, Cristo no deja de actuar en nuestro favor.

Cristo mismo actúa en los sacramentos. Por medio de los sacramentos, instituidos por Él, nos comunica su vida, nos comunica su gracia; con razón, la Iglesia llama a los sacramentos “las obras maestras de Dios” en la nueva y eterna Alianza. En los sacramentos actúa Cristo mismo. El es quien bautiza, quien confirma, quien celebra su Pascua, quien perdona, quien unge a los enfermos, quien consagra a sus ministros, quien santifica a los nuevos esposos. Los sacramentos son suyos. Cristo actúa en “sus” sacramentos con el fin de comunicar la gracia que los sacramentos significan. También nosotros, al ver celebrar un sacramento, habremos de decir como San Juan desde la barca: “Es el Señor” (Jn 21, 7).

El sacerdote actúa “en persona de Cristo Cabeza”. Nos dice el Catecismo, inspirándose en el último Concilio, que en virtud del sacramento del orden, el sacerdote actúa “in persona Christi Capitis” (CCE 1548). En el servicio eclesial del presbítero es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Los últimos pontífices van recordando esta gran verdad. San Juan Pablo II escribía en una de sus encíclicas: “In persona Christi” quiere decir más que “en nombre”, o también, “en vez” de Cristo. “In persona”: es decir, en la identificación específica, sacramental con el “sumo y eterno sacerdote”, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie” (EdE 29). En realidad, pues, no hay sustitución de Cristo, sino un misterio de mucho mayor calado: hay presencia sacramental del mismo Cristo. El sacerdote personifica a Cristo, Cabeza y Pastor. Ni desaparece la persona de Cristo ni desaparece la persona del sacerdote, y sin embargo se identifican de tal manera que hay un solo “yo”: el “yo” de Jesús se sustancia en el “yo” del sacerdote. Por su parte, el Papa emérito Benedicto XVI decía en una homilía de ordenación: “El apóstol, y por lo tanto el sacerdote, recibe el propio nombre, es decir, la propia identidad, de Cristo. Todo lo que hace, lo hace en su nombre. Su “yo” se hace totalmente relativo al “yo” de Jesús” (3 de mayo de 2009).

*** *** ***
Terminamos ya, queridos hermanos. Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes. Es gracia muy grande que el Señor ha dejado en su Iglesia esta de hacerse real y personalmente presente en los sacerdotes. También nosotros habremos de decir interiormente cuando veamos a un sacerdote las mismas palabras que decía San Juan cuando vio desde la barca a Cristo que estaba en la orilla: “Es el Señor” (Jn 21, 7). Todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

————————-

 SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA
DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA
(3 de abril de 2016)

“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana…” (Jn 20, 19). Así ha comenzado San Juan la narración de la aparición en el Cenáculo. Este dato enlaza con el comienzo del Evangelio del pasado domingo. El Evangelio del pasado domingo nos situaba al amanecer y el de hoy al anochecer. Así que hoy termina el día más largo de todo el año. Al calificarlo así, como el día más largo, no empleamos criterios de cronometría, de horas de sol, sino criterios celebrativos. Es el día más largo porque, en lo celebrativo, ha durado una semana; es como si el tiempo se hubiera detenido, también él asombrado, ante el hecho de la resurrección de Cristo. “Sol, quieto en Gabaón” (Jos 10, 12), gritó Josué. Y ahora, sin decírselo nadie, el mismo sol se ha detenido; mejor aún, del sepulcro ha salido el Sol y por eso el día dura tanto. Gran día el de la resurrección al que le podemos poner estas tres calificaciones: el día más largo, el día de la gloria y el día de la vida.

*** *** ***
El día de la Resurrección es el día más largo. Nuestra primera calificación. Es un día que ha durado una semana; por eso en la Misa de cada día se ha cantado el Gloria y se ha podido cantar también durante toda la semana la secuencia, esa bellísima composición poético-musical que precede al Evangelio y que comienza con estos versos: “Ofrezcan los cristianos/ ofrendas de alabanza/ a gloria de la víctima/ propicia de la Pascua”; por eso se ha repetido durante toda la semana como versito aleluyático “este es el día en que actuó el Señor”, tomado del salmo 117, el salmo pascual por excelencia; por eso se ha venido entonando el Prefacio I de Pascua y repitiendo que es justo dar gracias a Dios “en este día” en que Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado; por eso en la Plegaria eucarística se nos ha dicho que estamos reunidos para celebrar “el día santo de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo según la carne”; por eso se ha despedido a la asamblea con el doble aleluya; por eso en la Liturgia de las Horas, los salmos de la oración de la mañana han sido los del día de Pascua; por eso los salmos de la oración de la tarde han sido también los del día de Pascua.

