11. La Misa explicada

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EL CANTO DE ENTRADA

 1. PARTE DE LA CELEBRACIÓN

 El canto de entrada es ya celebración, no es algo previo a la misma. Junto con otros nueve elementos (procesión, saludo al altar, invocación, saludo a la asamblea, monición, acto penitencial o aspersión, Kyrie, Gloria y oración colecta), el canto de entrada forma parte de los Ritos Iniciales, que tienen como finalidad “hacer que los fieles reunidos constituyan una comunión y se dispongan a oír como conviene la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía” (OGMR 46).

 Los Ritos Iniciales crean unión entre los fieles, que llegan desde la dispersión de sus distintas ocupaciones y situaciones. Empiezan a aparecer elementos comunes: gestos, cantos, palabras… La celebración será como una peregrinación desde la dispersión hasta la unidad, que culminará cuando todos reciban el mismo Cuerpo de Cristo.

 Los Ritos Iniciales disponen, además, para oír debidamente la Palabra de Dios, pues si ésta fuese proclamada nada más empezar la celebración, caería como en tierra no roturada. Es preciso un tiempo para poner a punto los oídos, la mente y el corazón.

 Los Ritos Iniciales disponen, en fin, para celebrar dignamente la Eucaristía. Sin una adecuada disposición interior es muy difícil entrar en el misterio y sin ella nos quedaríamos siempre como a las puertas del mismo.

 2. MOMENTO DEL CANTO DE ENTRADA

 “Reunido el pueblo, mientras entra el sacerdote con el diácono y los ministros, se comienza el canto de entrada” (OGMR 47). “Reunido el pueblo, el sacerdote con los ministros va al altar, mientras se entona el canto de entrada” (OM 1). “Mientras se hace la procesión al altar, se entona el canto de entrada” (OGMR 121)

 El canto de entrada no es autónomo sino que acompaña a una procesión. Se ha de cantar durante el desarrollo de la procesión de entrada (desde el momento en que se inicia hasta que el presidente llega a la sede). Cuando el sacerdote llega a la sede, se ha de acabar el canto.

 Canto de entrada y procesión de entrada forman un binomio que ha de ir muy bien armonizado y acompasado. A veces aparecen dificultades prácticas para desarrollar con cierta entidad estos primeros momentos de la celebración (proximidad de la sacristía al altar, el sacerdote como único cantor…). Son dificultades reales que se han de solucionar lo mejor que buenamente se pueda. Por eso, para que al menos en determinadas fechas tanto el canto como la procesión tengan cierta entidad, conviene realizar la procesión con un recorrido algo más largo (desde el fondo de la nave o desde otro lugar apropiado).

 3. FINALIDAD DEL CANTO DE ENTRADA

 “El fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido e introducirles en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión del sacerdote y los ministros” (OGMR 47).

 Cuatro fines, por tanto, intenta conseguir el canto de entrada: apertura de la celebración (como la señal perceptible de que ha comenzado), unión de los fieles (todos cantan lo mismo y todos empiezan a sentir los mismo), introducción al misterio del día (el canto de entrada facilita ya la percepción de los aspectos particulares del misterio de Cristo que la Iglesia celebra en ese día) y acompañamiento de la procesión (el canto sostiene y anima a los caminantes).

 Para que el canto de entrada consiga esos cuatro fines ha de estar cuidadosamente seleccionado y cuidadosamente ejecutado.

 4. CALIDAD DE LETRA Y MÚSICA.

 A la hora de seleccionar los cantos se ha de poner atención tanto en el texto como en la música, procurando que ambos tengan calidad.

 Puesto que celebramos el misterio de Cristo, el texto nos ha de hablar sobre todo de ese misterio (textos confesantes de nuestra fe) y no de los sentimientos del compositor (que son emociones suyas exclusivas y personales). “Los textos destinados al canto sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica; más aún, deben tomarse principalmente de la Sagrada escritura y de las fuentes litúrgicas” (SC 121).

 La música que acompañe al texto ha de ser sagrada, es decir, creada para el culto. “Se entiende por Música Sagrada aquella que, creada para la celebración del culto divino, posee las cualidades de santidad y de perfección de formas” (MS 4a). No es acertado aplicar a textos confesantes de nuestra fe una música creada para otros fines. En realidad, la música sagrada está dentro del texto sagrado y no es un ropaje extraño con que se le reviste sino la expresión musical o confesión externa de las verdades internas en él contenidas.