Para darle unidad a este largo día de una semana, la aparición del Resucitado que escuchamos el pasado domingo era la del “amanecer”, y en cambio la de este ha sido la del “anochecer”. ¿Recuerdan cómo comenzaba el Evangelio del pasado domingo? “El primer día de la semana, fue María Magdalena al amanecer”. ¿Recuerdan cómo comienza la aparición que se lee hoy? “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana”. “Al amanecer de aquel día… al anochecer de aquel día”, y en medio, una semana.

El día de la Resurrección es el día de la gloria. Nuestra segunda calificación. En la secuencia antes citada, el compositor construye un delicioso diálogo imaginario con María Magdalena; en este diálogo, el compositor pregunta: “Dinos, María, qué has visto” y la Magdalena responde: “la gloria del resucitado… a mi Señor glorioso”. La Magdalena no sólo ha visto a Cristo vivo sino a Cristo lleno de gloria. Después de la Pascua, la gloria de la divinidad de Cristo se ha desbordado sobre su humanidad; la humanidad de Cristo resucitado es hecha partícipe, ya de forma diáfana, del esplendor de su divinidad. Magdalena, pues, ve la “gloria” del Resucitado.

La gloria de Cristo, además, es una gloria que, por voluntad suya, no es sólo una gloria contemplada sino una gloria participada por los suyos; de hecho, ya ha empezado nuestra participación de la gloria de Cristo al momento de recibir el Bautismo. Nuestra vida terrena es una vida entre dos resurrecciones: la bautismal y la final. Nuestros ser y nuestro obrar, a medida que avanza nuestra existencia terrena, han de participar cada vez con más intensidad de la gloria del Resucitado. La gloria de la Resurrección para nosotros no es una inesperada improvisación sino una consciente y progresiva asimilación de la gloria de Jesús. Uno de los “tiempos mayores” en que se asimila la gloria de Jesús es en la celebración de los sacramentos. Y en esta aparición del Cenáculo Jesús hace referencia a un “tiempo celebrativo” concreto, que es el sacramento de la Penitencia: “A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Este verso nos da pie para iniciar una serie de homilías que llevarán el título de “el sacerdote, ministro de la Misericordia”.

El día de la Resurrección es el día de la vida. Nuestra tercera calificación. Hablamos aquí de una vida no sólo prolongada, sino de una vida, además de prolongada, enaltecida. La vida gloriosa no tendrá fin. Podemos adaptar a la vida eterna la respuesta litánica del salmo 135, salmo en el que está inspirado el himno para este “Año de la Misericordia”. A los enunciados del cantor, el pueblo responde: “In aeternum misericordia eius” (para siempre su misericordia). Pues así es la vida del Resucitado y nuestra futura vida: una vida en plenitud y para siempre, siempre, siempre.

*** *** ***
Terminamos ya, queridos hermanos. En este segundo domingo de Pascua, domingo de la divina Misericordia, demos gloria y alabanza a Cristo por su Resurrección, misterio para Él presente y actual, y démosle gracias también por nuestra futura resurrección, que esperamos gozar confiando en su infinita Misericordia. Y todo sea para gloria de Dios, para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

—————————-

 DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN
(27 de marzo de 2016)

“Entonces entró también el otro discípulo…, vio y creyó” (Jn 20, 8). Con estos tres verbos (”entró, vio y creyó”) resume San Juan su experiencia personal en la mañana de Resurrección. Estamos oyendo a un testigo de primera hora. Tras recibir la noticia del sepulcro vacío por parte de las santas mujeres y correr junto con Pedro hasta el sepulcro, al llegar a la puerta del mismo el apóstol Juan se detiene, recupera el aliento y pone en orden su agitado espíritu. La prisa cede a la calma, la agitación cede al reposo y la acción parece que se ralentiza allí, a la entrada del sepulcro. Y lo que sigue después está concentrado en esos tres verbos: entró, vio y creyó.