 5. CANTOS APROBADOS

 La elección del canto de entrada ha de hacerse no según gustos personales o al azar entre la selva de cantos de temática religiosa que tanto abundan, sino que se ha de acudir a un doble repertorio: antífonas del Gradual o cantos aprobados (cf. OGMR 48).

 El primer repertorio nos lo proporcionan las antífonas litúrgicas, que se van cantando con su salmo propio. Las antífonas son esas breves frases, tomadas de la Sagrada Escritura, que aparecen al comienzo de los textos celebrativos de cada Misa (propios del tiempo, propios de los santos, comunes…). El libro que las recoge, el llamado Gradual (sea el romano o el simple), no suele estar al alcance de todos. Haría falta que los compositores autóctonos se decidiesen a musicalizar esas antífonas para disponer de textos de verdadera calidad.

 La otra posibilidad es la de tomar “otro canto acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico, con un texto aprobado por la Conferencia de los Obispos” (OGMR 48). Efectivamente, es la Conferencia Episcopal la que tiene autoridad para señalar el repertorio de cantos entre los que elegir para la celebración. Así nos lo dice la Ordenación: “Considerando el valor eminente del canto en la celebración, como parte necesaria o integral de la Liturgia, corresponde a las Conferencias de los Obispos aprobar melodías apropiadas, sobre todo para los textos del Ordinario de la Misa, para las respuestas y aclamaciones del pueblo y para los ritos particulares que se suceden a lo largo del año litúrgico” (OGMR 393).

 Por ahora, los materiales musicales que tienen entre nosotros respaldo episcopal son el Cantoral Litúrgico Nacional, el libro del Salmista y los Cantos de entrada para los Tiempos Litúrgicos.

 6. LA RESPONSABILIDAD DE LA ELECCIÓN.

 La responsabilidad última de la elección de los cantos, como de cualquier otro elemento celebrativo, recae sobre el presbítero que rige, por misión canónica, una comunidad cristiana, llámese parroquia, capellanía o llámese con cualquier otra denominación y al que se le han confiado los misterios de la redención.

 “La efectiva preparación de cada celebración litúrgica hágase con ánimo concorde y diligente según el Misal y los otros libros litúrgicos entre todos aquellos a quienes atañe, tanto en lo que se refiere al rito como al aspecto pastoral y musical, bajo la dirección del rector de la iglesia, y oído también el parecer de los fieles en lo que a ellos directamente les atañe. Pero el sacerdote que preside la celebración tiene siempre el derecho de disponer lo que concierne a sus competencias” (OGMR 111).

 Nada de lo perteneciente a la celebración (y los cantos forman parte de la misma) debería hacerse al margen del presbítero; es verdad que él puede confiar y delegar determinadas funciones en personas competentes, pero el responsable último de toda la celebración es él.

 7. CRITERIOS DE SELECCIÓN

 El canto de entrada ha de ser seleccionado teniendo en cuenta estos tres criterios:

 Criterio de participación. En general (salvadas las posibilidades que la Ordenación del Misal ofrece y que enseguida comentaremos) es aconsejable que sea un canto donde el pueblo intervenga. El sujeto del canto en la celebración es el conjunto de los fieles (cf. OGMR 39). Y puesto que el canto de entrada es un canto que favorece la unión y va creando comunión (cf. OGMR 47), los fieles no deberían quedar condenados al mutismo de forma habitual.

 Criterio litúrgico. El canto de entrada ha de tener relación con el tiempo litúrgico o el aspecto particular del misterio de Cristo que en ese día se celebra (cf. OGMR 47); no es suficiente con que sea un canto bonito. Incluso, si se ensaya unos minutos antes de la celebración, se puede justificar su elección llamando la atención sobre alguna frase o estrofa. La elección ha de ser hecha o al menos supervisada por el presbítero, que es, como hemos dicho, el responsable último de toda la celebración por misión canónica de la Iglesia.

 Criterio procesional. “Canta y camina”, decía San Agustín (Sermón 256, 3). Por ser un canto que acompaña a una procesión, es decir, a una peregrinación, requiere un cierto aire animoso que facilite el avance progresivo hacia la meta. Habrá otros momentos a lo largo de la celebración en que el canto sea más sosegado, meditativo e intimista; el canto de entrada, en cambio, ha de llevar más bien un ritmo vivo, propio del buen caminante. De hecho, en muchos de los cantos de entrada aparecen expresiones referentes al camino: “Vamos cantando al Señor” (CLN A1), “vamos hacia ti, Señor” (CLN A2), “andemos los caminos hacia Dios” (CLN A3), “hemos venido a tu mesa” (CLN A4).

 8. LA EJECUCIÓN DEL CANTO DE ENTRADA

 “El canto de entrada lo entona la schola y el pueblo, o un cantor y el pueblo, o todo el pueblo, o solamente la schola” (OGMR 48). Hay, pues, varias posibilidades en cuanto al modo concreto de ejecución del canto de entrada.

 Una posibilidad es la de ser cantando alternativamente por la schola (coro) y el pueblo. En este caso, el pueblo cantaría el estribillo y el coro o schola cantaría las estrofas. Es buena solución porque interviene todo el pueblo pero también se da el contraste entre coro y pueblo, un elemento muy valorado en música junto al de la repetición.

 Otra posibilidad es la de ser cantado alternativamente por un cantor y el pueblo. Es similar al caso anterior. Un solo cantor puede facilitar más las cosas, ya que el reunir una buena schola (escolanía o coro) conlleva muchas dificultades.

 La tercera posibilidad es la de ser cantado todo por el pueblo. Depende mucho de la clase de composición que sea; si el canto está compuesto en forma de coral (sin distinción y contraste entre estrofas y estribillos), lo mejor es que lo cante todo el pueblo.

 La cuarta posibilidad es la de ser cantado por la schola. Hay cantos, sobre todo si son polifónicos, cuya ejecución se puede confiar sólo a la schola. Ha de ser, ciertamente, una buena schola y sólo para cantos determinados y días determinados. Importa, en cualquier caso, saber alternar sabiamente los diversos modos de ejecución, allí donde sea posible, sin cerrarse a ninguno de ellos.

 9. EL PUEBLO, LA SCHOLA O CORO, EL CANTOR.

 El pueblo fiel es el gran protagonista del canto en las celebraciones. El pueblo fiel ora, escucha, responde, canta… “Amonesta el apóstol a los fieles que se reúnen esperando la venida de su Señor, que canten todos juntos con salmos, himnos y cánticos inspirados (cf. Col 3, 16)” (OGMR 39). Precisamente por eso, la Iglesia nos dice que “al hacer la selección de lo que de hecho se va a cantar, se dará preferencia a las partes que tienen mayor importancia, sobre todo a aquellas que deben cantar el sacerdote, el diácono o el lector, con respuesta del pueblo; o el sacerdote y el pueblo al mismo tiempo” (OGMR 40). Lo que hace que una Misa sea cantada no son los cantos sueltos y espectaculares sino las respuestas, las aclamaciones y los cantos del Ordinario cantados por todos los fieles.

 La schola o coro puede ser una buena ayuda si cumple bien su misión, pero puede convertirse en el mayor impedimento para el canto litúrgico si desconoce o incumple su misión. La schola o coro forma parte de la asamblea y no es un grupo aparte que está al margen del misterio que se celebra y que acude a la iglesia a realizar algunas actuaciones musicales; en realidad la schola o coro no es más que un grupo entresacado del pueblo fiel al que se le confían algunas partes dentro de algunos cantos o algunos cantos enteros. “Se colocan donde más claramente se vea lo que son en realidad, a saber, parte de la comunidad de los fieles” (OGMR 312). Lo que importa de la schola, al igual que de todos los fieles es “su plena participación sacramental” (OGMR 312), “su activa participación” (OGMR 294) en el misterio celebrado, es decir, su participación consciente, atenta y fructuosa. La misión de la schola o coro es la de “favorecer la activa participación de los fieles” en el canto (OGMR 103) y no silenciarlos. Por eso la Iglesia advertirá que “no se puede aprobar la práctica de confiar sólo al grupo de cantores el canto de todo el Propio y de todo el Ordinario, excluyendo totalmente al pueblo de la participación cantada” (MS 16).

 El cantor o director de coro se encarga de dirigir y mantener el canto del pueblo, dirigiendo los diversos cantos y participando el pueblo en aquello que le corresponde (cf. OGMR 104). En el cumplimiento de su oficio, el cantor ocupe un lugar adecuado ante los fieles, pero no el ambón, ya que “la dignidad del ambón exige que a él sólo suba el ministro de la palabra” (OGMR 309).

 10. CUANDO NO HAY CANTO DE ENTRADA

 ”Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector recitarán la antífona que aparece en el Misal. Si esto no es posible, la recitará al menos el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a modo de monición inicial” (OGMR 48).

 La antífona de entrada, por tanto, cuando no hay canto de entrada y recitada por el sacerdote, puede formar parte de la monición inicial con la que el sacerdote introduce a los fieles en la Misa del día, tras el saludo inicial y antes del acto penitencial (cf. OGMR 31 y 50).