*** *** ***

“Entró”, es lo primero que hizo el apóstol San Juan. Sin duda que el sentido literal del verbo es geográfico: dio unos pasos hacia el interior del sepulcro. Pero el alcance del verbo es mucho mayor. El apóstol nos está enseñando una forma de vivir los distintos acontecimientos de nuestra vida. ¡Tantas veces nos quedamos a las puertas de los mismos, sin entrar en ellos! Acontecimientos muchas veces difíciles y misteriosos, incluso un poco oscuros. Acontecimientos que nos pueden causar sorpresa o extrañeza por las circunstancias humanas que los rodean. Pero hay que entrar. Lo mismo que hizo Jesús, el Maestro, a las puertas de su gran acontecimiento pascual: entró en él, ni se rebeló ni se echó atrás. Jesús entró en ese gran misterio de su muerte redentora, de su sepultura silenciosa y en el fondo de ese misterio estaba la vida renovada y amorosamente dispuesta por el Padre. El apóstol Juan nos invita también a nosotros a no detenernos ante las dificultades, a hacer lo que esté en nosotros sin renunciar a esos pasos adelante en nuestra vida, nos invita a tener ánimo y determinación porque en el fondo de todo está el mismo Dios, está la vida renovada.

“Vio”, es lo segundo que hizo el apóstol San Juan. Parece un verbo sencillo, como si sólo fuera cuestión de abrir los ojos. Pero también en este caso el alcance del verbo es mayor de lo que parece. Para ver bien no sólo hay que abrir los ojos sino poner a punto el corazón. El corazón prolonga la mirada, ve lo que hay detrás, lo que hay más allá. Durante su vida terrena, Jesús fue invitando y enseñando a sus oyentes a ir más allá de lo que veían los ojos. Cada discurso que pronunciaba, cada milagro que realizaba era una invitación a ir más allá de lo materialmente visible. Sus obras eran signos de la presencia de Dios en medio de ellos. Como Juan era discípulo aventajado de Jesús y había aprendido a mirar más allá de lo material, por eso cuando vio el sepulcro vacío y las vendas y el sudario que habían quedado allí, enseguida supo trascender aquellos signos y descubrió lo que significaban, que Cristo había resucitado.

“Creyó”, es lo tercero que hizo el apóstol San Juan. La respuesta personal ante aquel acontecimiento que estaba viendo fue una respuesta de fe. Vio y creyó. La respuesta de fe incluye muchas cosas y está llena de consecuencias muy decisivas y determinantes. La fe es una respuesta global y total que el hombre da a Dios cuando éste sale a su encuentro y el alma se da cuenta de su presencia. La fe no es un pequeño añadido a nuestra existencia o una superficial coloración de nuestro ser, sino que es una nueva forma de ser y de vivir. Podemos decir que la fe llega a empapar de tal manera a la persona, que ya la persona es otra. Estos son algunos rasgos del hombre de fe: el hombre de fe es un hombre adorante (ha dejado atrás sus ligerezas y superficialidades y se rinde ante la asombrosa grandeza de Dios), el hombre de fe es un hombre que le entrega a Dios su corazón (no se contenta con hacerle a Dios algún obsequio sino que le da lo mejor de sí mismo) y el hombre de fe vive en un humilde, continuo y amoroso servicio a la voluntad de Dios (encuentra su alegría en hacer lo que Dios quiere y en querer lo que Dios quiere).

*** *** ***

Terminamos ya, queridos hermanos. En esta mañana única de la Pascua de Resurrección, vivamos también nosotros la gran experiencia espiritual contenida en los tres verbos de San Juan: Entró, vio y creyó. También nosotros hemos entrado en las distintas celebraciones de la Semana Santa hasta lo profundo del misterio de Cristo. También nosotros hemos visto los signos de su amor para con nosotros: su dolorosa y mansa pasión, su muerte tan sobrecogedora, su callada y fecunda siembra en el surco del sepulcro nuevo. Y también nosotros somos invitados a creer en él, es decir, a adorarle, a entregarle nuestro corazón, a vivir con Él en un humilde y amoroso servicio a la voluntad del Padre. Con las últimas palabras de la Secuencia le decimos a Jesús: “Primicia de los muertos,/ sabemos por tu gracia/ que estás resucitado;/ la muerte en ti no manda./ Rey vencedor, apiádate/ de la miseria humana/ y da a tus fieles parte/ en tu victoria santa/. Amén. Aleluya”.

Padre Alejo Navarro. 19250 SIGÜENZA. Guadalajara. ESPAÑA.

————————-